Gobernando desde la retaguardia. Kast no es un líder que vaya despejando dudas y señalando un rumbo claro a sus seguidores. Es un comentarista que espera que los acontecimientos decanten para hacer declaraciones sobre seguro. Utiliza mucho el lugar común y se limita a ratificar la confianza en sus colaboradores, dejando que asuman por completo la responsabilidad por sus acciones sin que parezca involucrarse él mismo.
Es tan evidente esta forma de proceder que los partidos oficialistas no recurren a Kast en las controversias. Saben que no tiene sentido que lo hagan. Ya no lo convocan para decidir, mucho menos cuando los que están tomando decisiones conflictivas operan en las sombras desde el segundo piso. Nadie en el oficialismo interpela directamente al mandatario por su calidad de aval silencioso, cuya mayor elocuencia consiste en dejar hacer.
Este cultor del antiguo arte de tirar la piedra y esconder la mano se comporta de tal manera que su gobierno ha presentado una reforma constitucional populista y autoritaria y, sin embargo, nadie ha podido presentar una sola palabra de Kast que respalde un intento que no podría haberse puesto en el tapete sin su venia.
Kast ha convertido en fortaleza una debilidad. No es un hombre de ideas. Su especialidad es la repetición disciplinada de consignas metódicamente aprendidas en formato de cuñas comunicacionales. La preparación de un diseño estratégico complejo, pensado para un debilitamiento progresivo de nuestra democracia, no parece algo posible porque las palabras "diseño estratégico complejo" no parecen aplicables a Kast y suenan a un ataque artero por inapropiadas al personaje.
Pero lo que no parece calzar cuando se piensa en el individuo aislado que conocemos, sí adquiere verosimilitud al pensar al actual mandatario como parte de un equipo donde él cumple el papel de rostro público.
Lo que nos impide hacernos un cuadro más realista de la situación es nuestra inveterada costumbre de pensar que el que va a la cabeza de la procesión es quien está definiendo el curso de los acontecimientos. Esto me parece un recurso que utilizamos para evitar el desconcierto y una protección mental que nos impide pensar que la Presidencia puede estar en manos de alguien que más aporta la apariencia que el contenido.
Pero todo tiene que ser evaluado como posible, incluso que Kast sea en el fondo tal como parece en la superficie: un personaje sin originalidad, sin capacidad creativa, pero con oficio político y desempeño disciplinado. Si así fuera, no extrañaría porqué no está conduciendo y eso se debería a que nunca ha hecho tal cosa.
Superficie democrática, subterráneo autoritario
El Gobierno administra, pero no parece conducir hacia algún lugar donde todas sus principales figuras estén de acuerdo en dirigirnos. La administración Kast no va en conjunto a ninguna parte. Una minoría en el gobierno le imprime un propósito autoritario que no hace explícito y no cuenta con un respaldo suficiente ni siquiera al interior del oficialismo. La reforma constitucional se pensó, redactó y presentó no por pura casualidad, sino por ser representativa de sus autores.
No les falla la convicción, más bien han carecido de la fuerza necesaria para imponerse. Lo autoritario es un propósito que se siente por sus efectos, pero que no se declara. Kast se preocupó mucho de distanciarse de la presentación de la reforma constitucional en seguridad. Aparenta que es una iniciativa ministerial, algo por completo imposible. Sin su asentimiento nada hubiera sido presentado.
De esta reforma "iliberal" Kast lo quiere todo, excepto sus riesgos. La defensa del sistema democrático resultó ser más sólida y transversal de lo esperado. El mismo hecho de ser un intento que necesita de coartadas aparentemente verosímiles para uso de Kast muestra una limitada viabilidad que, incluso, va en retroceso.
El Gobierno confió en representar a la mayoría y ha demostrado tener un diagnóstico desajustado de la realidad ciudadana. Los chilenos no quieren lo que el Ejecutivo quiere y, a juzgar por las encuestas, tras asumir el poder está desilusionando a quienes le dieron el inicial beneficio de la duda. Una reforma como la que se dio a conocer, que sorprende por desatinada e innecesaria, requiere que el que la presenta esté convencido que la ciudadanía quiere mano dura contra la delincuencia y que respaldaría lo que se presentara bajo el formato de la seguridad. No fue convincente, ni creíble ni acertado.
En cuanto a las propuestas, la administración Kast no es representativa de la mayoría nacional, algo que sí logró en campaña al criticar la política de los partidos tradicionales. Pero el rechazo a los demás no ha convertido en aprobación positiva el respaldo a un programa que no pasaba de ser una suma de generalidades y intenciones de imponer la propia voluntad.
Sin vínculo sólido con la ciudadanía, en la práctica, una minoría poco representativa se elevó a un poder que quiere utilizar en beneficio de sus convicciones, pero sin estar preparados para hacerlo ni tampoco saber cómo se hace.
La desilusión fue más rápida que la posibilidad de imponerse
El Gobierno no está conduciendo al país, tampoco está conduciendo a la derecha como un todo y ni siquiera se está conduciendo a sí mismo como un equipo coherente. El resultado para el votante de Kast se puede expresar en pocas palabras: "Yo no voté para que ocurriera esto". Por eso la desilusión se justifica.
Se prometió en campaña algo que no se estaba en condiciones de cumplir ahora o más adelante. Pero no se contaba con un desgaste tan rápido. A un acto intencional de engaño o deshonestidad con el propósito de obtener un beneficio indebido se le denomina fraude.
La reforma constitucional supone un escenario más exitoso y para el doble del respaldo que se posee. Sus autores no tienen la menor intención de rendirle cuentas a nadie. Las prioridades auténticas las define un pequeño grupo que opera en una oscuridad que se está disipando y a plena luz están expuestos a la crítica.
Los asesores de Kast tienen un peso inusitado, porque el mismo Kast cumple un rol muy disminuido y eso deja un vacío que es llenado por personajes sin responsabilidad política, pero estratégicamente ubicados.
Hablan "a nombre del Presidente", a sabiendas que no serán desmentidos porque el Presidente nunca habla dirimiendo entre opiniones. Es un modo fraudulento de ejercer el poder. Estamos ante la ausencia de liderazgo, que es ausencia de contenido también. Ante semejante vacío el país solo puede estar retrocediendo. Dudo que la oposición haya calibrado la responsabilidad que tiene en sus manos.