Testimonio de mi portonazo

Vivo en La Cisterna en un buen barrio, de medio pelo, lejos del mundanal ruido, con casitas reguleques, con dos o tres dormitorios a lo más, jardines honorables y arbolitos gentiles en las calles.

En mi barrio no hay asaltos y que yo sepa, tampoco había “portonazos” o como dice la ley, robos con intimidación. Y la razón es que no existen en el barrio, autos de “alta gama”, sino vehículos comunes, sin mayores pretensiones y que les han costado lo suyo a sus titulares.

Sin embargo y en razón de mi profesión, topógrafo, yo poseo una camioneta de doble tracción, comprada de segunda mano y con mucho esfuerzo, procedente de la gran minería, de aquellas de color rojo, banda amarilla de seguridad y en buen estado.

Por la baja en los proyectos y durante el año en curso, no he logrado contrato alguno en la pampa del desierto del Norte, lugar noble que nosotros, los de terreno, añoramos siempre como el lugar ideal para trabajar: sin jefes, sin alambradas, sin propietarios arrogantes y armados, con el horizonte abierto y el bendito sol, siempre pegando fuerte, luego de mañanas frescas y estimulantes que nos alegran la vida en el crudo invierno que llegará a caer.

Por tal motivo y con la mayor parsimonia de pensionado, saco todos los días la camioneta para llevar mi hija al colegio en la Gran Avenida. Para lo cual, abro el portón y la estaciono al frente, mientras espero a mi hija que abra la puerta principal y salga para subir a la camioneta.

De pronto, como un celaje, veo pasar un vehículo sedan de color gris, marca BMV, que me adelanta por el lado izquierdo y me obstruye el paso, del cual se bajan 4 muchachos y un niño de 12 años, empuñando sendas pistolas y me exigen de un modo no demasiado gentil que les entregue las llaves de mi querida camioneta de terreno.

Como es natural, tratándose de algo que me ha costado su poco, les digo que no, pues no estoy en condiciones de entregarla al primer bribón que me la exija, sobre todo sin la menor gentileza y ninguna caballerosidad.

El cabro chico entonces le grita al presunto jefe del atraco, ¡Pégale un tunazo al viejo culiao! En ese momento siento que mi hija y mi mujer lloran y nuestra perra ladra en forma desesperada. Pero están todas protegidas detrás del portón. Eso me tranquiliza un poco y comienzo a bajar del vehículo con cierta tranquilidad, propia tal vez de alguna causa más feliz, pero llevo fuertemente las llaves aferradas en la mano derecha y recibo un golpe. tal vez con una pistola que me da en la pierna mientras me bajo.

Siento o pienso en ese momento que pasa toda mi vida en un par de segundos como en una película vertiginosa, pero paradojalmente, muy clara.

Percibo, asimismo, a mi espalda, la presencia del Señor Jesucristo, el que nunca muere.

Él me da el valor que yo no tengo. Y espero la muerte con tranquilidad, tal vez pidiendo unos años mas de gracia para ver a mis hijos titulados, aspiración sempiterna de nuestra pequeña burguesía, que no nos abandona ni en las peores circunstancias. 

Entonces grito fuerte en mi barrio: “¡Detective González, Detective González!”. No sé de dónde he sacado que la mayoría de los detectives se apellidan González. Pero, en fin, ante mis gritos roncos y destemplados, los delincuentes huyen rápidamente del lugar en su BMV.

Mis vecinos aparecen con prontitud. Y yo mantengo la calma y consuelo a mi hija que llora inconteniblemente.

Por tanto, me corresponde ahora y tardíamente de dejar por este medio, mi testimonio de gratitud al Nuestro Señor Jesucritos que me dio el coraje del que yo carezco habitualmente.

Mis ansias, cual reiterada obsesión, de partir al norte, a la pampa querida o a cualquier lugar de esta loca geografía, son para trabajar como topógrafo de cerro en mi querida camioneta de doble tracción durante los años que me quedan de vida.

¡Maranatá!, como termina el Apocalipsis.

¡Allah Ak-Bar!, como exclama el pueblo musulmán desde siempre.

Les pido perdón por incomodar a la sección de opinión con esta trivialidad, tal vez, de la fe.

Otros creen en la omnipotencia de la ciencia y en la deriva final hacia los agujeros negros del espacio.

Pero este es mi testimonio, tal vez inoportuno en tiempos de viles sacerdotes en cuyas sotanas malolientes, residen entre sus pliegues inmundos, una legión de demonios impuros expulsados de la misericordia divina.

Por eso este testimonio que hago público al Dios de los cristianos, de los judíos, de los árabes, El que no muere jamás . El origen verdadero de la dignidad que existe en nosotros desde los primordios de esta humanidad .

Vaya mi oración por el niño que participó en este robo con intimidación y que no merece por cierto continuar con esta vida que le ofrece el mundo del hampa. De algún modo, también somos responsables del desgraciado destino de este infante.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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