A 10 años de que el FIFA Gate hiciera crujir los cimientos del fútbol mundial -un terremoto que en Chile recordamos con el vergonzoso capítulo de Sergio Jadue y sus maniobras bajo la mesa-, la ilusión de una era de absoluta limpieza vuelve a estar en tela de juicio.
La reciente revelación de que Donald Trump intervino directamente en decisiones del fútbol que solo corresponden al fútbol, y que en la FIFA acataron el requerimiento, nos hace retroceder en transparencia. No hablamos de un rumor de pasillo ni de una especulación periodística, sino de una certeza.
Aunque la jugada tuvo su dosis de ironía cósmica -derrota de Estados Unidos 4 a 1 frente a Bélgica-, el fondo del asunto no es un chiste. Es una señal de alerta sobre los límites difusos del abuso de poder, y sobre lo fácil que resulta para una institución como la FIFA normalizar interferencias que, en cualquier otro ámbito regulado, encenderían todas las alarmas.
¿Acaso la FIFA se ha vuelto tan todopoderosa que ya ni siquiera siente la necesidad de cuidar su marca, transparencia y credibilidad? La pregunta no es retórica. Cuando una organización acumula el nivel de influencia económica, política y cultural que tiene la FIFA hoy, cualquier gesto de sumisión ante un actor externo -por poderoso que sea- envía una señal peligrosa hacia dentro y hacia fuera: que las reglas se negocian según quién las pide, no según lo que dicten los estatutos.
Cuando eres el administrador único del deporte más popular y lucrativo del planeta, la transparencia debe ser un elemento fundamental a considerar para sus líderes. No sirve escudarse en que el negocio sigue marchando, los estadios se siguen llenando y los contratos televisivos se siguen firmando por cifras astronómicas. La salud financiera de una institución no es sinónimo de salud institucional, y confundir ambas cosas es, precisamente, el error que ya pagamos caro hace una década.
¿Alguien pagará esta factura de la desconfianza que se generó de forma tan gratuita?
Cuidemos las instituciones. Incluso a la FIFA. Nadie puede sentirse el dueño de ella. Hay cierta soberbia de creer que frente a altas dosis de poder, se es inmune a las normas éticas que rigen al resto del mundo mortal. La historia ya nos demostró hace una década que ninguna torre es lo suficientemente alta como para no caer y generar un nuevo colapso.