A la luz de la captura de Maduro, Estados Unidos apunta al control efectivo del petróleo venezolano, pero el fin primario es fastidiar a China para hacerla depender del dólar. La operación de Trump es una campaña de marketing porque no es una estrategia, sino una apariencia. ¿Por qué? Porque en vez de sobornar a toda la cúpula chavista, opta por capturar a Maduro, comprando a algunos, lo que da cuenta de una profunda desesperación, porque muestra una gran debilidad. La debilidad se refleja en medidas rápidas, difíciles de sostener a largo plazo, medidas de fuerza: te sometes o jodes. Medidas que dependen de la fuerza sostenida, lo que las hace insostenibles para un imperio en decadencia. La fortaleza real se demuestra con la hegemonía a través del poder blando, no duro.
La debilidad norteamericana se confirma mediante una operación militar que consolida el orden posconstitucional en EE. UU. La administración Trump sólo reconoce los medios de fuerza como los adecuados para maximizar sus intereses hegemónicos. Por lo tanto, la impotencia de triunfar ante China y Rusia obliga a EE.UU. a volcarse al continente americano para blindar sus áreas cercanas de pretensión geopolítica.
Todo lo anterior se entiende porque Trump vive su propia realidad, lo que lo lleva a una irracionalidad basada en la desesperada búsqueda de sus intereses, olvidándose de las burbujas que tiene la "sin sentido" economía norteamericana, lo que se explica por una economía totalmente oligarquizada.
Cabe señalar que el control del petróleo venezolano para EE.UU. es fundamental para garantizar la extensión de los suministros de energía y el control de precios favorables en la OPEP Plus. Con esto, Trump pretende obligar a China a comprar petróleo con dólares, pero China sostiene los bonos del gobierno norteamericano. Por otra parte, Iberoamérica también concentra la mayor parte de la plata del mundo, crucial para la inteligencia artificial, la electrónica y la energía limpia. China usa la plata industrialmente, mientras que EE.UU. la usa especulativamente.
En este contexto, EE.UU. tendría pretensiones en las siguientes zonas: la anexión militar de Groenlandia para la obtención de tierras raras y otros recursos así como abrirse camino a otras rutas árticas, el control de yacimientos petrolíferos en el Golfo de México, el control del Canal de Panamá, cuyo rol logístico es fundamental en la geoeconomía mundial respecto de los flujos interoceánicos de suministros, lo que requiere desplazar a China de esa zona. Si tal fin resulta difícil de lograr plenamente, EE.UU. tiene un objetivo subsidiario. El control naval del Estrecho de Magallanes como paso logístico estratégico bajo la excusa de evitar la influencia china y rusa en la zona austral. Tal objetivo ya se presentó en la Conferencia de Defensa de Sudamérica 2025 (SouthDec 25) durante los días 20 y 21 de agosto en Buenos Aires.
El objetivo de control naval de EE.UU. del Estrecho de Magallanes lo impulsará, probablemente, al incentivar la pretensión argentina de un control compartido del estrecho, lo que Chile rechaza absolutamente. Ante esta situación, el relato de evitar amenazas regionales se intensificará, lo que llevará a una hipótesis de conflicto en la que se verá comprometida la soberanía de Chile sobre su territorio nacional, en parte en Tierra del Fuego y en los mares circundantes. Esto obliga al Estado chileno a blindar el Estrecho de Magallanes, tanto naval como militarmente, en ambas costas, junto con su fortalecimiento portuario y naviero.
Cabe comprender que el actual lenguaje de la política internacional es la fuerza; pretender aludir al derecho internacional o a la Carta de las Naciones Unidas es una estupidez estratégica, porque aquí no se impone la verdad, sino el relato. El relato como estrategia de la mentira. En consecuencia, es vital dar el mensaje de que aquel que pretenda soslayar la soberanía de Chile perderá sangre. Este es el lenguaje que se entiende hoy; lo otro es bobería y lo peor de todo, cobardía, la que se traduce finalmente en traición.
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