Un partido de fútbol infantil terminó convertido en escenario de insultos, amenazas y destrozos luego de que un apoderado reaccionara violentamente ante la derrota de Colo Colo frente a Palestino. Más allá de la gravedad del episodio, hay una pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿Qué aprenden los niños cuando los adultos pierden el control frente a ellos?
Con frecuencia, esperamos que niños, niñas y adolescentes aprendan a respetar las diferencias, manejar la frustración y resolver sus conflictos sin violencia. Sin embargo, esas lecciones pierden sentido cuando los adultos actúan de manera agresiva frente a ellos. En 1961, el psicólogo Albert Bandura realizó el conocido experimento del muñeco Bobo, que mostró cómo los niños pueden imitar conductas agresivas observadas en adultos.
Más de seis décadas después, esa idea sigue siendo relevante: desde la violencia en una cancha hasta los insultos al volante o las descalificaciones en redes sociales, nuestras conductas transmiten modelos de convivencia que los niños observan y pueden reproducir.
Proteger a la niñez implica mucho más que evitar que sea víctima directa de una agresión. También exige hacernos responsables de los entornos que construimos y de los modelos de convivencia que ofrecemos. La frustración es inevitable; la violencia no debería ser una respuesta aceptable frente a ella.
Si queremos que las nuevas generaciones aprendan a convivir con respeto, debemos empezar por revisar nuestras propias conductas. Porque la pregunta no es únicamente qué sociedad queremos para nuestros niños, niñas y adolescentes, sino también qué sociedad les estamos enseñando a construir con nuestro ejemplo.