La incomodidad vigente de Jaime Guzmán

Treinta y cinco años después del asesinato de Jaime Guzmán, su figura (la reciente conmemoración lo confirma) continúa produciendo un particular fenómeno en la política nacional: nadie permanece indiferente frente a su legado. Para algunos, es un símbolo incómodo de una derecha doctrinaria; para otros, el arquitecto intelectual de un proyecto político que marcó decisivamente nuestra transición. Pero lo verdaderamente llamativo no es la persistencia de la tensión en torno a su figura, sino la vigencia de las preguntas que su pensamiento dejó planteadas.

Guzmán fue, ante todo, un político que pensaba en términos de fundamentos. En una época en que la política se inclina cada vez más hacia lo contingente sónico, hacia la administración del conflicto inmediato o la gestión comunicacional del poder, su preocupación era anterior: ¿Qué idea de persona sustenta una sociedad libre? En torno a esa pregunta articuló una visión política que buscaba algo más profundo que el simple equilibrio institucional.

Como se desprende de sus escritos, entrevistas y discursos, el centro de su reflexión no tenía como punto de partida ni fin el Estado ni el mercado, sino la persona humana y su dignidad intrínseca. Su pragmatismo se desprendía y limitaba a esos principios antropológicos. Desde allí derivaba su comprensión de la libertad, de la sociedad y del rol del Estado. Esa convicción -heredera de la tradición aristotélico-tomista y de la doctrina social de la Iglesia Católica- le permitía sostener que la política no podía reducirse a procedimientos o mayorías circunstanciales, sino que debía resguardar ciertos contenidos sustantivos que protegieran la dignidad humana.

Esta idea resulta particularmente relevante en el Chile actual. Durante los últimos años, el debate público ha tendido a desplazarse hacia concepciones más relativistas sobre la verdad, la moral o incluso la naturaleza de la persona. La política ha transitado, muchas veces, hacia un campo donde distintas identidades compiten por reconocimiento y poder simbólico, mientras el lenguaje de los fundamentos parece haber quedado relegado a un segundo plano.

Guzmán, sin embargo, advertía tempranamente ese riesgo. Su preocupación no era simplemente combatir una ideología específica -como el marxismo- que marcó su época, sino enfrentar una deriva más profunda: la posibilidad de que la democracia se vaciara de contenido moral y se transformara en un mero procedimiento formal.

Por eso insistía en que la libertad política necesitaba apoyarse también en la libertad económica y en la autonomía de los cuerpos intermedios. No como una fórmula técnica, sino como una arquitectura institucional destinada a evitar que el poder -incluso cuando proviene de mayorías legítimas- termine absorbiendo lo propio de la vida social. Por eso, la subsidiariedad, en su pensamiento, no era una consigna económica, sino una forma de proteger, desde una noción antropológica cristiana que marcaba la supremacía de la persona, espacios de libertad frente al Estado.

Mirado desde el clima político que atraviesa Chile desde hace ya más de un lustro, este diagnóstico adquiere una resonancia inesperada. La expansión del Estado como respuesta casi maquinal a cada problema social, la creciente politización o instrumentalización política de ámbitos antes reservados a la sociedad civil (como presenciamos durante pandemia) y la fragilidad de los consensos básicos que se comenzaron a caer junto a la teoría de la gobernabilidad desde el segundo gobierno de Michelle Bachelet, muestran que aquella preocupación por los límites del poder y las nociones antropológicas que fundan los diferentes proyectos que lo disputan sigue siendo relevante.

Nada de esto significa convertir a Guzmán en una figura intocable ni pétrea para el presente. Su legado -como el de cualquier pensador político- debe ser sometido a escrutinio, criticado y reinterpretado. Sin embargo, a pesar del incordio que genera a políticos e intelectuales (y a más de algún rector), sus principios y espíritu de servicialidad siguen dando respuesta y motivando la acción política, como la de aquellos que habitan hoy La Moneda. Porque, al final, lo que incomoda de Jaime Guzmán no es sólo su obra política, sino la radicalidad de la pregunta que dejó instalada: si la política pierde de vista lo que es la persona humana, ¿sobre qué fundamento puede sostenerse realmente una sociedad libre?

Treinta y cinco años después de su muerte, esa pregunta sigue abierta. Y tal vez por eso su pensamiento continúa provocando, desafiando y -para algunos- resultando amenazantemente vigente.