Hace unos meses cerramos un estudio que nos costó mucho transcribir para analizar, y que también nos obligó a muchas horas de desvelo personal. Uno, porque lo que encontramos nos tuvo muchos meses en estado de negación; y dos, por cómo lo debíamos informar.
Le preguntamos a más de 500 estudiantes, de entre 14 y 25 años, si alguna vez se habían sentido "maltratados o maltratadas" en una relación de pololeo. Casi todos respondieron que no. Después les preguntamos, por separado, si su pareja los había ignorado emocionalmente, presionado para tener actividad sexual sin ganas, controlado, criticado o hecho sentir "exagerados" por enojarse, entre otras golpeado. Ahí la historia cambió: seis de cada 10 personas que acababan de decir "a mí nunca me maltrataron" reconocieron haber vivido alguna de esas conductas.
No es que mientan. Es que nadie les enseñó a llamar las cosas por su nombre.
Crecimos pensando que la violencia en el pololeo es el golpe, el moretón que se ve. Pero lo más frecuente en nuestro estudio fue otra cosa: la indiferencia repentina, el "no te hablo por tres días", el control disfrazado de amor, la insistencia sexual hasta el cansancio. Formas sin marca visible que, por no tener nombre en la conversación cotidiana, se cargan en silencio durante años.
Hay otro dato que no nos deja tranquilas/os: quienes vieron a sus padres agredirse, física o psicológicamente, presentan más violencia en su propio pololeo, y fue el hallazgo más sólido de todo el estudio. Rita Segato lo nombró hace años: "La violencia de género no es un desvío individual, es algo que se enseña y se aprende, primero en la casa". Si nadie nos muestra otra cosa, repetimos el único molde que conocemos. Y a las familias, les importa más que las parejas de sus hijas sean más rentables económicamente en un futuro, que fiscalizar que ellas sean menores de edad y sus parejas mayores.
Y aquí aparece la funa. Ninguna de las personas que entrevistamos funó por venganza. Lo hicieron "para estar tranquilas", "para no morir", porque ni la familia ni la justicia llegó a salvarles, porque no había protocolos ni en liceos, ni en universidades, porque nadie les creyó. La funa no es la causa del problema: es el síntoma de un vacío. Y quien funa suma un segundo costo enorme: ansiedad, terapia, meses de mirar sobre el hombro, mientras el que es funado/a, la vida suele acomodársele de nuevo en otro lugar. Peor aún, una de nuestras entrevistadas fue juzgada por otras mujeres después de funar. Marcela Lagarde ya lo advertía al hablar de sororidad: "El mismo sistema que nos violenta también nos educa para vigilarnos entre nosotras".
Por eso quiero insistir en algo que Chile lleva más de una década discutiendo sin resolver: necesitamos una Ley de Educación Sexual Integral (ESI). No una clase de anatomía en segundo medio, como establece la ley vigente desde 2010, acotada y sujeta al ideario de cada colegio. Necesitamos que niñas, niños y adolescentes aprendan temprano a reconocer el control, la indiferencia como castigo, el consentimiento real y no el arrancado por cansancio. No lo digo yo: "Si hubiese educación sexual, uno no aguantaría tantas cosas durante el colegio", nos dijo una entrevistada. Otro entrevistado fue más lejos: "Nuestra educación, tan heteronormada, deja sin herramientas a las infancias de la disidencia frente al abuso".
Cada proyecto de ley de ESI presentado desde 2019 ha quedado entrampado en el Congreso. Mientras tanto, seguimos formando generaciones que viven la violencia antes de tener palabras para nombrarla. Hoy ya no es posible seguir esperando al Congreso, porque esto también se juega en la casa de cada niño, niña y adolescente. Por ello les dejo tres desafíos para ponerse en acción.
A las madres, padres y abuelos/as: la educación sexual integral no les quita autoridad, se las devuelve. Pregunten donde estudian sus hijo/as qué se está enseñando sobre relaciones y consentimiento. Y revisen las relaciones de pareja que se modelan en la televisión y en sus propios hogares: nuestros datos dicen que ese es el primer currículum.
A las y los jóvenes: si al leer la lista del comienzo, el control, la ley del hielo, la dolorosa y temida insistencia, reconocieron algo propio, no lo dejen pasar por no tener un moretón. Esta violencia silenciosa (por desapego, por humillación, por coerción), se te pega en el alma y solo tú la puede ver. Hablar con alguien de confianza no es exagerar. Y si un amigo o amiga les cuenta, crean primero, pregunten después.
Al profesorado y directivos: no esperen la ley. Los protocolos, los talleres, las conversaciones de curso se pueden empezar mañana. Cada funa que estalla en una comunidad educativa es también la medida de todo lo que esa comunidad no ofreció antes de la violencia física y sexual. Debemos conversar sobre la violencia por humillación, por desapego, por coerción.
Que nadie más tenga que descubrir a los 20 años, en terapia, que lo que vivió a los 12, 13, 14 o 15 años tenía un nombre. Ponerle nombre a tiempo a la violencia es tarea de la educación. Es decir, de todos nosotros/as y ahora también es un desafío para los espacios universitarios. Hay que hacerse cargo, aunque no llegue nunca la ley.
Esta columna se basa en los resultados del proyecto "Cariño malo. Funas y violencia de género en el pololeo", financiado por DIUMCE. Todas las y los participantes menores de edad asintieron en participar y sus padres consintieron en ello. Se cuidó especialmente el trato y el acompañamiento emocional durante la conversación, se respetó en todo momento el derecho de cada persona a no responder alguna pregunta si así lo prefería, y se agradece profundamente la confianza de quienes compartieron experiencias personales difíciles para hacer posible este estudio.