Elogio al antagonismo

Para nadie fue una sorpresa que los resultados de las elecciones municipales recién pasadas no fueran lo óptimo que se esperaba para la Nueva Mayoría. Más allá de rebuscados triunfos morales o crecimientos (dentro de la pérdida) puntuales, lo que quedó de manifiesto es, primero, la desafección ciudadana con la actual política nacional y, segundo, la mala valoración que de la actual administración hace la misma ciudadanía.

Inmediatamente comenzaron las maniobras para perfilar lo antes posible, la figura que pueda resultar competitiva a la hora de enfrentarse en las presidenciales  a la derecha, que al parecer corre con ventajas. Estas maniobras evaden cómodamente los resultados. Miopes acciones buscan salvar la debacle pasando por alto la crítica que está al fondo del malestar ciudadano: esta forma de hacer política no nos interesa y no nos representa.

En este sentido importante es poder revisar de manera breve, los resultados del documento “auditoría a la democracia en Chile” realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y aparecido en septiembre del presente año[1].

En el podemos encontrar por ejemplo, que frente a la afirmación la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, la respuestas afirmativas bajaron en comparación al 2012 de 64 a 59 respuestas afirmativas. Por otro lado importante también es constatar que frente a la pregunta de qué tan democrático es nuestro país hoy, en promedio se obtiene nota 5,0. Por último, frente a la pregunta del porqué se cree que funciona mal la democracia en Chile, las dos primeras razones esgrimidas por las/os entrevistadas/os son: a) la desigualdad y b) no considerar a la ciudadanía.

Estos aspectos parecen confirmarse y ser plenamente coherentes con la práctica ciudadana en las últimas municipales.

Por ejemplo, en un artículo aparecido el 28 de octubre de este año en la Revista Capital, se puede observar entre otras cosas, la baja que ha tenido la participación electoral de las personas inscritas, en las municipales  desde el 2012, calculado en 800 mil personas menos aproximadamente.[2] El otro dato alarmante que nos muestra el mismo documento, es que comunas como Vitacura, La Reina, Providencia y Ñuñoa están (aun bajando en la participación) entre las comunas con mayor participación electoral, situación muy distinta a La Pintana o Puente Alto que apenas superaron el 20% entre los inscritos.

En este escenario, el rol de los nuevos votantes puede significar el giro copernicano a la hora de plantearse las “nuevas” formas de participación política, y en este punto el partido político, como constructo histórico, tiene algo que decir.

Los partidos políticos al banquillo.

En la situación histórica actual de aguda crítica social (que por lo demás fácilmente puede rastrearse de comienzos de siglo XXI), la conjugación de partidos políticos ineficaces, sumado a una izquierda con escaso o nulo sentido de la realidad y una derecha que pareciera conocer mejor esa realidad, representa el centro del debate y debacle de la manera en que se ha realizado (al menos para el caso chileno) la política durante toda esta pos dictadura.

Pareciera estar clara una manifestación. el rol monopólico de los partidos políticos que tenían del espacio público se ha acabado. Junto a esto otra variable queda clara; lo que no se ha acabado en lo absoluto es la necesidad de contar con una o más instancias de mediación en la que se forme la voluntad política y el antagonismo que es la base de las decisiones colectivas.

Aquí, importante es notar nuevamente lo que se muestra en el documento del PNUD, en donde frente a la pregunta de ¿qué tan bien o qué tan mal cree Usted que los partidos políticos cumplen con cada una de las siguientes funciones? a) “Representar los intereses de los ciudadanos frente al Estado”, 84 personas se inclinan por un “mal y muy mal” y solo 12 por “bien o muy bien”. Claramente decidor.

En este escenario y tomando en cuenta el movimiento global, cualquiera sean las nuevas formas que adopte la “nueva” práctica política, deberá partir de la valoración por el reconocimiento de  la alteridad, de las minorías, de las dinámicas de las poblaciones (migrantes principalmente). El nuevo liderazgo deberá, por ende, contar con elementos sensibles a estos temas, en donde el elemento psicológico será central. En síntesis queda de manifiesto que lo que está gritando la ciudadanía cada día es que hay que volver al sujeto, hay que humanizar la práctica política, hay que politizar el debate, hay que marcar las diferencias entre los proyectos hegemónicos.

Elogio al antagonismo.

Si hay algo que la modernidad nos ha heredado de manera clara, es el triunfo de la lógica, o de la razón instrumental, en donde todo lo existente se vuelve calculable y disponible para el poder.

Esta visión totalizante de la realidad ha permitido el replicar la lógica de que todo (y todos) puede ser clasificable, homogéneo y por sobre todo, desechable. La práctica política por tanto durante el siglo XX estará en mayor o menor medida empapada de esta lógica y es precisamente lo que hay  que derribar.

Claramente una tarea difícil, ya que se trata de derribar valores y visiones filosóficas enraizadas y defendidas con fuerzas por las principales potencias mundiales, pero además y a nivel local, adentradas en lo más profundo de nuestro ADN, en donde somos capaces de pasar por sobre otras personas persiguiendo un nuevo celular.

En el plano nacional para clarificar más el punto, luego de la brutal reorganización llevada a cabo durante largos 17 años de dictadura militar, los discursos (más allá de los matices), sobre todo luego de la implantación dolorosa del neoliberalismo, comenzaron a ser similares entre una izquierda que aceptaba las reglas y una derecha que imponía los términos. Es decir el disenso dentro del consenso, todo se mueve y nada cambia.

En el actual escenario en donde la transición llegó a su fin y comienza un nuevo ciclo de vitalidad popular, los discursos políticos deben manifestar abiertamente las diferencias, se debe recuperar la práctica política, en donde lo político puede entenderse,  bien como un espacio de libertad o como un espacio de conflicto y antagonismo, y, al parecer, es este último el que hay que revitalizar y reposicionar a la hora de la práctica política.

Como señala Chantal Mouffe[3], el pensamiento auténticamente político sólo puede producirse si previamente se reconoce que en el subyacen ineludiblemente una división de pareceres y un potencial antagonismo.

No todos los conflictos son de naturaleza antagónica, pero aquellos propiamente políticos sí lo son, ya que implican llevar a cabo una elección entre opciones alternativas de las que racionalmente no se puede prescindir. La meta final de la política democrática no es alcanzar un consenso en el que no haya exclusión –lo que equivaldría a crear un “nosotros” sin un “ellos” correspondiente-, sino construir esa distinción nosotros/ellos de un modo que sea compatible con las instituciones democráticas.

No se puede considerar a los oponentes como simples competidores cuyos intereses pueden resolverse mediante la negociación o a través de la deliberación, porque en ese caso el elemento antagónico desaparece,  el oponente es un adversario que se reconoce como legítimo, pero cuyas ideas deben ser combatidas.

En este sentido es necesario que existan interpretaciones diferentes tanto de las instituciones como de los principios ético-políticos que dan forma a la asociación política.

La dimensión antagónica está siempre presente, puesto que describe la lucha entre proyectos hegemónicos opuestos que nunca podrán ser reconciliados de manera racional, de modo que uno de ellos debe ser derrotado.

Emplazando a las izquierdas.

¿Cuáles serán sus posiciones en el accionar político territorial con una ciudadanía lejana y renuente?

¿Qué ejes discursivos actuarán o debieran actuar como plataforma ética-política frente a proyectos de sociedad en donde el conservadurismo y el nacionalismo parecen ganar terreno?

¿Cómo pueden construir alternativa, incluyendo la alteridad y  planteando claramente una crítica al modelo chileno, saliendo del consenso cómodo y sin que esta crítica quede sólo en la catarsis?

[1] Documento preparado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Fue aplicado a 1532 personas entrevistadas en sus hogares, en 142 Comunas del país.

[3] Mouffe, Chantal “Política y Pasiones. El papel de los afectos en la perspectiva agonista”. Ediciones Universidad de Valparaíso. Chile, 2016.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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