"Yo reino, es un hecho; por tanto, es un derecho. Pero es un derecho que no se discute: debéis adaptaros [...] vuestro rey tiene las uñas negras y un uniforme estricto. Su palacio es un cuartel, su pabellón de caza un tribunal. El estado de sitio ha sido proclamado"
Sí, el extracto anterior corresponde a la alocución de La Peste, uno de los personajes de Albert Camus en "Estado de Sitio", de 1948. En esta obra, el autor reflexiona sobra la condición humana de un manera lucida, aguda y crítica, presentándonos un régimen de terror burocrático y control policial (mediante el estado de sitio), de toda la población. El control, la vigilancia, la supresión de derechos, el estado de excepción, los enemigos internos, todos estos aspectos tan tristemente conocidos, aparecen una y otra vez en la obra de Camus, como una cita incansable de ayer y hoy: la instauración de un "orden" represivo mediante la legalidad a medida (de excepción).
"Finalmente este desorden va a ser administrado. Una sola muerte para todos y según el precioso orden de una lista. Tendréis vuestras fichas, ya no moriréis por capricho. Estaréis en las estadísticas y por fin vais a servir para algo". La Peste, dictando a viva voz sus órdenes frente un pueblo impávido, temeroso. El Estado de sitio les dejaba en el desamparo.
El debate sobre los estados de excepción constitucional no es nuevo en nuestro país, ya que no han sido pocos los momentos en que se ha acudido a ellos para resguardar, según se interpreta, el orden interno. Solo mencionar, siguiendo a Lautaro Ríos, que en los 140 años que abarca la vigencia de nuestras dos primeras constituciones -esto es desde 1833 hasta 1973- la regulación jurídica de los Estados de Excepción, se preocupó más de la preservación del orden público y la seguridad del Estado que de los derechos fundamentales, que quedaron en un relativo desamparo. Después del golpe de Estado de 1973, sabemos, estas medidas de control se extremaron bajo la lógica de un poder desaparecedor.
Pero hoy, esta discusión toma un tono alarmante, pues el proyecto de reforma de seguridad del actual gobierno, propone, entre otras cosas, otorgar al Presidente de la República facultades altamente cuestionables sobre el control de la ciudadanía, mediante la posibilidad de vigilar, detener e interceptar mensajes, bajo el pretexto de la seguridad pública. Y lo que resulta aún más grave, estos "súper poderes" se harían obviando al Congreso. Una posibilidad muy grave y contra el Estado de Derecho, que nos acerca más a esos oscuros 17 años de dictadura.
Esta situación abre, al menos, dos líneas de interpretación: la excepción y el miedo.
Estado de Excepción: acá utilizaremos la mirada del filósofo italiano Giorgio Agamben. No como una herramienta teórica vacía y abstracta, sino que como una variable concreta y vigente. Uno de los principales pensadores del Estado de Excepción como medida biopolítica de los estados modernos, nos plantea que "los procedimientos excepcionales son fruto de los períodos de crisis política y, como tales, han de ser comprendidos no en el terreno jurídico sino en el político-constitucional". Aquí, inmediatamente salta a la luz un factor interesante. El debate actual chileno quiere circunscribirse a lo jurídico, siendo, también, una decisión política. Esto ya que el o los totalitarismos modernos pueden ser definidos en este sentido, como la instauración, por medio del estado de excepción, de una guerra civil legal, que permite la eliminación física no solo de los adversarios políticos, sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón no sean integrados en el sistema político. Peligroso ¿no?
La cultura del miedo: para este ámbito, utilizaremos el trabajo de Marc Crépon, filósofo francés quien nos señala que es por el mantenimiento de un miedo cotidiano, un miedo a cada instante, que los regímenes autoritarios y los sistemas totalitarios aseguran su influencia sobre la vida de cada individuo. Destacamos lo de "influencia sobra la vida de cada persona", es decir, un poder (o biopoder) que va más allá de una simple disposición normativa, sino que opera, además, en un ámbito biológico, al igual que el estado de excepción. Esto, ya que el miedo traduce la aprehensión propia de cada persona, de ser "la próxima víctima". Entonces, el miedo divide, fracciona. El miedo, cobardemente usado por los tiranos sobre la población civil, constituye e apoyo más infalible de todos los dictadores, los déspotas y cobardes. Y esto resulta altamente interesante, ya que, si observamos los últimos 10 años, veremos que uno de los aspectos fundantes en los regímenes autoritarios, es que ya no precisan de militares con fusiles y caras rabiosas golpeando, torturando y desapareciendo personas. Hoy se apoyan en la "cultura del miedo", es decir, tratamientos jurídicos y político-mediáticos a los que son sometidos las y los ciudadanos para predisponerlos a tal o cual decisión.
Sería pretencioso poder abordar acá, en pocas líneas, todo lo anteriormente señalado, solo nos basta con señalar que Estado de Excepción + Cultura del Miedo es hoy la ecuación que está a la base del actuar del gobierno de turno. Queriendo constituir, de manera peligrosa, herramientas normativas que exceden lo jurídico y se sitúan, mediante lo político, es aspectos biológicos de regulación de la vida. Y aquí, volvemos a Camus y a su obra "Estado de Sitio" para preguntarnos ¿qué pasó con La Peste? ¿Qué pasó con ese poder burocrático que intenta regular mediante la norma los aspectos más biológicos de su pueblo?
Sucumbe. Cae. Es derrotada. Por la unión de las personas. Así lo retrata Camus:
"Ha caído. El oleaje furioso lo golpea y lo ahoga. El mar furioso tiene el color de las anémonas. Nos venga. Su cólera es la nuestra. Grita la unión de todos los hombres [y mujeres]"
La Peste, ha caído por obra de la unión del pueblo,
La Peste, ha caído por obra de la unión del pueblo.
[La] DINA nació como resultado de la necesidad de desarticular la enorme infraestructura secreta dejada por el marxismo para llevar a Chile a una guerra de guerrillas del mismo estilo de la desarrollada en Vietnam [...] entonces debía entrar en acción otro tipo de organismo para combatir en las mismas condiciones y terreno en que lo hacían los subversivos, es decir, "debajo de la mesa". Nada se sacaba con tener a todas las fuerzas de la defensa nacional patrullando las calles, armadas hasta los dientes, si entre los mismos que aplaudían su paso se encontraban los extremistas que, al amparo de la clandestinidad, podían asestar cuándo y cómo lo desearan (Ercilla, 1979: 14).