El estallido social y el fin de un fundo llamado Chile

Las sociedades feudales se caracterizan por sus redes familiares y nobiliarias, y en Latinoamérica queda mucho de eso. Las coincidencias entre quienes detentan el poder no son una mera casualidad, y aunque lo sabemos, solemos esconder en nuestro inconsciente un hecho tan evidente: son redes familiares y de parentescos las que sostienen y concentran el poder en nuestras sociedades, y en algunas como en Chile, dicha concentración se hace aún más evidente. 

Por ejemplo, que el presidente Sebastián Piñera sea descendiente de la realeza incaica y de dos presidentes de la república, Francisco Antonio Pinto y su hijo Aníbal Pinto, no lo es.

Tampoco es casualidad que el ex ministro Andrés Chadwick fuera su primo. Tampoco es casualidad que el ministro Antonio Walker, hermano de los príncipes de la Democracia Cristiana, Patricio y Matías, esté emparentado con Joaquín Walker Martínez, primo hermano por parte de madre y padre de Carlos Walker Martínez, principal conspirador contra Balmaceda, el que a su vez desciende por línea materna de Juan Martínez de Rozas, miembro de la Junta de Gobierno de 1811, quien nuevamente se relaciona con Sebastián Piñera a través de su madre, Magdalena Echeñique Rozas. 

No es casualidad la existencia de un ministro como Hernán Larraín Fernández, miembro de la insigne familia Larraín, o de los ochocientos, quizás la más representativa de la oligarquía chilena.

Relacionados con un señorío español de Navarra que se remonta a la Edad media, los primeros miembros de la familia llegan a Chile a fines del sXVII, mezclándose, mediante matrimonio, con descendientes de los primeros conquistadores y haciendo fortuna en el mundo mercantil. 

Los Larraín participan activamente en favor de la Independencia de Chile, sindicados por el historiador Alberto Edwards Vives - en La fronda aristocrática - como propulsores de la primera Junta de Gobierno.

La pareja del ministro Hernán Larraín es Magdalena Matte, miembro de una de las fortunas más grandes de Chile relacionadas hoy con la industria forestal (CMPC) quien, además, se encuentra emparentada con el presidente Arturo Alessandri Palma y su señora Rosa Ester Rodríguez, descendiente del ministro de Hacienda de Bernardo O’Higgins, José Rodríguez Aldea.

Hoy, su hijo Hernán Larraín Matte es presidente de EVOPOLI, un partido que dice traer nuevos aires a la derecha chilena. Quizás no tan nuevos dados estos precedentes.

Sin afán de demonizar a la derecha y en honor a la transparencia histórica, en el centro y la izquierda también encontramos miembros de la oligarquía.

Gabriel Valdés Subercaseaux, por ejemplo, histórico democratacristiano y opositor férreo a Pinochet, nació y se crio en la vieja casa patronal de la familia Subercaseaux en el sector de El Llano, actual comuna de San Miguel.

Carlos Altamirano Orrego, el histórico dirigente socialista durante la Unidad Popular, se crio en un fundo de su familia materna, emparentado también con los hermanos Orrego Luco, destacados miembros de la oligarquía chilena de fines del sXIX. 

Es necesario escatimar en el significado del fundo, denominado también hacienda, o estancia en otros sectores de América.

El fundo en Chile no se explica sin la oligarquía y la oligarquía no se explica sin el fundo. No es casualidad que la Reforma Agraria sea señalada por algunos historiadores como el fin de la edad media en Chile, y que figuras lejanas al comunismo como Eduardo Frei Montalva sean tan repudiadas hasta hoy por los descendientes de la elite terrateniente. 

El poder del fundo no sólo consiste en la propiedad de la tierra, sino que fundamentalmente en las relaciones de poder entre el patrón de fundo y los inquilinos, trabajadores adscritos a la tierra, modelo heredado directamente de las relaciones de vasallaje del feudalismo europeo, y que permitieron en América una marcada división social estamental en base al origen étnico, donde dominaba una pequeña elite europea blanca, por sobre indígenas, mestizos y esclavos africanos. 

Esas relaciones de poder no sólo las vemos en la concentración de riqueza de dicha elite, sino que también en actitudes que han sido validadas por el peso que esta le ha dado a su cultura, traducidas en el abuso y el atropello. Gran parte del mestizaje que nos constituye como sociedad comenzaba por la violación y el abuso sexual.

De ahí en adelante el atropello terminaba permeando las relaciones sociales cotidianas, verticales, basadas en la sumisión y el miedo, las que de vez en cuando reaparecen en la actualidad tratando de validarse como lo han hecho siempre, y en nuestras vidas cotidianas y laborales, generando impacto no solo por el maltrato que reflejan, sino que por la normalidad con que los atropellados y abusados muchas veces lo terminan aceptando. 

Posiblemente usted ha sido testigo o protagonista de dichos actos: personas que rotean a otras personas como el bullado caso del Portal La Dehesa; gente apelando a familiares influyentes en una discusión en el espacio público; en el abuso de poder que una persona con autoridad actúa por sobre otra sin autoridad, como el capataz con los inquilinos ayer y como la policía con los civiles ahora.

O incluso mediante una sola imagen, como fue el caso de hace unos años donde una empleada le daba sombra a su jefa (o “patrona”) de pie, en la playa, y a todo sol.

Ejemplos de atropellos de este tipo hay miles y lamentablemente son parte de un cotidiano arraigado en nuestras mentalidades, siendo parte de una cultura social que por lo general impacta más al extranjero que a quienes la vivimos en el día a día.

Las condiciones de Chile como una Colonia pobre, conflictiva, y lejana al control del poder del Rey, fueron caldo de cultivo no sólo para acelerar una independencia que terminó beneficiando exclusivamente a nuestra elite, sino que para que este tipo de relaciones sociales permanecieran en el tiempo prácticamente inalteradas hasta la actualidad.

Esto es lo que nos constituye como una sociedad feudal, segmentada, clasista, autoritaria y poco democrática. Esta es, quizás, una de las principales trabas hacia el anhelado y eternamente postergado desarrollo.  

Sin embargo, los cimientos de esa sociedad, en el contexto del actual estallido social, tambalean, quizás, más fuerte de lo que jamás habían tambaleado.  

El feudalismo chileno ha chocado con un mundo globalizado, tecnologizado, dinámico, con el que la mayoría de los inquilinos y las inquilinas de este fundo interactúan en su vida cotidiana.

El inquilinaje interactúa con un mundo que enfrenta desafíos que requieren esfuerzos que van mucho más allá de nuestras fronteras, como el caso del calentamiento global.

El inquilino ve CNN, BBC, accede a Internet y a YouTube; escucha música, lee y ve expresiones culturales de todos los continentes. Su cultura de inquilino se ha visto permeada por otras formas de ver el mundo gracias a estos nuevos cánones culturales globales. 

El inquilinaje chileno, esa mayoría silenciada que en este estallido social se ha hecho escuchar más fuerte que nunca, ha visto que en otras latitudes no se toleran cuestiones que acá se encontraban prácticamente normalizadas, como los abusos, como el clasismo, como los delitos económicos o la corrupción, el abuso cotidiano de quienes tienen alguna posición de poder, es más, lo aprecia como una virtud de sociedades que viven mejor.

La figura del patrón de fundo, que ya venía siendo cuestionada, hoy se derrumba con todo y el inquilinaje chileno, al fin, poco a poco comienza a transformarse en ciudadanía.

Este mismo inquilinaje en vías de convertirse en ciudadanía se endeudó para estudiar, adquiriendo estratosféricas deudas, pero también un conocimiento al que ninguno de sus predecesores accedió, y cuestiona fuertemente las redes de auxilio de la elite, porque sabe que sus capacidades bien trabajadas pueden ser las mismas o incluso mejores que las de sus homólogos de la elite, tomando conciencia de la falsedad de un esfuerzo mentiroso que sólo se sostiene mediante las influencias. 

Los parentescos siguen siendo motivo de orgullo y admiración dentro del pequeño círculo social de la elite. Fuera de ese círculo, durante mucho tiempo el inquilinaje lo miró con el respeto propio que se le tenía al patronaje, donde cada apellido también tenía una carga de autoridad. Hoy, en un mundo interconectado, poco a poco esa visión se da diluido y pasado a un sentimiento de rabia, desde el resentimiento o la resignación, que trasluce el falso mérito de una casta que se mantiene poderosa por herencias y fortunas adquiridas por la fuerza y la prepotencia en generaciones anteriores. Hoy, estos círculos son vistos como siúticos, vetustos, añejos y medievales. Impropios de una sociedad que quiere desarrollarse de manera completa. Una traba en el camino al desarrollo. 

El paradigma ha cambiado y la mayoría quiere dejar atrás este fundo, cuya herencia ha sido un historial de relaciones sociales abusivas, verticales y basadas en la gran propiedad, que ninguna doctrina ideológica creada en otros contextos puede explicar del todo, aunque la elite así lo quiera y necesite de estos preceptos para inventarse un enemigo, como lo ha hecho con el marxismo y el anarquismo, para justificar su brutalidad como lo ha hecho siempre. 

Por ello, no es casualidad que hoy, mientras se cuestiona una institucionalidad que les conviene a pocos y mientras se derrumban monumentos que carecen de un mayor significado para la mayoría, esa mayoría se identifica con una transformación social cimentada en la dignidad, la justicia social y en el fin a los abusos, más que en los fantasmas ideológicos que el gobierno se ha esmerado por sindicar como enemigos del orden público, la autoridad y la institucionalidad. 

Chile despertó. Y despertó para terminar, de una buena vez, con ese fundo llamado Chile.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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