Gobernar sin tiempo

La puerta negra de Downing Street ha visto pasar guerras, crisis, victorias y derrotas. Esta semana volvió a cumplir una tarea más modesta, aunque ya no del todo inocente, despedir a otro primer ministro. Keir Starmer anunció que dejará el cargo una vez que el Partido Laborista resuelva su sucesión. Llegó a esa casa en julio de 2024, con una mayoría amplia y la promesa de devolver estabilidad al Reino Unido. Quien lo reemplace será el séptimo jefe de gobierno británico desde el referendo de 2016 que abrió el camino al Brexit.

No hay una ruptura institucional. El Parlamento sigue en pie, la administración pública continúa trabajando y la transición será, probablemente, ordenada. Precisamente ahí está la dificultad. La maquinaria británica conserva la habilidad de sustituir a sus dirigentes, pero ha empezado a perder la capacidad de darles el tiempo necesario para gobernar.

Cambiar de primer ministro no es, por sí solo, un signo de decadencia. Los regímenes parlamentarios fueron diseñados para corregir liderazgos que pierden respaldo. El problema aparece cuando el reemplazo deja de corregir una crisis y se convierte en la respuesta habitual frente a problemas que tardan años en formarse y todavía más en resolverse. Un país puede seguir funcionando y, aun así, dejar de avanzar.

El Brexit no explica por sí solo esta historia. Sería cómodo atribuirle todo a un referendo y olvidar la inflación, el estancamiento productivo, la estrechez fiscal, la presión sobre los servicios públicos y el desgaste de una sociedad que lleva demasiado tiempo esperando mejoras visibles. Pero sí alteró la medida con que se juzga a la política. El país que votó para recuperar el control está descubriendo que lo difícil no era recuperarlo, sino ejercerlo.

Desde entonces, la política británica parece vivir sometida a un reloj que nadie puede detener. Se espera que un primer ministro resuelva en meses aquello que exige inversiones de una década, acuerdos que sobrevivan a una elección y equipos capaces de trabajar sin mirar cada mañana la próxima encuesta. Antes de que una política madure, ya se discute quién deberá reemplazar a quien intentaba impulsarla.

La paradoja no es solamente británica. En casi todas las democracias avanzadas se ha instalado la idea de que gobernar consiste en reaccionar con rapidez. Pero una red ferroviaria no se recupera en el tiempo de un ciclo noticioso. Una política industrial no se construye con anuncios. La relación con Europa, después de una ruptura como el Brexit, no se recompone a través de una cumbre bien fotografiada. Y la confianza de una sociedad no vuelve porque un gobierno encuentre un eslogan más eficaz.

El poder de un Estado no se agota en la fuerza de sus discursos. También es la capacidad de mantener una dirección cuando cambia el gabinete, se enfría la economía o aparece una crisis inesperada. Por eso la política exterior no se juega solo en las cumbres. Se juega en que los socios crean que un país podrá sostener mañana aquello que promete hoy.

El Reino Unido conserva activos que pocos países poseen. Tiene una administración experimentada, una diplomacia de alcance global, capacidades militares relevantes, universidades, finanzas y una relación histórica con Europa y Estados Unidos. Pero incluso esos recursos pierden fuerza cuando cada gobierno llega obligado a demostrar resultados inmediatos y cada decisión profunda parece provisional.

Los países empiezan a perder influencia mucho antes de perder territorio o riqueza. La pierden cuando sus compromisos se vuelven reversibles, cuando nadie sabe si una política sobrevivirá al próximo gabinete y cuando las urgencias del día devoran el tiempo de las tareas importantes.

Desde Chile y América Latina es fácil mirar esta escena como una curiosidad de Westminster, un problema de una vieja potencia europea. Es más útil leerla de otro modo. Nuestros países también conviven con problemas que viven más que los gobiernos. La seguridad, las pensiones, la infraestructura, el cambio climático, la productividad y la inserción internacional no se resuelven al ritmo de la ansiedad pública.

Los ciudadanos tienen derecho a exigir resultados. Pero ninguna sociedad construye capacidad estatal si cada reforma debe rendir frutos antes de la próxima elección. Un gobierno sin tiempo no gobierna. Administra la impaciencia.

El próximo ocupante de Downing Street traerá un nuevo nombre, un nuevo gabinete y, seguramente, una nueva promesa de estabilidad. Lo decisivo no será esa promesa, sino si el país logra dejarle espacio para cumplirla. Una democracia demuestra su fuerza cuando reemplaza a sus gobernantes sin violencia. Demuestra su madurez cuando consigue que una dirección sobreviva a quienes los reemplazan.