En el icónico universo de "Spiderman" hay un personaje que destaca no por un superpoder adquirido a través de una mutación genética, sino por su privilegiada posición que le permite manipular a la opinión pública: J. Jonah Jameson, el dueño del Daily Bugle. Con su inseparable corbata y su temperamento explosivo, el gerente del diario encarna al periodista que utiliza su plataforma para desprestigiar al héroe neoyorquino, pintando a "Spiderman" como un delincuente que amenaza la seguridad de la ciudad. Esta representación va más allá de una caprichosa animadversión de quien está a cargo de un medio de comunicación hacia un joven de clase media que lucha contra los malos; es una crítica mordaz al periodismo que se alinea con los intereses del poder egoísta y desacredita a aquellos que arriesgan su vida por un bien mayor.
Este fenómeno no es exclusivo de los cómics ni de otros guiones de fantasía. Es un golpe de realidad. En Chile y en muchas otras partes del mundo se observa un comportamiento similar donde una fracción mayoritaria de la prensa actúa como portavoz de ciertos intereses económicos y políticos, desviando la atención de los verdaderos problemas que aquejan a la sociedad, en especial de sus causas. En lugar de destacar el mérito de los jóvenes que luchan por la justicia, estos medios se dedican a demonizarlos, presentándolos como vándalos, antisociales e incluso terroristas.
La historia reciente de Chile ofrece ejemplos claros de este tipo de artimañas comunicacionales. Respecto de la revuelta del año 2019, cuando millones de personas salieron a las calles exigiendo reformas estructurales, varios medios masivos han sido rápidos en enfocarse en los actos de vandalismo; minimizando y/o ignorando la génesis de la rebelión popular iniciada y protagonizada por jóvenes de todas las ciudades y de todas las clases sociales. Este periodismo se ha encargado de destacar la violencia física resultante, omitiendo la violencia social que la gatilló. Incluso se han empecinado en borrar del relato la palabra dignidad y han acuñado y utilizado el concepto de "estallido delictual".
Para entender el aplastante éxito que esta prensa rastrera tiene en el público, es requisito conocer las estrategias que ella emplea con la proactiva complicidad de los políticos. Una de las maniobras clave en este análisis es el framing o encuadre, que, tal como su nombre lo indica, consiste en parcelar en un cuadro todo el acontecer nacional haciendo que las relaciones entre lo que se muestra y lo que se oculta, no existan para el observador. Este viejo truco lo usa con frecuencia J. Jonah Jameson cuando encarga fotografiar a "Spiderman" en situaciones que faciliten suponer de él una conducta reprochable, descartando toda panorámica y secuencia temporal del hecho capturado en el cuadro.
Cuando los encuadres se despliegan reiteradamente, tanto por medios visuales como auditivos, aflora la segunda clave del éxito: "la espiral del silencio". Este es el temor de cualquier persona a expresar opiniones contrarias al pensamiento mayoritario, especialmente si cree que será castigada socialmente. Los medios, al amplificar ciertas narrativas y suprimir otras, pueden crear una falsa sensación de consenso, acallando las voces disidentes y reforzando el poder del relato oficial. Esto se observa cuando los jóvenes activistas son presentados como delincuentes, en lugar de ser reconocidos como representantes de un clamor social amplio. En este ambiente hostil a la legítima disidencia, muy pocos se oponen a la colosal corriente para manifestar con fuerza que esos que son etiquetados como delincuentes, son justamente los héroes que Chile necesita. De hecho, J. Jonah Jameson siempre se deleita en aquellas reuniones sociales y de negocios donde nadie se atreve a contradecirlo en su rutina de desprestigio a "Spiderman".
En contraposición a estos ejemplos, existen medios realmente independientes y periodistas valientes que se han comprometido con una cobertura más justa y equilibrada de los movimientos juveniles en Chile. Estos verdaderos profesionales de un periodismo de excelencia han demostrado que es posible darles tribuna argumentativa a los marginados que cuestionan los abusos del poder. Estos medios, que no son la mayoría, juegan un papel crucial en la construcción de los esporádicos contrarrelatos que desafían la narrativa oficial y ofrecen al público una visión más completa de la realidad.
La lección que nos deja J. Jonah Jameson no es solo la caricatura del periodismo poderoso pero miserable, sino un recordatorio constante del poder que tienen los medios para moldear a su antojo (y al de sus financistas) la percepción pública. En una sociedad democrática es esencial que el periodismo esté del lado de la verdad y la justicia. Para ello, entre otras disrupciones, debe señalar con altoparlantes y luces estroboscópicas a los verdaderos héroes de nuestro tiempo: aquellos que, sin estar dotados de superpoderes, arriesgan todo por un mundo más justo.
Pero tal vez el problema no sea solo una prensa que denigra a los jóvenes luchadores, sino una sociedad que necesita creerle a ese periodismo obsecuente para no hacerse cargo de su propia cobardía. Porque aceptar que esos jóvenes criminalizados son héroes y heroínas implicaría admitir que otros -muchos otros- eligieron la denigrante comodidad del silencio. En ese sentido, J. Jonah Jameson no es solo un personaje de ficción ni un editor poderoso: es el reflejo de una audiencia que prefiere ver villanos simples en otros, en vez de ver responsabilidades complejas en ella misma.
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