El mar Negro está más cerca de Chile de lo que parece

Más de 12 mil kilómetros separan Santiago de Odesa. A primera vista, lo que ocurre hoy en los puertos ucranianos del mar Negro podría parecer una realidad distante para Chile. Pero basta observar lo sucedido recientemente en el estrecho de Ormuz para comprender hasta qué punto esa impresión es engañosa.

Antes de la actual crisis, por Ormuz circulaba cerca del 20% del petróleo consumido en el mundo. Cuando la navegación por esta arteria estratégica se restringe, los mercados reaccionan de inmediato: aumenta la incertidumbre, sube el precio del petróleo y la presión termina alcanzando a países situados a miles de kilómetros. Chile, como una economía abierta y un país importador de energía, conoce bien esta realidad. Con los alimentos sucede algo parecido.

El mar Negro es una de las grandes arterias del comercio agrícola mundial. Ucrania ha sido durante décadas uno de sus principales proveedores. En la temporada 2025-2026, nuestro país representó más del 6% de las exportaciones mundiales de trigo y alrededor del 10% de las de maíz. Si sumamos Ucrania y Rusia, ambos países concentraron más de una cuarta parte de las exportaciones globales de trigo.

Por eso, cuando Rusia ataca los puertos ucranianos, destruye la infraestructura destinada a la exportación y hace cada vez más peligrosa la navegación comercial, las consecuencias no terminan en nuestras fronteras.

Los tres grandes puertos de Odesa, por los que normalmente circulaba más del 90% de las exportaciones agrícolas ucranianas, han visto gravemente afectado su funcionamiento. Las cifras muestran la magnitud del problema: durante los primeros doce días de agosto Ucrania logró exportar apenas 590.000 toneladas de productos agrícolas, alrededor del 30% del volumen necesario.

Incluso utilizando al máximo las rutas alternativas por el Danubio, ferrocarril y carretera, Ucrania estima que podría movilizar apenas la mitad de sus volúmenes habituales. Si el bloqueo se prolonga, hasta 30 millones de toneladas de productos agrícolas destinados a la exportación podrían no llegar a los mercados internacionales, incluidos los de África, Asia y Medio Oriente.

Pero existe un riesgo todavía más preocupante: no hablamos solamente del grano que no puede salir hoy. Hablamos también de los granos que podrían no producirse mañana. La imposibilidad de exportar significa menos ingresos para miles de agricultores ucranianos. Menos ingresos significan menos recursos para semillas, fertilizantes, combustible y créditos para la próxima campaña. El Ministerio de Política Agraria de Ucrania advierte que, si no se garantiza la estabilidad financiera de los productores, la superficie sembrada para la próxima cosecha podría reducirse entre 5 y 7 millones de hectáreas. A ello se suma un posible déficit de la capacidad de almacenamiento de hasta 11 millones de toneladas ya este otoño.

Así se forma un círculo peligroso: bloqueo de las exportaciones, pérdida de ingresos, reducción de la siembra y, finalmente, menor oferta de alimentos para los mercados mundiales.

¿Por qué debería importar esto en Chile? Porque el mercado mundial de alimentos es uno solo. Chile compra buena parte de sus productos agrícolas en otros mercados, especialmente en América Latina. Pero los precios no se forman dentro de fronteras nacionales. Cuando millones de toneladas desaparecen de uno de los principales centros exportadores del planeta, los compradores buscan otros proveedores, aumenta la competencia y aumentan los precios y los costos logísticos.

La propia Oficina de Estudios y Políticas Agrarias de Chile, Odepa, proyecta para la temporada 2026-2027 una reducción del comercio mundial de trigo, entre otros factores, por menores exportaciones desde Ucrania y Rusia vinculadas a las perturbaciones logísticas en los mares Negro y de Azov provocadas por la agresión rusa.

A este escenario se suma ahora la incertidumbre climática. La FAO prevé que la producción mundial de cereales disminuya en 2026 respecto del récord alcanzado el año anterior. Al mismo tiempo, la Organización Meteorológica Mundial advierte que el fenómeno de El Niño se está intensificando y podría alcanzar una intensidad muy fuerte, aumentando el riesgo de sequías, lluvias extremas y otras anomalías meteorológicas en importantes regiones agrícolas.

Y aquí vuelve a aparecer el estrecho de Ormuz. Por esta ruta no circulan solamente petróleo y gas. Ormuz es también una arteria fundamental para la agricultura mundial: alrededor de un tercio de los flujos globales de la urea y casi la mitad de las exportaciones mundiales de azufre -una materia prima clave para la producción de fertilizantes fosfatados- atraviesan este paso marítimo. También circulan por allí importantes volúmenes de amoníaco y fosfatos.

Las consecuencias de las recientes perturbaciones ya se han hecho visibles. Tras el inicio de la crisis, los precios internacionales de la urea llegaron a superar los 850 dólares por tonelada en abril, más del doble de los niveles previos a la crisis, antes de retroceder parcialmente con la recuperación de algunos envíos.

Esto significa que el riesgo para la seguridad alimentaria es acumulativo: menos grano disponible desde Ucrania, mayor incertidumbre climática y fertilizantes más caros y difíciles de transportar. Cuando varios de estos factores coinciden, una crisis localizada puede convertirse rápidamente en un problema para productores y consumidores a miles de kilómetros de distancia.

No significa que el precio del pan en Santiago dependa directamente de un puerto en Odesa. La economía es mucho más compleja. Pero las grandes rutas comerciales funcionan como vasos comunicantes.

Lo vemos hoy con el petróleo y los fertilizantes en Ormuz. Debemos comprenderlo también con los cereales y el mar Negro. Existe, sin embargo, una diferencia fundamental. Lo que sucede con las exportaciones ucranianas no es consecuencia de una sequía, una mala cosecha o un desastre natural. Es consecuencia directa de una guerra librada por Moscú y de ataques rusos contra la infraestructura que conecta la producción agrícola ucraniana con los consumidores del mundo.

Los alimentos nunca deberían convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Ya hemos demostrado que existe otra alternativa. La Iniciativa de Granos del Mar Negro, alcanzada en 2022 con la mediación de las Naciones Unidas y Türkiye, permitió exportar de forma segura casi 33 millones de toneladas de productos agrícolas ucranianos. Hoy Estambul vuelve a buscar fórmulas para garantizar una navegación segura.

Estos esfuerzos merecen el respaldo de la comunidad internacional. Para Chile -una economía abierta, profundamente integrada al comercio mundial y comprometida con el multilateralismo- existe aquí también un interés propio. Un mundo donde una potencia puede interrumpir por la fuerza una ruta comercial estratégica es un mundo más caro, más imprevisible y menos seguro para todos.

Ucrania y Chile están separados por océanos y continentes. Pero el petróleo y los fertilizantes que atraviesan Ormuz y el trigo que sale de Odesa nos recuerdan la misma verdad: en una economía global, ninguna ruta estratégica está realmente lejos. Por eso, proteger la libertad de navegación en el mar Negro no es solamente defender los intereses de Ucrania. Es defender la seguridad alimentaria mundial.