La verdadera urgencia no son los contratos por hora, sino los empleos con futuro

Las cifras de desempleo son preocupantes y nadie puede negar la necesidad de actuar con rapidez. Compartimos el diagnóstico de que Chile necesita crear empleos. Lo que no compartimos es que el camino para lograrlo sea volver a instalar la idea de que flexibilizar las relaciones laborales resolverá un problema que tiene causas mucho más profundas.

Durante los últimos días el Gobierno ha anunciado una agenda laboral que incorpora contratos por hora, nuevas formas de adaptabilidad y modificaciones a la regulación de la jornada laboral como parte de una estrategia para enfrentar el deterioro del empleo. La premisa parece sencilla: si se facilita la contratación, aumentará el empleo.

No ayuda a generar confianza que buena parte de este debate esté siendo conducido desde una Mesa de Reactivación Laboral cuya orientación parece partir de un diagnóstico equivocado. Cuando su presidente, David Bravo, llegó a sostener que los trabajadores pueden transformarse en "un cacho" para las empresas, no solo cometió un error comunicacional, sino que dejó entrever una concepción del trabajo que reduce a quienes producen la riqueza del país a un mero costo económico. Esa mirada explica, en parte, por qué las soluciones vuelven a concentrarse en flexibilizar las relaciones laborales en lugar de abordar las verdaderas causas del estancamiento del empleo: la falta de una política industrial, de inversión productiva y de una estrategia de desarrollo que genere trabajo digno y de calidad.

Sin embargo, la experiencia demuestra que esa ecuación rara vez funciona de esa manera.

Chile no enfrenta una crisis de empleo porque los trabajadores tengan demasiados derechos. La enfrenta porque hace años dejó de tener una estrategia de desarrollo productivo capaz de generar trabajo de calidad. Nuestra economía continúa dependiendo excesivamente de la exportación de materias primas, mientras la industria manufacturera pierde participación, la inversión privada permanece estancada y el Estado renunció hace mucho tiempo a liderar una política industrial moderna.

Cuando no existen nuevos proyectos productivos, cuando la economía crece poco y cuando la productividad no aumenta, flexibilizar la contratación no crea empleo; simplemente redistribuye la precariedad.

Desde el movimiento sindical entendemos que existen sectores donde pueden requerirse mecanismos especiales de organización del trabajo. Nadie desconoce la realidad del turismo, la gastronomía o ciertas actividades estacionales. Pero precisamente por eso cualquier modalidad distinta debe construirse con reglas claras, negociación colectiva efectiva y garantías suficientes para impedir abusos.

El propio ministro del Trabajo ha señalado que los contratos por hora deben regularse adecuadamente para evitar empleos precarios. Esa afirmación demuestra que incluso el Ejecutivo reconoce los riesgos de avanzar en esta dirección. El problema es que en Chile conocemos demasiado bien cómo terminan muchas veces las promesas de flexibilidad cuando el equilibrio de poder entre trabajador y empleador es profundamente desigual.

No podemos aceptar que la discusión vuelva a instalar la falsa dicotomía entre empleo y derechos laborales. Los países con mejores indicadores de productividad, innovación y desarrollo son precisamente aquellos que combinan flexibilidad con fuertes sistemas de protección social, negociación colectiva robusta, capacitación permanente y diálogo social institucionalizado.

La pregunta entonces no es si Chile necesita mayor adaptabilidad. La verdadera pregunta es adaptabilidad para quién y con qué objetivos. Si la adaptabilidad sirve para compatibilizar trabajo y cuidados, mejorar la inserción laboral de mujeres y jóvenes, facilitar la formación continua o enfrentar procesos tecnológicos sin destruir empleo, estaremos disponibles para discutirla.

Pero si termina convirtiéndose en una herramienta para fragmentar jornadas, disminuir ingresos, debilitar la negociación colectiva o trasladar toda la incertidumbre económica a los trabajadores, estaremos frente a un retroceso que el país ya conoce.

Hoy la automatización, la inteligencia artificial y la transformación tecnológica están modificando profundamente la organización del trabajo industrial. Ese desafío exige políticas públicas mucho más ambiciosas que contratos más flexibles. Exige inversión en innovación, capacitación, reconversión laboral, fortalecimiento de la industria nacional y una estrategia de desarrollo que permita generar empleos de alto valor agregado.

Chile necesita producir más y mejor. Necesita volver a fabricar, innovar, agregar valor y recuperar capacidades industriales. Sin crecimiento productivo, cualquier reforma laboral terminará administrando la escasez.

Como Industrial Chile Constramet y desde la Ramal de la Industria de la CUT creemos que el debate debe cambiar de foco. La crisis del empleo no se resolverá reduciendo el valor del trabajo ni instalando la idea de que quienes producen la riqueza del país son un problema para las empresas. Se resolverá cuando Chile vuelva a apostar por el desarrollo industrial, por la negociación colectiva, por la inversión productiva y por una economía que entienda que el trabajo decente no es un costo, sino la principal inversión para el crecimiento.

Porque el objetivo no puede ser solamente crear más empleos, sino crear mejores empleos. Un país no se desarrolla multiplicando contratos fragmentados, sino construyendo una economía capaz de ofrecer estabilidad, salarios dignos, productividad y futuro para quienes viven de su trabajo. Esa es la discusión de fondo que Chile necesita dar.