La izquierda y el deseo de corregir a la sociedad

Hay una tentación recurrente en la izquierda cuando pierde apoyo: concluir que el problema consiste en haberse alejado demasiado del centro o, exactamente al revés, en no haber sido suficientemente radical. Las dos respuestas comparten algo: suponen que el problema está en la posición que ocupa la izquierda. Pero puede estar, el problema, antes que eso, en la sociedad que imagina tener delante.

La coyuntura chilena lo muestra. El gobierno de José Antonio Kast ha generado durante estas semanas buena parte de sus propias dificultades. Sin embargo, ese autodesgaste no se convierte automáticamente en una ventaja para la oposición. Hay crítica y rechazo, pero todavía cuesta advertir una interpretación capaz de ordenar políticamente esos malestares.

Durante buena parte del siglo XX existía una relación más estable entre posición social, identidad colectiva y comportamiento político. Sindicatos, partidos, iglesias, barrios y organizaciones proporcionaban lenguajes relativamente duraderos para interpretar la experiencia.

Esa arquitectura se debilitó. Por eso el llamado centro tampoco es necesariamente moderado. Puede ser, según el momento, impugnador o restaurador. Chile ofrece un buen ejemplo. En 2021 la Lista del Pueblo irrumpió en la Convención Constitucional; dos años después, el Partido Republicano obtuvo el 35,4% de los votos y 23 de los 50 consejeros constitucionales.

No fueron necesariamente los mismos electores. Pero la secuencia muestra que una masa electoral poco identificada con las antiguas culturas políticas puede buscar primero una impugnación radical del orden y luego una respuesta igualmente intensa de restitución del orden. No significa que recorrió todo el espectro político. Cambió la representación en la que pudo alojar su malestar.

El sujeto contemporáneo puede querer igualdad y seguridad, autonomía y protección, reconocimiento de su esfuerzo y mayores derechos sociales. Puede exigir transformaciones y, al mismo tiempo, temer perder lo alcanzado. Puede desconfiar del mercado y también de un Estado que experimenta como ineficiente.

Desde una política demasiado tradicional, eso parece contradictorio. Desde una comprensión más atenta del sujeto, bastante menos. Queremos cambiar y conservar, independizarnos y ser protegidos, diferenciarnos y pertenecer. Lo que cambió es que las antiguas mediaciones colectivas ordenan mucho más esas contradicciones y producían identificaciones estables..

Parte de la izquierda intenta resolverlo intensificando su identidad. Otra parte adopta tardíamente la agenda del adversario: también nosotros queremos seguridad, crecimiento y orden. Pero disputar un tema no es lo mismo que disputar su significado.

La izquierda conserva herramientas poderosas para comprender la estructura de la sociedad: desigualdad, concentración económica, precarización del trabajo y debilitamiento de las protecciones colectivas. Esa verdad sigue siendo indispensable.

Pero la propia discusión progresista reciente muestra otra dificultad: con frecuencia se piensa primero en desigualdad, modelo de desarrollo, mercado o Estado, mientras problemas como la inseguridad o el narcotráfico irrumpen desde la experiencia cotidiana antes de encontrar una elaboración política propia. Entre ambas cosas aparece justamente el problema: una cosa es explicar la estructura y otra escuchar cómo esa estructura está siendo vivida.

Entre las condiciones materiales y la conducta política existe un sujeto que interpreta lo que vive: pérdida, orgullo, amenaza, progreso, frustración, reconocimiento, esperanza. Las personas no viven una estructura social como quien contempla un gráfico.

Ahí las nuevas derechas han mostrado una particular eficacia. Han logrado reconocer experiencias que parte del progresismo trató con sospecha: el miedo, el esfuerzo, la demanda de orden, la necesidad de proteger lo alcanzado. Después pueden conducirlas hacia respuestas excluyentes o autoritarias. Pero primero las reconocieron.

Esto ayuda también a comprender por qué el fenómeno excede a Chile y aparece, con diferencias importantes, en América Latina, Estados Unidos y Europa. No se trata simplemente de un súbito conservadurismo mundial. Las sociedades contemporáneas han producido individuos con mayores expectativas de autonomía y control sobre sus vidas mientras debilitaban todos los soportes colectivos que les proporcionaban seguridad.

El sujeto contemporáneo es, al mismo tiempo, más autónomo y más desamparado. La respuesta progresista no puede consiste en descalificar esos temores ni en asumirlos tal como aparecen. Consiste en comprender qué experiencia expresan y qué demanda busca hacerse escuchar en ellos. La disputa hegemónica comienza justamente allí: no siempre en apropiarse de la agenda del adversario, sino también en disputar el significado y el destino político de aspiraciones que no pertenecen de antemano a ninguna ideología.

Por eso la discusión acerca de si la izquierda debe moderarse o radicalizarse resulta insuficiente. Ambas opciones pueden ser formas distintas de seguir hablando consigo misma. La tarea es otra: reconstruir una relación con una sociedad que puede ser impugnadora y restauradora, que quiere transformación y protección, autonomía y seguridad, igualdad y reconocimiento.

La izquierda no necesita corregir a esa sociedad para que vuelva a parecerse a sus categorías. Necesita comprender por qué dejó de reconocerse en ellas.