La prueba de fuego

A partir del lunes se pondrá a prueba la real cultura democrática que presumimos en Chile. A lo largo de la historia, los chilenos y chilenas han dado muestras de ser cívicamente ordenados a la hora de ejercer el sufragio. Así, incluso en un contexto más tensionado, el plebiscito de 1988 se produjo de una forma ejemplar permitiendo derrotar con los votos a una dictadura.

Pero ahora se pone a prueba otro aspecto relativo a la democracia que no siempre se ve reflejado en el ejercicio del voto, aunque respetar los resultados es una base de ello: Nuestra tolerancia respecto a opiniones distintas. Porque eso implicará el proceso constituyente, aunque algunos presuman desde ya, con una mirada claramente totalitaria de la democracia, que existirá unanimidad pétrea respecto a todos los asuntos. Lo cierto es que en ningún asunto existe el consenso total, menos en una democracia que es un espacio inconquistable por el flujo de las opiniones.

La prueba de fuego será al interior de la Constituyente, entre quienes la conformen, pero también se pondrá a prueba el espíritu democrático de los miembros del Congreso, del Poder Ejecutivo, los funcionarios públicos, los medios de comunicación, las universidades, colegios profesionales y la sociedad civil en su conjunto.

El debate público chileno mostrará su mejor cara o su peor cara en ese sentido. Aquí se verá nuestro real apego a las reglas más esenciales de la democracia, como la capacidad de diálogo, el respeto mutuo entre personas con opiniones y visiones distintas y sobre todo el apego a los Derechos Humanos, que implica no considerar a la violencia como un medio de acción política. El griterío y las funas, que también son mecanismos de censura, deberían quedar descartadas como forma de expresar discrepancias en torno a los temas que aborde la discusión constitucional, tanto fuera como dentro de ella. Así, agarrar a gritos a algunos constituyentes o lisa y llanamente agredirlos por discrepar no sería una muestra de nuestro camino a una mejor democracia, sino un claro signo de su total degeneración.

Todos los actores políticos y los ciudadanos tendrán el deber de cuidar las formas para preservar los marcos del respeto en el plano político y social, evitando así la polarización y con ello el desmadre de aquellos que, incluso sin haber sido electos, creen que pueden y tienen derecho a imponer sus posturas a punta de matonaje y vandalismo.

En el fondo, lo que está en juego no es tanto el contenido de la carta fundamental, sino la forma en que procedemos a relacionarnos políticamente entre todos a partir de la redacción de ésta. Eso definirá mucho del futuro de la política e institucionalidad chilena. El temple de los dirigentes y representantes electos será gravitante, sobre todo considerando la actual crisis de desconfianza y banalización política. En estos tiempos se necesitan líderes que complementen responsabilidad y convicción, y no predicadores que azuzan las bajas pasiones de los ciudadanos como si estuvieran en un reality showTampoco sirve aquellos que creen que la democracia se conforma en función del deseo y el voluntarismo.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de las tendencias populistas y demagógicas que se ciernen peligrosamente sobre los modos de hacer política en Chile. La desmesura es el primer riesgo que corren el proceso constituyente y cualquier pretensión por fortalecer la democracia, nuestras libertades, derechos e instituciones. En ese sentido, una constitución es un acuerdo entre iguales, que establece límites y salvaguardas para quienes acceden al ejercicio del poder político. No es una capitulación entre mayorías y minorías o entre ricos y pobres, como algunos demagogos pretenden para impulsar a como dé lugar sus maximalismos y alimentar su egolatría paternalista o autoritaria.

En el contexto de cambios en que estamos, muchos de los representantes electos podrían caer, a pretexto de circunstancias extraordinarias, en la tentación populista, violentista o autoritaria de atribuirse la calidad de tribunos del pueblo, negándose al diálogo con quienes discrepan de sus visiones. Así, algunos creyéndose los verdaderos y únicos voceros de la ciudadanía, apelando a las penurias, a las urgencias, a la necesidad de acelerar el tranco, podrían intentar pasar a llevar el proceso institucional con el cual los electores, desde su diversidad, designaron a quienes deben oficiar de constituyentes o autoridades en diversos cargos. Es decir, rompiendo el proceso de transición institucionalizado entre una constitución y otra, abriendo el camino no a una democracia, sino a una dictadura.

En ese claro y abierto afán de poder dictatorial, algunos incluso podrían intentar presumir que el poder constituyente les confiere discrecionalidad absoluta para actuar y decidir sobre cada asunto. Frente a indicios de ese tipo, los demócratas de todos los sectores deben estar preparados y atentos para frenar cualquier tentación populista, autoritaria o iliberal. Esa será su gran prueba de fuego.

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