Chile no está en este Mundial. Es una realidad que todavía duele, porque nos habría encantado ver a La Roja peleando cada partido, celebrar un gol propio o discutir si el técnico acertó o no con los cambios. Pero, aunque nuestra selección no esté en la cancha, hay algo curioso que vuelve a repetirse: igual vivimos el Mundial como si fuera nuestro.
Nos sentamos frente al televisor, organizamos los horarios para no perdernos un partido y, casi sin darnos cuenta, empezamos a elegir "nuestro" equipo. Porque el ser humano necesita identificarse con una historia, sentirse parte de algo. Y el fútbol, cuando se juega un Mundial, tiene esa capacidad única de hacernos creer que también estamos ahí.
Este año pasó algo muy especial con Cabo Verde. Seamos honestos: hace unas semanas, muchos apenas sabían dónde quedaba ese pequeño país africano. Sin embargo, bastó verlo jugar con valentía, sin complejos y con una ilusión enorme para que miles comenzaran a alentarlo. Y cuando quedó eliminado, más de alguno sintió esa mezcla de pena y frustración que normalmente reservamos para los equipos que sentimos propios. ¿Cómo puede dolernos la derrota de un país que hace tan poco nos era prácticamente desconocido?
La respuesta, creo, tiene mucho menos que ver con el fútbol y mucho más con las personas.
Nos emocionan las historias de quienes desafían los pronósticos. Nos conmueve el que parece tener menos recursos, el que llega sin grandes estrellas, el que juega con el corazón porque sabe que nadie espera demasiado de él. En el fondo, todos hemos sido alguna vez ese equipo al que nadie apostaba. Por eso celebramos sus triunfos como si fueran nuestros y lamentamos sus derrotas como si hubiéramos perdido algo propio.
El Mundial tiene esa magia. Durante unas semanas dejamos de mirar solo nuestra realidad y nos conectamos con personas que viven al otro lado del planeta. Aprendemos nombres de países que antes apenas conocíamos, buscamos en internet dónde quedan, descubrimos sus costumbres y terminamos sintiendo cariño por gente que jamás hemos visto.
No es solo fútbol. Es la capacidad que tenemos de emocionarnos con la historia de otros.
Y quizás eso sea lo más bonito de todo. En un mundo donde cada día parece más fácil dividirnos, un balón logra hacer exactamente lo contrario. Nos reúne frente a una pantalla, nos hace conversar con desconocidos, abrazar a quien está al lado después de un gol y sufrir por una derrota que, en realidad, no cambia nuestra vida.
Chile no está en este Mundial. Pero nuestras emociones sí. Y mientras sigamos siendo capaces de alegrarnos por los sueños de otros, de descubrir un rincón del mundo gracias a un partido de fútbol y de creer, aunque sea por noventa minutos, que cualquier historia imposible puede hacerse realidad, seguiremos jugando el Mundial desde el lugar más importante de todos: el corazón.
Un espacio de encuentro familiar
El Mundial también tiene algo que pocas cosas consiguen hoy: reunirnos. En una época en que cada integrante de la familia suele estar frente a su propia pantalla, un partido vuelve a sentarnos en el mismo sofá. Se conversa, se discute una jugada, se celebra un gol, se comparte una comida improvisada y, por un momento, el tiempo parece detenerse.
Más allá del resultado, el fútbol se transforma en una excusa para reencontrarnos, para reír, emocionarnos y construir esos recuerdos sencillos que, muchas veces, son los que permanecen por más tiempo.