Los indignados del 15–M: ni líderes, ni héroes, ni mártires

“Ella está en el horizonte dice Fernando Birri. Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se desplaza diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzaré nunca. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar.” (Eduardo Galeano)

Al 15-M, al margen del natural escepticismo y las dudas que despierta, resulta incomprensible no mirarle con toda la simpatía del mundo y no con menos expectación.

Será porque en medio de tanta incerteza, y de una que otra incoherencia, proyecta nítida y rotundamente un par de potentes certezas: el profundo malestar y desconformidad social con el sistema económico, con la política y la democracia tradicional y sus adláteres.

Y, en segundo término, la constatación de que los “colgados” de siempre han descubierto que no somos tan pocos, sino lo suficiente como para abandonar el enclaustramiento doméstico (consagrado por las “agorafóbicas” TICs) y ocupar/subvertir el espacio público, la ciudad, aunque solo sea para verdaderamente vivirla y decirla, y hacerse sentir.

Es tal la simpatía que despierta en algunos este movimiento que los más entusiastas no han dudado en denominarlo el “Nuevo Mayo del ’68”, en un abierto y al mismo tiempo absurdo parangón con la mítico-romántica y frustrada intentona (revolucionaria) del París “sesentero”.

Ahora bien, es evidente que existen algunas similitudes entre ambos movimientos que en realidad no pasan de ser menores, acaso meras coincidencias, como las que pueden existir entre cualquier tipo de movilización de masas, en virtud del despliegue de ciertas dramaturgias y apropiaciones de escenarios públicos.

Especialmente, cuando por su carácter excepcional adquieren un aspecto casi litúrgico produciendo la transformación –aunque transitoria y excepcional- significativa, una re-significación del espacio colectivo, como ocurre con la fiesta popular y -su prima hermana- la revuelta.

¿Qué son las movilizaciones (todas) sino representaciones simbólicas de desobediencia ritualizada que incorporan ciertas tecnologías de apropiación de la ciudad para, igualmente actuarla y decirla?, como diría el genial antropólogo urbano barcelonés, Manuel Delgado.

Pero si se trata de hacer comparaciones, resulta del todo conveniente, en lugar de buscar improcedentes similitudes, establecer las ostensibles diferencias que les separan.

Es evidente que ello resulta más provechoso, especialmente, a la hora de sacar conclusiones útiles y hacer un justo y necesario balance de la performance urbana que este disruptivo e incipiente movimiento social ha protagonizado.

Un ejercicio distintivo que otorga las claves de su deterioro, dando con el germen de su descomposición movimientista.

En efecto, al margen del empleo de la violencia social expresada en duros combates callejeros con la policía, con lluvias de adoquines y barricadas en medio de los edificios más emblemáticos de La Sorbona y del Barrio Latino, el “París ‘68” se aleja sideralmente de la #spanishrevoluction en una cuestión de fondo: fue un movimiento revolucionario -no reformista- que se planteó, ni más ni menos, que hacer la revolución y la toma del poder.

Fue un genuino intérprete de una lucha mayor que puso en el centro del orbe (Europa) las luchas del mal llamado “tercer mundo”, simbolizadas en la causa de los barbudos de la Revolución Cubana.

Se atrevió a reconocer liderazgos capaces de formular (al margen del idealismo onírico-lúdico de sus carteles) propuestas claras y concretas, y de generar una potente estrategia de alianzas con otros actores sociales relevantes: los sindicatos y los partidos de la izquierda más combativa y revolucionaria de entonces.

Es evidente que la #spanishrevolution del 15-M fue incapaz de distinguir entre “los malos” y “los buenos” (o “los menos malos”).

Con su i-rrealismo discursivo, plasmado en los consabidos NO (“no a los partidos”, “no a los sindicatos”), cerrando las puertas a legitimar liderazgos nítidos y a cualquier forma de entendimiento con otras fuerzas y actores sociales,no supo o no quiso articular alianzas con intelectuales y con sectores sensibles a sus demandas, que han estado luchando por ellas todo este tiempo, como los sindicatos.

Por otro lado, si bien es cierto que la #spanishrevolution es subsidiaria de los espectaculares acontecimientos producidos durante este último tiempo, léase la “primavera árabe” y la “revuelta de Islandia”, se quedó corta con su lucha “reivindicacionista-reformista”, al no superar la mera demanda de reforma del sistema, circunscrita estrictamente al estado español, de ello da debida cuenta algunas de sus tímidas propuestas.

No tuvo el vuelo necesario como para conectar con la lucha mayor que están dando los pueblos libres del mundo contra la oprobiosa dictadura del capitalismo financiero global. Es que no supieron inteligibilizar la consigna allendista que sorprendentemente voceaban a diario, especialmente, frente a los medios de comunicación: “El pueblo unido jamás será vencido”.

Tampoco estuvieron a la altura de uno de sus grandes desafíos que se les planteaban, ser capaz de escenificar una retirada a tiempo. Era menester tener en cuenta que una retirada a tiempo es una victoria. Fue un profundo error no superar la fase de ocupación/subversión del espacio público y quedarse más tiempo del debido en las más de cincuentiocho plazas duras de toda España.

Sabemos que no querían quedarse, especialmente, en momentos en que trascendió la existencia de una hoja de ruta de desalojo procedente del mismísimo Ministerio del Interior. Tampoco hubieran tenido “ropa” ni “huevos” para resistir una eventual envestida policial como hicieron las calles del “París ‘68”. Ni líderes, ni héroes, ni mártires. Nunca mejor dicho: la generación “NI-NI”.

Así fue que han terminado desgastándose, engullidos por la gestión (ejemplar) del orden interno de las “acampadas”, que vino a re-afirmar lo buenos boy- scout que son o que pudieron ser. Y, principalmente, por la bazofia social, las amenazas de “botellón”, de abusos sexuales, de los “antisistemas”, los “ocupas” y los “perro-flautas” (el “Chicha” europeo), que interpelaban a diario, al interior mismo de la acampada, su decadente y fantasmagórica mise-en-escène.

Prueba de ello es que, penosamente, terminaron siendo evaluados por la autoridad como un problema de sanidad y orden público. Juzgue usted mismo.

En lugar de causar un fuerte dolor de cabeza al “duopólico” sistema español, a la banca y en definitiva al establishmen, terminaron provocando, sino lástima y desagrado, indiferencia en una pragmática y despolitizada ciudadanía, que pasó rápida y olímpicamente de ellos.

Por su parte, las oligarquías políticas y financieras, siguen en la suya como sin entender nada o haciendo como que nada ha pasado.

Los partidos, especialmente la derecha, se debaten entre la adopción de nuevas reformas y ajustes, y en cómo privatizar el sistema de salud público, uno de los pilares del exiguo estado de bienestar español. A la par de canjearse los ayuntamientos y diputaciones como cromos o como jugando al MONOPOLY.

Sin ir más lejos, el cada vez más sorprendente expresidente Felipe González (hoy flamante lobbista, fichaje estrella de Gas Natural, compañía que ayudó a privatizar durante su gobierno y por si fuera poco, “flamante” asesor de Carlos Slim, “El Berlusconi mexicano”) ha dicho, en medio de una suerte de estado crepuscular histérico, que le suele acompañar, que “este gobierno debe terminar la presente legislatura para completar y profundizar las reformas”.

Mientras que el reincidente e insufrible ZP dice “que si pudiera volvería ha hacer exactamente lo que ha hecho y que no se arrepiente de nada”.

Por último, es preciso, recordar que el “Paris ’68” terminó finalmente dándole el 75% de los escaños del parlamento al autoritario De Gaulle y a los estados pábulo para acuñar una rotunda sentencia: “Plus jamais ça”. ¡Nunca más!

Una lección que “Los Indignados” debiera tener más que en cuenta, pues resulta obvio que para cambiar el sistema no basta con la simple e ingenua ocupación/subversión del espacio público. Hace falta una estrategia de resistencia que precisamente trascienda lo escenificado y exhibido en el espacio colectivo y algo más. De lo contrario todo esto no habrá servido para nada o habrá sido una indeseada contribución a la derecha en su loca carrera a La Moncloa.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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