Discriminación y comunidad

Desigualdad y discriminación son dos fenómenos distintos, aunque con un sinnúmero de cruces, ya que ambos han dependido siempre de la manera en que los seres humanos nos relacionamos en sociedad.

En teoría, los principios del liberalismo son absolutamente contrarios a la actitud discriminadora, que ha sido esgrimida históricamente por quienes se resisten a cambios que podrían poner en riesgo los privilegios o roles hegemónicos que detentan dentro del sistema.

Discriminar tiene, por tanto, un origen indiscutible en el miedo. Se teme siempre a lo desconocido, a la diferencia y, por qué no decirlo, a la libre competencia, por más que ésta se levante y defienda como bandera ideológica.

De la mano de la discriminación, el individualismo extremo, germinado y asentado dentro de buena parte de las sociedades que se dicen liberales, ha terminado por transformarse en un obstáculo feroz en la búsqueda del bien común y en una paradoja para el propio sentido liberal.

En nuestro país, la discriminación tiene algunos trazos tan brutales como inexplicables. Como que aún sea más relevante el colegio que la universidad de la que se egresa, lo que se antoja como un contrasentido enorme para el espíritu del liberalismo, porque bien sabemos que la elección del colegio no depende del niño, sino de sus padres, por lo que nada tiene de meritocrático.

Desde el colegio se generan grupos de poder, que se perpetúan y funcionan como verdaderas logias.

Así de claro quedó reflejado en el estudio que en 2013 publicó el economista Seth D. Zimmerman, que precisó que el 50 por ciento de los cargos más importantes en las empresas los ocupaban egresados de nueve colegios chilenos de élite.

Cuando se mantienen esos paradigmas, es esperable que la mayoría de las estructuras se permeen con esta lógica discriminadora. Inclusive, aquella que se supone que debiera erigirse como garante de la igualdad, el Estado.

Hay en el Estado de Chile una cultura arraigada de la discriminación. Baste con ver las diferencias abismantes en la calidad de las obras públicas que se proyectan y ejecutan en barrios pudientes, versus los populares.

En La Pintana, por ejemplo, el corredor Santa Rosa del Transantiago no se acerca ni remotamente al de Vicuña Mackenna o Departamental, que se emplazan en sectores medios. O la iluminación del mismo, que se mantiene con lámparas de sodio.

O nuestras veredas, que se construyen en concreto bruto, versus las del sector oriente, que se hacen con baldosas. Y podríamos seguir con los ejemplos.

Hace unas semanas, se inauguró en nuestra comuna el primer local de una cadena internacional de pizzerías. También se lanzó el servicio de banda ancha móvil de alta velocidad, de un gigante nacional de las telecomunicaciones. Ambos casos se transformaron en sucesos.

Y surgió de inmediato la crítica discriminadora, que nos conminaba a no alegrarnos ante la llegada de la “comida chatarra” y del “monstruo globalizador de la Internet”.

Lo singular es que las críticas provinieron de la elite. Sí, de esa misma que en los noventa aplaudía estos acontecimientos, pero que hoy adhiere a tendencias antagónicas. Nos dictaminaban a los pintaninos no alegrarnos ni armar alharaca ante fenómenos nocivos y pasados de moda, obviando que en nuestra comuna todo o casi todo lo que llegue es novedad.

Además de conculcar los principios del liberalismo, la discriminación vive faltando el respeto a las comunidades, porque no solo las arrincona, sino que también intenta imponerles opinión y reacción, siempre desde la zona de confort de las elites.

Y, por último, hace escuela, ya que la conducta de impedir que los otros decidan se replica también en sentido inverso, y surgen los resentimientos desde el mundo popular hacia quienes más tienen.

Una sociedad individualista es, por tanto, un modelo enfermo e inviable. Y no solo porque es el escenario ideal para la discriminación y la mantención de la desigualdad, sino porque inhibe la formación del sentido de pertenencia e identidad de las grandes mayorías, que tienen la necesidad natural de reconocerse en sus confluencias y de agruparse en comunidad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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