La neurociencia como factor en la gestión integrada de los recursos hídricos

La crisis hídrica contemporánea suele abordarse desde una perspectiva predominantemente hidrológica, ingenieril y económica: disponibilidad de agua, variabilidad climática, infraestructura, eficiencia de los sistemas de distribución, sobreexplotación de acuíferos y asignación de derechos de aprovechamiento. Sin embargo, esta aproximación presenta una limitación fundamental: el agua no es gestionada exclusivamente por sistemas físicos, sino por sociedades cuyos individuos y organizaciones toman decisiones bajo condiciones de incertidumbre, presión temporal, restricciones cognitivas y conflictos de intereses. Por tanto, sostengo que la Gestión Integrada de los Recursos Hídricos (GIRH) debería incorporar progresivamente los conocimientos provenientes de las neurociencias y las ciencias del comportamiento, no como sustituto de la hidrología o de la gobernanza, sino como una dimensión complementaria para comprender y mejorar la toma de decisiones relacionadas con el agua.

La magnitud del desafío justifica ampliar esta mirada. Según la Organización Mundial de la Salud y Unicef, en 2025 aproximadamente 2.200 millones de personas todavía no contaban con acceso a servicios de agua potable gestionados de manera segura. Aunque durante el período 2000-2025 se produjo una expansión significativa de la cobertura mundial, el progreso ha sido desigual y persisten importantes brechas territoriales y socioeconómicas. Estos datos muestran que el problema del agua no puede reducirse a la existencia física del recurso: también involucra distribución, equidad, instituciones, comportamiento y capacidad de cooperación.

En este contexto, la GIRH adquiere especial relevancia porque propone superar la gestión sectorial del agua e integrar las dimensiones ambientales, sociales y económicas. Por ello, gestionar una cuenca no consiste solamente en determinar cuántos metros cúbicos de agua están disponibles, sino también en establecer cómo diferentes actores perciben el riesgo, valoran el recurso y responden ante escenarios de escasez, aquí emerge el aporte potencial de la neurociencia.

La toma de decisiones humanas no constituye un proceso puramente racional. La investigación contemporánea sobre neurociencia de la decisión ha demostrado que los procesos cognitivos asociados a la evaluación de alternativas están modulados por mecanismos de recompensa, emociones, atención, memoria, percepción del riesgo y procesamiento de información social. En materia ambiental, una revisión reciente sobre las bases neurocognitivas de las decisiones sostenibles identificó la participación de procesos relacionados con cognición social, mentalización, evaluación emocional, motivación, monitoreo y toma de decisiones. Esta evidencia resulta especialmente relevante para la gestión hídrica porque muchas decisiones vinculadas al agua presentan una característica problemática: existe una distancia considerable entre la conducta presente y sus consecuencias futuras.

Por ello, sería un error convertir la neurociencia en una nueva solución tecnológica para la crisis del agua, ya que su valor reside en otro lugar: puede contribuir a explicar por qué determinadas políticas, mensajes e instrumentos de gestión son aceptados, ignorados o rechazados por las personas. Esta perspectiva resulta particularmente importante en contextos de conflicto hídrico. La asignación del agua suele enfrentar a actores con diferentes intereses: agricultura, consumo humano, industria, generación energética, conservación ambiental y comunidades locales. En estas circunstancias, la decisión de un actor no depende exclusivamente de la cantidad de agua disponible. También intervienen factores como la confianza institucional, la percepción de justicia, la identidad colectiva y la experiencia previa de los participantes.

En consecuencia, el futuro de la GIRH no debería construirse únicamente sobre la pregunta "¿cuánta agua tenemos?", sino también sobre interrogantes como "¿cómo percibimos el riesgo?", "¿cómo valoramos el agua?", "¿qué factores determinan nuestras decisiones?" y "¿qué condiciones favorecen la cooperación entre usuarios?".

El desafío no consiste en "neurocientifizar" la gestión del agua, sino en hacerla más completa. Mientras la hidrología nos permite comprender el comportamiento del recurso, la neurociencia puede ayudarnos a comprender una parte del comportamiento de quienes deben conservarlo, distribuirlo y utilizarlo. Integrar ambas perspectivas podría contribuir a construir políticas hídricas no solamente técnicamente eficientes, sino también conductualmente viables y socialmente legítimas.