Entornos digitales: ¿Quién sostiene la seguridad de niños y adolescentes en línea?

Cada vez que surge en la discusión pública la idea de legislar para restringir la edad de acceso a redes sociales, como parte de los esfuerzos impulsados para proteger a niños, niñas y adolescentes en línea, el debate parece centrarse en lo que pueden hacer los legisladores, las empresas tecnológicas y los establecimientos educacionales. Se discute sobre edades mínimas, sanciones, verificación de identidad y responsabilidad de las plataformas. Es un debate necesario, sin duda, pero parece haber quedado al margen el rol de las familias.

Independientemente de si en Chile se termina prohibiendo o no el acceso a las redes sociales antes de los 16 años, como se ha propuesto, los padres y las familias seguirán siendo, en la práctica cotidiana, la influencia más determinante en cómo los niños viven su experiencia digital. Las regulaciones legislativas deben ir de la mano con iniciativas que entreguen a los padres las habilidades, la confianza y estrategias probadas (basadas en evidencia) para fomentar hábitos digitales saludables.

Cualquiera que sea la decisión que se adopte, serán los padres, madres y cuidadores quienes deban traducirla en una práctica cotidiana. Serán ellos quienes expliquen las normas, gestionen los conflictos asociados al uso de la tecnología y acompañen a sus hijos a entender un entorno digital cada vez más complejo. Por eso el éxito de cualquier política no puede medirse solo en tasas de cumplimiento de la ley. La pregunta que debemos levantar es: ¿estamos ayudando a los niños a desarrollar las herramientas necesarias para enfrentar los riesgos que, tarde o temprano, van a encontrar en internet?

Un niño no estará automáticamente listo para el uso de redes sociales el día en que cumpla 16 años; el desarrollo es paulatino e individual, único. Reducir el debate al cuándo estarán preparados los jóvenes para acceder a estas plataformas, nos desvía del cómo los preparamos para ese momento. Ya sea que un niño se tope con contenido dañino a los 10 o a los 17 años, va a necesitar contar con la capacidad de reconocer comportamientos inseguros, manejar conflictos en línea, saber cuándo y a quién pedir ayuda y mirar críticamente lo que ve en internet. Ninguna de esas habilidades se aprende de la noche a la mañana: se construyen poco a poco, sobre la base de un vínculo sólido entre padres e hijos, con orientación, práctica y acompañamiento constante.

Si las redes sociales dejan de estar disponibles para los menores de 16 años, la tarea de las familias no se reduce a vigilar que la norma se cumpla. Se abre, de hecho, una oportunidad. El tiempo y la atención que hoy absorben las plataformas pueden redirigirse hacia habilidades que la evidencia asocia con el bienestar en las distintas etapas del desarrollo: la tolerancia al aburrimiento y a la frustración, la capacidad de sostener amistades cara a cara, el juego libre, la actividad física, la lectura o el descanso.

Ese espacio no se llena solo. Requiere padres capaces de poner límites claros y consistentes sin recurrir al castigo, de anticipar y contener el malestar que produce perder algo que los pares siguen valorando, de escuchar la sensación de exclusión sin minimizarla, y de ofrecer alternativas concretas y atractivas en lugar de un simple "no". Acompañar a un adolescente en ese cambio es, en sí mismo, una habilidad de crianza, y como toda habilidad, puede aprenderse.

Sin embargo, esa habilidad no está dada de antemano. En el trabajo directo con familias es común encontrarse con padres genuinamente preocupados por lo que sus hijos ven en línea, pero que no se sienten seguros de cómo abordarlo, y menos aún de cómo sostener un límite cuando este genera conflicto. Lo que necesitan no es más incertidumbre, sino apoyo concreto y basado en evidencia que les permita iniciar conversaciones difíciles, poner límites razonables y cultivar hábitos digitales saludables desde temprana edad.

Frecuentemente, este debate se plantea como una disyuntiva entre regulación legislativa y responsabilidad parental, como si hubiera que elegir un bando. Pero toda medida que mejore la seguridad de niños, niñas y adolescentes merece la atención de toda la comunidad. Ciertas medidas pueden estar orientadas a reducir la exposición a contenidos y situaciones de riesgo, mientras que otras, como el apoyo a la crianza, pueden dar a las familias las herramientas y la confianza para guiar a sus hijos a través de los desafíos del mundo digital. Son piezas complementarias, no excluyentes.

Es esencial ayudar a los padres a asumirse como lo que son: los mayores expertos en sus propios hijos, quienes mejor saben qué necesita su familia. Son ellos quienes están en mejor posición para enseñarles a responder ante los distintos peligros que conlleva el uso de estas tecnologías, como el ciberacoso, los intentos de manipulación o las estafas. Esas lecciones se aprenden con el tiempo y con el respaldo de adultos de confianza.

No existe una solución única. Los límites legales y la responsabilidad de las plataformas importan, como también importa la alfabetización digital, y que los padres cuenten con las herramientas y la confianza necesarias para ayudar a sus hijos a moverse con seguridad en ese entorno.

Los gobiernos pueden reforzar las medidas y las plataformas pueden mejorar sus mecanismos de protección; pero son los padres quienes, día a día, acompañan a sus hijos a transitar el mundo, incluyendo el digital. El objetivo, entonces, no debería ser simplemente postergar el momento en que los niños se exponen a las redes sociales, sino asegurarse de que, cuando ese momento llegue, cuenten con el criterio, la resiliencia y el apoyo necesarios para vivirlo con seguridad.