Carlos Altamirano, la decencia hasta en el giro

Hace un par de años lo encontré erguido paseando con una enfermera o asistente en el mall Quilín. Sólo el bastón revelaba sus 94. El resto era el de un abuelo enhiesto y hasta ágil. Y además, de muy digna y altiva prestancia. Me acerqué decidido y le pregunté.

- ¿Es usted Carlos Altamirano Orrego, ese dirigente vilipendiado por los canallas de siempre?

Me respondió de inmediato, nada sorprendido por lo inesperado de mi acercamiento y sin inhibición alguna.

- Yo soy, mucho gusto y me ofreció su huesuda mano.

Ahí, en medio del festival de compras y deudas, ahí sin JAP ni custodios estaba ese hombre histórico que se refería al presidente Allende simplemente como Salvador.

Ahí estaba haciéndose viejo el hombre que convivía con tantos fantasmas y que no hacía mucho había enterrado a su mujer. Los ojos pequeños e inquisidores me miraban y miraban alrededor y quizás reflexionaban: me cambiaron el mundo, este no es ni mi triunfo ni menos mi proyecto.

Luego, le pedí que nos tomáramos una foto. Y fue su asistenta la fotógrafa y ese registro de celular quedo perdido o guardado para siempre en alguna carpeta amarilla, en la nube o quizás donde, pero no lo soñé.

Ahora, las noticias titulan su muerte. Comienzan los balances y homenajes. Y los juicios. O las medias frases para algo decir. Altamirano nunca dejó indiferente a quienes lo conocieron y rodearon.

Altamirano y Miguel Enríquez en algún momento se cruzaron, Carlos doblaba en edad a Miguel, pero las escenas fotográficas y de la memoria sugieren respeto mutuo. No sólo de apoyos electorales, sino de momentos complejos donde los movimientos sucedieron al borde del borde de un precipicio mortal.

Esos momentos cuando se actúa entre los principios y los intereses, como sucedió en el caso de la persecución a la marinería antigolpista en agosto del 73.

Luego Miguel y Altamirano fueron buscados con saña. Juntos aparecen en ese afiche de cacería del 11. Eran los más buscados y la sempiterna Payita - Miria Contreras - la única mujer. Más tarde, se supo de gestos de apoyo entre ambos.

Carlos zafó posiblemente con apoyo del exterior y Miguel se queda y pronto se transforma en mito, ejemplo y mártir. Carlos en Europa cambia y gira. Sin embargo, supo tener la decencia que otros perdieron. Cuando se encabeza un proyecto quedas señalado para el resto y te transformes en lo que sea, parece impropio quemar tu vieja casa, donde invitaste a tantos y tantas.

Altamirano en eso supo ser decente como lo evidencia su extensa entrevista con Gabriel Salazar, que lo exhibe en sus conocimientos y balances. No se pliega ni desviste como aquel Garretón. 

En Lo Cañas quedan sus pasos y un pedazo de historia. Además de muchos papeles y algunas oportunas filmaciones de ese tiempo cuándo este país quiso ser.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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