Cuando la política se convierte en un concurso de gritos

La democracia tiene muchas virtudes, pero una de las más importantes es que permite que personas con visiones completamente distintas puedan convivir bajo las mismas reglas. No exige estar de acuerdo. Exige algo mucho más fácil: respetarse.

Por eso lo ocurrido durante el Encuentro Nacional de Alcaldes debería preocuparnos más allá de las simpatías políticas de cada uno. Lo preocupante no fue la diferencia de opinión entre el alcalde de Puente Alto, Matías Toledo, y el Presidente José Antonio Kast. Lo preocupante fue la forma.

En los últimos años hemos ido normalizando una peligrosa lógica según la cual quien interrumpe más fuerte, quien grita más o quien genera más tensión tiene más legitimidad que quien espera su turno para hablar. Como si el volumen pudiera reemplazar a los argumentos. La democracia no funciona así. La política tampoco.

Resulta particularmente contradictorio que, tras protagonizar la interrupción, el alcalde Toledo acusara posteriormente falta de diálogo. Porque dialogar no significa imponer el punto propio por sobre los demás. Dialogar supone escuchar incluso aquello con lo que no estamos de acuerdo.

Las diferencias son legítimas. Las interrupciones deliberadas no debieran serlo. Y es precisamente ahí donde la reacción del Presidente Kast merece ser destacada. En medio de las pifias y del ambiente de tensión, optó por pedir respeto para quien lo estaba interrumpiendo. No pidió que lo sacaran. No respondió con agresividad. No intentó humillarlo. Pidió respeto.

Hay una lección importante en ese gesto. La autoridad no se demuestra cuando todo está tranquilo. La autoridad se demuestra cuando existe la posibilidad de profundizar el conflicto y, aun así, se elige el camino de la templanza.

Chile necesita recuperar muchas cosas. Necesita recuperar seguridad, crecimiento económico y confianza institucional. Pero también necesita recuperar algo más básico: las formas.

Porque cuando la política se transforma en una competencia para ver quién grita más fuerte, dejan de ganar las ideas y comienzan a ganar los espectáculos. Y cuando eso ocurre, pierde la democracia.