Algunos gobiernos ordenan su relato antes de gobernar. Otros -como el actual del Presidente Kast- gobiernan a tropezones mientras improvisan un relato para explicar cada caída. En ese delicado equilibrio entre forma y fondo, la vocería suele ser el dique de contención. O al menos, eso indica la teoría. En la práctica, la actual vocera de Gobierno, Mara Sedini Viancos, parece haber optado por otra estrategia: convertir cada error en un nuevo punto de partida para el siguiente.
La ministra secretaria general de Gobierno (nombre oficial de su cargo) ha decidido -con una consistencia admirable- convertir cada aparición pública en una pequeña caja de sorpresas. Uno nunca sabe si lo que dirá será la versión oficial, una interpretación libre o un adelanto de la futura rectificación. La incertidumbre, al menos, está garantizada.
Porque si algo ha logrado instalar esta vocería es una innovación comunicacional digna de estudio: la política del "ensayo y error", pero sin ensayo. Se habla primero, se piensa después y, si hay suerte, se corrige al día siguiente. Todo muy dinámico, muy ágil, muy desprolijo. Poca pulcritud, mucha desidia. No es solo un problema de estilo, aunque el estilo importa. Es, más bien, una combinación incómoda de imprecisión, liviandad y una preocupante falta de manejo político. Sedini no comunica; reacciona. No ordena; comenta. Y en ese tránsito errático, la comunicación oficial del Palacio de La Moneda -ese espacio que debería entregar certezas- termina siendo un amplificador de dudas.
El problema es que la voz oficial no está diseñada para improvisar. Está pensada, más bien, como el espacio donde el Gobierno ordena su relato, fija posición y transmite certezas. Pero aquí ocurre lo contrario: cada intervención abre más preguntas de las que cierra. Y así, lo que debía ser un ancla termina funcionando como una corriente.
Resulta curioso que un Presidente como Kast, quien llegó prometiendo orden, firmeza y claridad, haya encontrado en su portavoz una fuente constante de confusión. Es casi poético. O trágico, dependiendo del ánimo. Porque mientras el discurso oficial habla de convicciones intransables, Sedini parece operar bajo una lógica más flexible: la convicción del momento.
Y no se trata solo de lapsus o errores puntuales -eso le ocurre a cualquiera-, sino de una forma de comunicar que parece carecer de brújula política. Hay respuestas que minimizan lo que luego se amplifica, definiciones que duran menos que un punto de prensa y aclaraciones que terminan necesitando nuevas aclaraciones. Una especie de espiral donde la claridad es siempre la gran ausente.
Porque si la vara comunicacional es ésta, entonces el estándar al que será evaluado inevitablemente baja. Y baja rápido. Lo irónico es que la vocería, lejos de ser un problema accesorio, termina siendo el reflejo más nítido del gobierno de Kast. No porque lo represente bien, sino porque lo expone "sin filtro" un Ejecutivo que parece más cómodo reaccionando que conduciendo, más hábil para explicar errores que para evitarlos.
Quizás la ministra no esté fallando sola. Tal vez simplemente esté diciendo en voz alta lo que el Gobierno aún no logra ordenar internamente. En política las formas importan. Y cuando la forma es errática, el fondo difícilmente se salva. Al final, medir también es gobernar. Y cuando la medida cambia cada día, lo único seguro es el resultado. Una evaluación que no perdona improvisaciones. Porque, como bien sabemos -y ahora comprobamos- con la Mara que midas, serás medido.