El mito del Congreso chico, ¿155 o 120?

Nuevamente ha aparecido en la discusión pública, esta vez por recomendación de la UDI, la idea de reducir el número de parlamentarios de 155 a 120 diputados. Una disminución significativa que implicaría volver al número de legisladores previo a la reforma del sistema binominal. Dado que esta propuesta reflota cada cierto tiempo, es importante analizarla con mayor precisión y considerar sus limitaciones.

Pues bien, la argumentación que suele emplearse para justificar esta medida opera en dos sentidos: eficiencia con el gasto público y mejorar el funcionamiento del Congreso. En conjunto, el razonamiento se formularía de la siguiente manera. Aumentar el número de diputados no dio los resultados esperados tras la eliminación del binominal. De hecho, habría generado un efecto contrario: disminuir la calidad de la política y socavar progresivamente la capacidad del Congreso para lograr acuerdos. Ergo, tendríamos que regresar a 120, "hacer más con menos" podrían señalar algunos dirigentes.

Es interesante ver como detrás de esta propuesta se articula un espíritu fuertemente "antipolítico" y poco representativo, que se justifica en base a objetivos razonables. Nadie podría cuestionar que se requiere ser más eficientes con los recursos de todos los chilenos y volver a tener mejores políticos. No obstante, es legítimo dudar a la luz de la evidencia. En mi caso sostengo que es una política poco efectiva que suele fundarse en mitos, por lo que sería mejor promover otro tipo de alternativas. Aunque por extensión, hablaré de esto último en una próxima columna.

Ante este tipo de discusiones siempre es bueno comenzar por las clásicas fórmulas utilizadas para asignar escaños. La cantidad de diputados que debería tener un país con relación a su población. Suele citarse el cálculo de Taagepera (la Ley de la Raíz Cúbica). Hay análisis empíricos más recientes como el de Matthew Shugart (2005) donde Chile debería superar en promedio los 250 escaños si se considera el total de su población. Sin embargo, y para ser justos, también cabe considerar los límites de estos cálculos, pues es verdad que no logran discernir la sensibilidad del momento ni tampoco reconocer la tradición institucional del país.

Si uno los siguiera al pie de la letra, cabría asignar más escaños y nadie estaría de acuerdo con tal fórmula. Especialmente por la deslegitimación general de la política. Pero sirve como evidencia suficiente para reconocer que, en proporción, Chile no es un país con un número elevado de diputados. No es que exista algo como una "grasa parlamentaria". No al menos en lo que concierne a nuestro diseño institucional.

Por otra parte, es legítimo cuestionar la relación "menos parlamentarios y mejor calidad de la política". No hay evidencia empírica que sugiera que Congresos con menor cantidad de diputados sean más fáciles de gobernar o que propendan a más y mejores acuerdos. De Santo y Le Maux (2023) se hicieron esa pregunta y encontraron que no había correlación entre el tamaño de las legislaturas y la calidad de la democracia. Si Congresos grandes son más disfuncionales cabría esperar algún tipo de relación con el desempeño democrático del país y no fue el caso.

Entonces, es un gran mito que los Congresos chicos serían, a priori, más eficientes. Solo por dar un ejemplo, Perú. Un Congreso unicameral (prontamente bicameral) que cuenta con una cámara con menos diputados que Chile (130) y aun así es un caos. ¿Las razones de su ingobernabilidad? Quizás la más importante responde a la débil calidad de sus partidos. Son frágiles, tienen un sistema fragmentado (compiten más de 40), son personalistas y lo más importante, que tienden a una pésima selección de candidatos. Sobre esto último, vale la pena detenerse, dado que pocas veces reflexionamos sobre el reclutamiento como práctica institucional.

A veces se nos olvida que quienes eligen a los candidatos a competir en una elección son justamente los partidos. Luego, la ciudadanía vota por ese entramado de candidatos filtrados.

Veamos un esquema breve para entender como los partidos eligen a sus candidatos. Heinrich Best (2007), en sus estudios sobre política legislativa, nos ofrece una estructura interesante de analizar. Dice que la selección de candidatos suele distribuirse en cuatro factores principales: el deferencial, que compete a la reputación de un candidato; el simbólico, aspectos identitarios (género, etnia, historia); el instrumental, se priorizan expertos en determinadas materias; y por último el relacional, se premian las redes y lealtades de ser militante.

Lo razonable sería que los partidos prioricen el instrumental y el relacional, pues son factores internos que dan contenido y mayor cohesión partidaria. Sin embargo, al mirar como los partidos seleccionan a sus candidatos en el Chile actual, salvo con ligeras excepciones, parecieran estar priorizando solo factores identitarios y de reputación. Es decir, elegir candidatos que le hablan a su tribu o aquellos que sean más conocidos públicamente, independientemente de la razón (farándula, figuras polémicas, etc.) con el fin de asegurar un escaño.

En síntesis, el problema no es la cantidad de políticos, sino la calidad de los partidos. Si los partidos no hacen bien su trabajo: si eligen mal, si llevan candidatos polémicos, si priorizan aspectos identitarios con figuras que solo les hablan a sus barras bravas, el hecho de disminuir a 120 legisladores no hará que nuestra política deje de hundirse. 120 pueden hacer un pésimo trabajo al igual que 155 y la sensación de que los recursos se malgastan seguiría ahí. Además, al ser menos escaños, le asignas más poder a cada parlamentario y asumes varios riesgos: menor capacidad fiscalizadora en términos generales; mayor poder de veto institucional a cada legislador y presión por clientelismo territorial.

Por otra parte, alguien podría argumentar que la reducción ayudaría a disminuir la cantidad de partidos en el sistema. Si la fragmentación es un problema, entonces, menos parlamentarios haría que haya menos partidos. Pero ese argumento ignora, primero que hay sistemas con pocos escaños y altamente fragmentados, por ejemplo, Letonia; y segundo, que existen otros instrumentos más eficientes para lograr lo mismo. De hecho, tras la última elección (2025) no se necesitó de otros mecanismos para que varios partidos desaparecieran.

En conclusión: si la medida propuesta no corrige los problemas que promete solucionar, no debería considerarse como una reforma deseable, ya que estaríamos ante un mal diagnóstico.

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