El mundo: Una cuerda de violín

El mundo que habitamos está muriendo y el nivel de confusión que existe es propio de los momentos de grandes crisis de época. El mundo que nos espera no se observa con claridad pues la pérdida de valores colectivos que lo sustenten es lo mas preocupante. Por un lado, estamos en presencia de un mundo que muere de forma violenta. El cansancio de la gente se manifiesta aquí y allá en la forma de destrucción y enfrentamiento; fuego y piedras; movilizaciones y bailes; anhelos y frustraciones.

La lucha del pueblo contra los brazos armados del orden está produciendo una agonía que deja muertos, mutilados, violadas, desaparecidos, todo un reguero de sangre. Son tiempos de una violencia organizada en acto, todo sucede en el punto de encuentro en el cual los manifestantes se han concertado para reunirse y la masa adquiere su identidad como un cuerpo, ahora organizado, que quiere destruir toda manifestación del régimen de opresión que han sufrido de manera sistemática. Una profunda sed de venganza recorre el globo. Esta pasión se encuentra presente en las movilizaciones del Black Lives Matter o el cansancio ante el racismo histórico de las sociedades occidentales. En las movilizaciones del octubre chileno 2019, o en Colombia 2021, que se pueden traducir como el cansancio ciudadano ante la clase política y su desparpajo.

El mundo ya no se vive -ni muchos menos se siente- políticamente entre izquierda y derecha. Los viejos/jóvenes políticos se rebanan los sesos buscando soluciones para estabilizar un barco que se hunde. En estos momentos -aprendimos con Gramsci- que los poderosos usan toda la violencia que tienen a su alcance para terminar con la inestabilidad que amenaza su orden. Transitamos por un mundo comunista que fue un desastre, sólo quedan románticas experiencias que contarles a nuestros hijos. Habitamos un mundo capitalista que es un desastre ecológico, que se sustenta sobre la base de la acumulación y concentración permanente y estructural de la riqueza. El primer mundo murió. El último es un fantasma.

Pero la paradoja de esta gran revolución es que el individualismo es la característica que lo domina. Se destruye todo al paso de la turba. Se roba si es posible. Si bien las grandes manifestaciones podrían hacer pensar que lo colectivo es lo que predomina, esto es sólo una apariencia.

Es el momento, lo colectivo, pero no existe capacidad ni voluntad de traducción de este conjunto ilimitado de individuos, en proyectos medianamente organizados e interseccionales. En las elecciones que vienen en pocos días en Chile, por ejemplo, hay tantos candidatos que todo parece un gran escaparate de propuestas. Demolida la forma partido, la dispersión es la norma que domina las elecciones. Aún no es posible observar que hay detrás de la niebla que envuelve al mundo.

En un momento gana el fascismo, al año siguiente el izquierdismo. El campo político es totalmente líquido en este momento. Nadie puede cantar victoria, pues a la vuelta de la esquina se lo encuentra llorando. Estamos en un momento propicio para los desastres y las aventuras más alocadas. Un mundo se muere, pero se encarga de dejarnos por un tiempo sus viejos valores.

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