Como sabemos, Trump ha notificado al mundo que la carta de navegación que éste debe recorrer a nivel global queda definida por la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de Norteamérica (NSS), documento elaborado, por supuesto, unilateralmente por su gobierno.
Por si usted no ha puesto suficiente atención le recomendamos su lectura, o al menos, que revise sus puntos clave: 1) La estrategia introduce el "Corolario Trump", que busca restaurar la preeminencia estadounidense en América Latina, contener la influencia de potencias extrahemisféricas (China y Rusia) y garantizar el control de rutas críticas como el Canal de Panamá. No está claro si la cooperación con Europa desde los países latinoamericanos será "tolerada"; 2) Respecto de la migración y la seguridad fronteriza, se plantea reforzar fronteras y autorizar operaciones en terceros países para frenar flujos migratorios, vinculando este fenómeno con narcotráfico y crimen organizado; 3) Respecto de la competencia económica y tecnológica, se focaliza en China (sin confrontación militar) y se promoverá el nearshoring y friendshoring en América Latina para reducir dependencia asiática. Así, La NSS abre espacio para integrar manufacturas, agroindustria y servicios en cadenas de suministro dirigidas al mercado estadounidense; 4) Reducción del intervencionismo global y cuestionamiento de la utilidad de los compromisos multilaterales (acuerdo de París, Organización Mundial de la Salud, etc.), con especial rechazo a toda referencia al cambio climático, y se prioriza el foco en el hemisferio occidental, que se deduce incluye a América Latina con sus 660 millones de habitantes.
Debe quedar claro: el desarrollo del hemisferio occidental será bienvenido sólo en la medida que no contradiga los objetivos estratégicos de los Estados Unidos. En ese marco, el crecimiento regional de América Latina queda supeditado a la óptica de seguridad y de prosperidad de los EE.UU.
Por si alguien tenía dudas, la administración Trump no se ha quedado en el discurso, sino que ha venido actuando desde el primer día conforme a la reactualización de la doctrina Monroe que convierte a los países de América Latina en el patio trasero de los EE.UU., sin autonomía ni soberanía. La tensión naval en el Caribe con más de 100 asesinatos al margen del derecho internacional; la presión sobre Panamá para limitar la influencia china en infraestructura estratégica, que incluye el Canal de Panamá; los incentivos financieros discrecionales sujetos a la afinidad ideológica como la reciente intervención en la elección presidencial de Argentina; y la reciente intervención militar en Venezuela que, con el pretexto de secuestrar al dictador, le permite hoy en día estar cogobernando con el mismo régimen dictatorial los destinos del país y recuperar el manejo del negocio petrolero, son ejemplos palpables de que la estrategia ya está en marcha.
En el plano económico, el patio trasero pasa a ser el campo de batalla estratégica en que los intereses norteamericanos se enfrentarán a los intereses de otras potencias y en que los proyectos de infraestructura crítica y tecnología, especialmente con China, serán objeto de un escrutinio y acuciosa atención unilaterales por parte de la potencia del norte.
En estos días, Chile ha vivido las consecuencias de esa política norteamericana, ratificada por un embajador prepotente e insolente, incapaz como su presidente de respetar las reglas de la diplomacia internacional: en una acción unilateral y absolutamente injustificable el gobierno de Trump ha revocado la visa para ingresar a ese país de tres funcionarios de alto rango del actual gobierno chileno y sus familiares, incluyendo al Ministro de Transporte y Energía, con el pretexto de que un eventual proyecto de cable submarino de fibra óptica que uniría Chile con China afectará la seguridad no sólo de los EE.UU. sino que de toda la región.
Independientemente de cualquier otra consideración, hay aquí claramente una violación de nuestra soberanía que el actual gobierno ha hecho bien en denunciar a la comunidad internacional.
Después de su vergonzoso silencio ante la política de Trump de imponer aranceles discrecionales a las exportaciones de prácticamente todos los países, incluido el nuestro, y que pueden afectar gravemente a nuestro sector agrícola, el presidente electo y su equipo de relaciones internacionales han estimado oportuno pronunciarse, en este caso, limitándose "a pedir explicaciones e información" al actual gobierno chileno. ¡Ningún emplazamiento, por supuesto, al gobierno de Trump!
Y frente a los ataques de EE.UU. e Israel a Irán, con el objetivo declarado de detener el programa nuclear de Irán -cuyas instalaciones estratégicas todos entendíamos que habían sido destruidas en un bombardeo anterior de Trump hace pocos meses- que significa, una vez más que su objetivo internacional es reemplazar las reglas de la diplomacia por el uso de la fuerza, el mismo equipo del Presidente electo ha declarado simplemente "Chile siempre debe ser aliado de las naciones que promueven la libertad y la democracia, y en consecuencia valoramos el esfuerzo por restablecer la seguridad nuclear y el respeto irrestricto al derecho internacional". Resulta francamente indecorosa la contradicción absoluta que la propia frase del equipo de Kast implica. ¿Sabrá el Presidente electo que el bombardeo unilateral, sin declaración de guerra o mientas se realizaban negociaciones diplomáticas entre EE.UU. e Irán, es violatorio de todos los principios del derecho internacional?
América Latina requiere, más que nunca, liderazgos y gobiernos, atentos a esta realidad, capaces de mantener relaciones de cooperación y respeto recíproco con los Estados Unidos, con la mirada puesta en Europa que debe ser nuestro aliado estratégico principal para incrementar nuestro desarrollo humano con manejo adecuado de la innovación tecnológica y con la autonomía necesaria para definir nuestros socios comerciales defendiendo el interés nacional, con estricto apego a nuestra identidad cultural, al derecho internacional y a nuestra soberanía.
Los demócratas cristianos hablamos con propiedad en esta materia y nos movilizaremos cada vez que sea necesario para defender los principios del derecho internacional y nuestra integración plena y digna como parte de la comunidad internacional.
Fue Eduardo Frei Montalva que hace ya 71 años, en un discurso pronunciado en el Senado, en julio de 1954 y que denominó "Estados Unidos y Latinoamérica" en referencia a declaraciones del Embajador norteamericano y el caso Guatemala, escribió: "El grave enigma es que este país entienda cuáles son los verdaderos problemas que aquejan a América Latina. Nuestras relaciones -agrega- pueden agruparse bajo tres fórmulas: una la del entreguismo; otra, la del odio estratégico; y, por último, como tercera posible alternativa, la cooperación constructiva". Descartadas las dos primeras, Eduardo Frei creyó auténticamente en una asociación digna entre los EE.UU. y América Latina.
Creer que la mayoría electoral que en estos días permitirá a un gobierno de la ultraderecha asumir el gobierno del país es un cheque en blanco para ser parte de un patio trasero ignorado y sumiso, sería un grave error del nuevo gobierno.
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