Azuzar el fuego

Se dice que Danton, uno de los impulsores de la revolución en Francia, le dijo a su amigo Lacroix camino al cadalso: "Amigo, si en el país al que vamos hay revoluciones, hazme caso, no nos mezclemos".

El otrora revolucionario, héroe del asalto a las Tullerías, terminaba devorado por la propia revolución que apoyó y que había dado paso al Terror bajo Robespierre, quien buscaba satisfacer los afanes sacrificiales de la turba, que siempre quiere un chivo expiatorio. Como recordaba Albert Camus, Tuaut de La Bouverie, representante del pueblo en 1791, decía que "para contener al pueblo es preciso un espectáculo terrible".

Rara concepción de fraternidad la de los jacobinos. También es rara la concepción de dignidad que deben tener todos aquellos que insultaron, escupieron y lanzaron objetos a la convencional Giovanna Grandón, conocida como "tía Pikachu". Al parecer, de ser prácticamente un fetiche infantil de los manifestantes, pasó a convertirse en un objeto más del odio de la muchedumbre. ¿Cómo comprender esto?

Elías Canetti decía que las masas son como el fuego. Ambos comparten un carácter impredecible y destructivo, cuya violencia aparece casi de forma espontánea sin que se puedan predecir sus cauces y efectos. Ello se explica, como planteaba Gustave Le Bon, porque en medio de la masa se disuelve la capacidad de discernimiento de los individuos, lo que favorece la moral de la pandilla, es decir la cobardía de quienes actúan como valientes sólo cuando están en grupo, escondidos tras la masa o una capucha. Por eso, es la masa la que quema cosas, de inmigrantes, comerciantes o que agreden en grupo aprovechando la ventaja numérica. Es en la irresponsabilidad de la masa donde se incuba el salvajismo del linchamiento, la caza de brujas, la lapidación, las purgas.

Es también en la masa donde se esconden los que furtivamente lanzan objetos contra alguien o esquirlas impulsadas por fuegos artificiales como "modo de protesta pacífica".

En Chile, hace rato que vemos la acción de la masa y su atavismo pirómano con el abierto beneplácito de supuestos líderes políticos y demócratas. Incluso, producto del fuego han muerto personas, tal como ocurrió con Eduardo Lara en Valparaíso, cuando una turba incendio una farmacia durante una protesta en 2016. Así, se han quemado iglesias, edificios públicos, negocios y poco o nada se ha dicho al respecto. Cuando el atavismo pirómano de la masa se desató en octubre de 2019, gente del Frente Amplio y del Partido Comunista, como Giorgio Jackson, Catalina Pérez, Hugo Gutiérrez o Marisela Santibáñez, por mencionar algunos, mostraron regocijo frente al poder destructivo del fuego, presumiendo en ello un elemento purificador. Su candidato presidencial, Gabriel Boric, dijo tiempo atrás que las barricadas eran una expresión de protesta legítima. Obviamente, nunca se ha preguntado de dónde surgen los elementos para la combustión con la que la masa hace su fuego redentor en las calles.

Debe pensar que son "cositas materiales", tal como dijo otra diputada del Frente Amplio, Maite Orsini, al referirse a las pérdidas materiales sufridas por locatarios producto de saqueos. Lo raro es que el mismo Gabriel Boric, luego se plantea conmovido ante la hoguera que otros, escondidos también tras el anonimato de la masa, hicieron con pañales y coches en Iquique. ¿Hipocresía o falta total de criterio?

El problema de fondo es que varios han azuzado irresponsablemente la potencia destructiva de la masa y la violencia, sin considerar el carácter impredecible de ambos elementos. Lo peor es que lo siguen haciendo mientras en paralelo hablan de democracia, de derechos y de paz.

Como decía Orwell: "gran parte del pensamiento de izquierda consiste en jugar con fuego, pero por parte de personas que ni siquiera saben que el fuego quema". Por eso, como siguen jugando con fuego, la promesa de que la nueva Constitución traería la paz, hasta ahora, se ha evidenciado más como una fantasía que como una realidad. Por eso, cuando la ira de la masa los alcanza, se sienten sorprendidos, tal como evidenció Giovanna Grandón en la mal llamada Plaza Dignidad.

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