¿Cuánto peso le damos a los errores que cometemos y cuánto creemos que pesan en el resto? Definitivamente pesan mucho si eres un jugador del Mundial en los cuartos de final, donde un gol hace la diferencia entre mantenerte en el campeonato o volver a casa sin la copa soñada. Hace algunos días todos fuimos Cabo Verde, país desconocido por la tradición futbolera; sin embargo, su crecimiento incipiente al enfrentarse al campeón del mundo hizo que rápidamente se volviera el favorito del torneo. ¿Por qué apoyar a los desconocidos de Cabo Verde frente a una consolidada Argentina? ¿Acaso tenemos una inclinación casi primitiva por querer estar con los más débiles, aunque no sean los ganadores?
Aparentemente no mostramos más debilidades que las que revelamos con confianza e intimidad a quienes nos conocen, pero un deportista, un artista y, probablemente, todos quienes día a día trabajamos con personas, sabemos que nuestra exposición ante otros no solo hace relucir aquellas cualidades que construyen lo que somos, sino también aquellas cosas que no son tan buenas de nosotros mismos y que tratamos de ocultar para parecer competentes, exitosos y, por supuesto, perfectos. En "Magnífica Humanitas", el papa León XIV declara que "para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona puede ser el inicio de un cambio profundo" (MH, 128).
Probablemente tildemos de equivocados a quienes nos hacen mirar nuestros errores para aprender, o a quienes intentan hacernos ver que en la vida podemos fallar sin que cambie la imagen de nosotros mismos ni el aprecio que otros nos tienen; porque errar es vagar sin rumbo, es perdernos en una nueva realidad aparentemente desconocida donde aflora una dimensión de nosotros mismos que escondemos para mantener una idea de perfección personal que nos introduzca mejor en el mundo y nos permita relacionarnos desde la ganancia y las vidas rebosantes de bienes materiales e inmateriales. Si podemos permitir el error de otros y aceptar la debilidad de quienes no conocemos, como Cabo Verde, ¿qué nos falta para reconocer y hacer las paces con nuestros errores y nuestra debilidad?
Nuestra naturaleza caída nos recuerda que no podemos sino estar vacíos para que pueda entrar aquello que nos falta, para que Dios haga su obra en nosotros, debemos olvidar quiénes somos y entregarnos a su plan. La filósofa Simone Weil afirmaba que "todos los movimientos naturales del alma están regidos por leyes análogas a la gravedad de la materia, con la única excepción de la gracia" ("La gravedad y la gracia", p. 9); es decir, todo está condenado a bajar y a bajarnos, menos la gracia, que nos permite ascender a una nueva manera de interpretar nuestra finita realidad y entender que el pecado (error por excelencia) no es el final, sino el comienzo de una nueva persona.
La gracia de Dios, que irrumpe en nuestros corazones, es la que nos eleva al encuentro con los otros y con el Padre; pero nadie puede recibir la gracia si no ha errado, si no ha perdonado, si no ha abrazado su debilidad por sobre sus fortalezas. "Quien solo sabe esforzarse con su voluntad o con sus músculos queda expuesto a la fuerza de la gravedad. Se agota y cae al suelo. Solo la gracia nos aporta alas. Es la inactividad la que da alas al alma" (Byung-Chul Han, "Sobre Dios").
El error tiene una recompensa inconmensurable cuando, cual oruga en metamorfosis, se convierte en un ser alado y bello que da paso a una nueva criatura; así, las alas del error son las que aporta la gracia que Dios nos da cuando somos conscientes de que en nuestra humanidad reside la mayor miseria y, a la vez, la mayor ganancia: aprender a ser más imperfectos y no corregirnos cual algoritmo, sino convertirnos a la vida misma, que es la entrega del amor hacia los otros.