A estas alturas, ¿puede alguien medianamente informado ignorar que desde hace casi tres años se está cometiendo un genocidio en Gaza? ¿Es posible desentenderse de que más de 100 mil palestinos han resultado muertos por los incesantes bombardeos, entre ellos más de 20 mil niños? ¿Puede alguien alegar desconocimiento acerca de la destrucción de más del 80% de las viviendas y de que todos los hospitales de la Franja han sido atacados?
Aunque difícil de creer, la respuesta a todas estas interrogantes es un acusador "sí". Pues este es el caso de 11 parlamentarios chilenos que decidieron aceptar una invitación del gobierno israelí para, sigilosamente y en misión oficial, viajar durante nueve días a la Palestina ocupada militarmente desde 1948, conocida hoy por muchos como Estado de Israel. La ignorancia es lo único que explicaría una decisión como esta, porque la alternativa es que representantes del pueblo chileno decidieron ser parte, conscientemente, de una operación de limpieza de imagen de un gobierno acusado de genocidio y de violar flagrantemente el derecho internacional.
Probablemente, los diputados fueron a rendir pleitesía a las autoridades israelíes y a conocer los avances científicos y las "maravillas" tecnológicas de ese Estado. El pretexto era hablar de agricultura y economía. En todo caso, el sigilo no sirvió de mucho, pues fueron "delatados" por las propias autoridades israelíes. Los parlamentarios decidieron, al parecer, que sería de mala educación incomodar a sus anfitriones con un tema tan baladí como las decenas de miles de palestinos masacrados. No se pueden echar a perder nueve días de buen pasar, en los que serán muy bien atendidos.
En cuanto a agricultura, los anfitriones les deben haber explicado cómo Israel colabora con los agricultores palestinos, bombardeando todas las tierras cultivables en Gaza, ahora infértiles, y expropiando permanentemente tierras de cultivo a los palestinos de Cisjordania.
En esa misma visita, la comitiva chilena entregó una medalla de reconocimiento a Roni Kaplan, mayor de reserva y portavoz del Ejército israelí. Desde hace más de una década es uno de los principales rostros del aparato de propaganda sionista para América Latina. Especialmente desde 2023, se pasea por medios de comunicación justificando ataques contra hospitales, relativizando la muerte de miles de civiles y desacreditando a periodistas y organismos humanitarios, mientras niega el genocidio en Gaza. Nos parece, por tanto, que podría ser un galardón merecido: pocos han debido hacer un esfuerzo tan descomunal para explicar ante el mundo cómo Israel debe "defenderse" de una población sitiada, hambrienta y desarmada, bombardeándola hasta pulverizarla. En otras palabras, que lo que nuestros ojos han visto, no es lo que parece ser.
Esperamos que los anfitriones también hayan mostrado a los ilustres visitantes su nueva arma de exterminio en Gaza: cómo se aniquila a un pueblo sitiado, mediante el hambre, la sed y las enfermedades. Y por qué a los niños palestinos ¡no se les permite encumbrar volantines! ¿Habían escuchado antes acerca de esta nueva y terrible "arma terrorista"? Pues Kaplan se los debe haber explicado.
Se nos dice que como resultado de esta visita se ha logrado una "relación renovada" con Israel. Pero a mí, como chileno, me parece vergonzoso que estos compatriotas, utilizando en forma espuria su cargo de representación popular, se hayan prestado para lavar la imagen de un régimen genocida, avalando con su visita la barbarie e ignorando por completo a las víctimas inocentes.
Han deshonrado al órgano legislativo al que pertenecen, al galardonar con una medalla al principal pregonero de las falacias del ente genocida para el mundo hispano, y también, principal negacionista del genocidio. Pasaron al lado del campo de exterminio más grande de la historia, la franja de Gaza, y no lo vieron. No vieron tampoco a los miles de niños agonizantes o desnutridos, ni a los más de 200 mil heridos por los bombardeos.
Frente a estas circunstancias, estimo que es una obligación ineludible para ambas cámaras legislativas, condenar tanto el viaje mismo como el propósito espurio que lo generó. Porque no hacerlo podría interpretarse como un aval a la conducta de los viajeros y la negación de un genocidio actual, cometido a plena luz del día ante los ojos del mundo.