Degradación moral del Estado de Chile

La decisión de una Municipalidad de reconocer y homenajear a un violador de los derechos humanos, participante en torturas y asesinatos, reo procesado y condenado a cientos de años de presidio, ante la tolerancia del Gobierno y del Parlamento, llena de oprobio y vergüenza a Chile, que si no se opone es porque todavía acepta el régimen inmoral e inhumano de las torturas, asesinatos, desaparición y degradación de las personas como hecho propio de la ética chilena

¿Es éste el modelo educacional reformado que el Gobierno y el Parlamento de Chile presentan para edificación de la juventud chilena? Quien calla otorga.

Cuando a Jaime Guzmán, autor de la Constitución del 80, nacida desde los gritos, alaridos y estertores de los torturados ante la satisfacción de los torturadores, se le preguntó (entrevista por televisión transmitida a todo el país) por su tolerancia a la tortura y métodos de exterminio de disidentes, respondió: lo único malo fue no entregar los restos a los familiares (el lector juzgue).

Esa respuesta es nada frente a lo que el Parlamento de Chile respondió, oficialmente, a la misma pregunta. El Almirante Merino, Presidente de la Junta de Gobierno o Militar (Parlamento Chileno) respondió: no hay problema, son humanoides, tienen sólo apariencia humana.

Cínica e hipócritamente la Constitución, consecuentemente ante la relación torturador-torturado, asesino-asesinado, desaparecedor-desaparecido en su artículo 19 asegura a todas las personas, artículo segundo, la igualdad ante la ley: “En Chile no hay personas ni grupos privilegiados. En Chile no hay esclavos”…

La derecha política y la derecha económica estuvieron de acuerdo con la Junta de Gobierno y con la tesis de los humanoides.

En Chile ¿no hay esclavos? pero hay humanoides los que incluyen a todos los que luchan por una convivencia comunitaria e igualitaria, que como no son humanos puede hacerse con ellos lo que el grupo de poder quiera. Ni Hitler, ni Mussolini se atrevieron a tanto, judíos y gitanos eran razas inferiores.

Chile no ha pedido perdón por esta catalogación vejatoria de los igualitaristas-comunitarios para justificar esos horrores, el Parlamento chileno tampoco.

El reconocimiento de Aylwin por la Comisión Verdad y Justicia y la posterior Comisión Valech han buscado a las víctimas, pero no repararon la agresión institucional de Chile contra parte de su pueblo. Luego los humanoides son aun tales. ¡Cuánto falta el Cardenal Silva Henríquez!

Al Estado de Chile no le ha ido mejor. Caída la Unidad Popular quedó el apetitoso botín de la salud, educación, energía, servicios, etc. que la oligarquía chilena ambiciosa y avara no podía dejar pasar. Pero la Salud Estatal, la Educación Estatal, la Corfo y las otras instituciones del Estado eran sólidas y cumplían muy bien al dar salud, educación, energía, transporte y servicios a todos los chilenos.

Se entró a matar, torturar, exonerar, exiliar especialmente a los trabajadores del Estado para luego acusar a estas instituciones de ineficientes.

Tomemos la salud. La oligarquía, el Gobierno Militar y el de la Concertación destruyeron la obra magna de Chile: el Servicio Nacional de Salud (SNS).

No hay empresa en Chile ni en Iberoamérica que se le compare en eficiencia. Cambió en Chile la estructura de morbimortalidad, llevándola desde la de un país pobre a la de un país desarrollado.

En 30 años, desde inicios de los 50 hasta inicios de los 80 (la salud privada tiene algún peso recién desde mediados de los 80) redujo la mortalidad infantil de cerca de 200 por mil a 12 por mil. En el mismo tiempo hizo desaparecer la desnutrición infantil.

La generación que hoy gobierna a Chile en su mayor parte está viva porque ellos o sus padres se vieron favorecidos por su acción. Para esto el SNS tenía una red de profesionales de la salud distribuida estratégicamente y sus hospitales eran de calidad reconocida en Iberoamérica. Los profesores de medicina hacían atender a sus hijos en los hospitales pediátricos del SNS.

Con el SNS desarrollado no habría sido necesario el AUGE, la Teletón, mucho de lo que hace el Hogar de Cristo, mucho de las prestaciones privadas, las Isapres, etc.

Más aun ya nos preparábamos para atender la obesidad y sobrepeso que con el SNS que manejaba el control de niño sano y la atención del adolescente, habría sido muy fácil de manejar, pues el sistema educativo en Salud estaba montado.

Empecé a trabajar desde La Moneda, con Allende, un programa para prevenir el alcoholismo y manejar las enfermedades crónicas (principalmente hereditarias) que se veía como problema emergente.

Todo fue destruido por la regionalización y municipalización, aunque en prevención y fomento y a través de Fonasa todavía el SNS aporta a Chile mucho en Salud.

La Salud privada no ha contribuido a mejorar la tendencia que dio el SNS.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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