El aire que heredarán nuestros hijos

Durante los últimos días, Santiago volvió a aparecer entre las ciudades con peor calidad del aire del planeta. Al mismo tiempo, la Región Metropolitana ya acumula más episodios críticos de contaminación que a igual fecha de los dos años anteriores. Son cifras que ocupan titulares durante algunas horas y luego desaparecen, desplazadas por nuevas urgencias y nuevas noticias.

Tengo tres hijos y, cada vez que se decreta una preemergencia ambiental, me descubro pensando menos en las restricciones vehiculares y más en una pregunta que probablemente comparten muchos padres y madres: ¿qué aire heredarán nuestros hijos?

La pregunta no surge del alarmismo. Surge de la evidencia científica. Si mañana se detectara una sustancia cancerígena en el agua potable de Santiago, la noticia abriría los noticieros, las autoridades serían convocadas al Congreso y las familias buscarían alternativas para protegerse. Durante semanas discutiríamos cómo fue posible que algo así ocurriera. Pero cuando esa amenaza viaja suspendida en el aire, la conversación suele durar apenas un par de días, pese a que millones de personas la respiran cotidianamente.

La contaminación atmosférica se ha transformado así en una de las pocas amenazas sanitarias graves que hemos aprendido a normalizar. No porque haya desaparecido ni porque la evidencia científica sea insuficiente, sino porque nos hemos acostumbrado a convivir con ella. Sabemos que fumar aumenta el riesgo de cáncer. Sabemos que una alimentación poco saludable incrementa la probabilidad de desarrollar enfermedades cardiovasculares. Sabemos que la exposición prolongada a determinadas sustancias puede afectar seriamente nuestra salud. Sin embargo, nos cuesta asumir que el aire que respiramos también forma parte de esa ecuación.

Quizás esto ocurre porque la contaminación tiene una característica que la vuelve especialmente difícil de enfrentar: es invisible, a no ser que subamos a algún cerro o despeguemos en avión. No tiene el dramatismo de un terremoto ni la visibilidad de una inundación. No llega de golpe ni ocupa portadas durante semanas. Actúa lentamente, se acumula y deja sus efectos distribuidos en el tiempo. Precisamente por eso resulta tan fácil ignorarla o relegarla a un segundo plano cuando aparecen otras preocupaciones más inmediatas.

Un cabello humano tiene un diámetro cercano a los cien micrómetros, aproximadamente el límite de lo que nuestros ojos pueden distinguir. Las partículas PM2,5 que monitoreamos durante los episodios críticos son alrededor de cuarenta veces más pequeñas. Muchas de las partículas más dañinas son aún menores, alcanzando dimensiones nanométricas. Son tan pequeñas que pueden atravesar las defensas naturales del organismo, llegar a los pulmones e incluso ingresar al torrente sanguíneo.

La contaminación atmosférica es, en gran medida, un problema de escala. Las partículas más dañinas son invisibles a nuestros ojos, pero sus efectos son profundamente reales. Comprender cómo se desplazan en la atmósfera, cómo interactúan con nuestro organismo y cómo reducir su impacto requiere décadas de investigación científica, desarrollo tecnológico y capacidades humanas altamente especializadas.

No es casualidad que algunas de las soluciones más prometedoras estén surgiendo precisamente en la nanoescala, la misma escala donde ocurre parte del problema. La nanotecnología está permitiendo desarrollar sensores más precisos para monitorear contaminantes, materiales avanzados para capturar partículas nocivas y nuevas tecnologías energéticas que podrían contribuir a reducir futuras emisiones. En Chile, centros de investigación como Cedenna trabajan precisamente en el desarrollo de materiales avanzados orientados a enfrentar los desafíos complejos que enfrentamos como sociedad, como la salud, la energía y el medioambiente.

Detrás de cada sensor, de cada nuevo material y de cada avance tecnológico existen años de investigación, universidades que forman capital humano avanzado e investigadores e investigadoras que decidieron dedicar su vida a comprender fenómenos cuya utilidad práctica no siempre era evidente en ese momento. La calidad del aire sigue lejos de ser la que quisiéramos, pero es mejor que la que conocimos quienes crecimos en Santiago durante los años '80 y '90. Sin embargo, el progreso que ha experimentado Santiago no es fruto de la casualidad. Es el resultado de conocimiento transformado en política pública, innovación tecnológica y decisiones colectivas sostenidas durante décadas.

La pregunta es si tendremos la convicción de seguir avanzando en esa dirección. Porque cuando pienso en la contaminación atmosférica, no pienso únicamente en estadísticas, normas ambientales o índices de material particulado. Pienso en el aire que heredarán nuestros hijos. Y quizás esa sea la pregunta que realmente importa. No cuánto contaminamos hoy, sino cuánto conocimiento, voluntad y responsabilidad seremos capaces de reunir para que las próximas generaciones respiren mejor que nosotros.

Después de todo, una sociedad no se mide solamente por la riqueza que acumula ni por las obras que construye. También se mide por su capacidad para reconocer aquellos riesgos que no siempre son visibles y actuar antes de que sus consecuencias se vuelvan inevitables. La herencia más importante que dejamos a nuestros hijos no es únicamente la ciudad que construimos, sino también el aire que les permitimos respirar.