La sordera narcisista (o el difícil arte del diálogo)

El Papa Francisco ha publicado recientemente su última encíclica titulada “Fratelli tutti”, la que ha querido dedicar “a la fraternidad y a la amistad social” (n. 2), tan necesarias en nuestro propio contexto nacional, en especial en el ámbito político. Esta encíclica es una verdadera mina en cuanto a los aportes que puede hacer la fe cristiana a la sociedad, porque, a pesar de nuestros inmensos fallos e incoherencias, en la(s) iglesia(s) hay un tremendo tesoro de humanidad.

En el n. 48, Francisco dice, “El sentarse a escuchar a otro, característico de un encuentro humano, es un paradigma de actitud receptiva, de quien supera el narcisismo y recibe al otro, le presta atención, lo acoge en el propio círculo”.

Es tan importante la escucha, tanto para el desarrollo personal como para la vida en sociedad. Quien no logra salir de sí, de sus propios intereses, para abrirse a los otros, está preso de, encadenado a su propio ombligo.

El abrirse a los demás es el primer acto de trascendencia y un paso importante en el crecimiento en humanidad al que todos estamos llamados. Expresión de apertura es el escuchar, punto de partida del diálogo verdadero, tan necesario para la convivencia humana, y particularmente, para el trabajo que realizará la Convención Constitucional.

En este marco, quiero ofrecerles unas características que considero esenciales para que haya diálogo. Empiezo constatando que muchas veces el diálogo no existe, lo que se da es una yuxtaposición de monólogos, situación que queda magistralmente ejemplificada en la siguiente historia.

En una reunión social se estaban contando chistes. Cuando uno terminó de contar su chiste, había otro que se moría de la risa, entonces el que lo había contado le preguntó

“¿Le gustó mi chiste?” A lo que el otro respondió, “En realidad ni lo escuché, me estoy riendo del chiste que voy a contar yo”. Seguramente, usted, estimado lector, habrá recordado más de alguna ocasión en la que le pasó lo mismo, o no lo escucharon o usted no escuchó al otro. De esto surge una primera condición ineludible para que pueda haber diálogo: la capacidad y la disposición a la escucha. Sin escucha, no hay diálogo. Así de simple y así de categórico.

Para que pueda haber diálogo, se deben dar determinadas características que pasaremos a revisar. Si alguna de éstas no se da, no se puede hablar de diálogo.

1ª Escucha. Los dialogantes deben tener la capacidad y estar dispuestos a escuchar lo que el otro está diciendo. Esto significa que el que escucha debe tratar de vaciar su mente para poder recibir íntegramente lo que el otro está diciendo y tal como lo está diciendo.

2ª Ponerse en el lugar del otro, esto implica un movimiento que consiste en abandonar la propia posición para ubicarse en la posición del otro y ver la realidad o la materia de conversación desde el punto de observación del otro. Esto es algo tan evidente, que por evidente lo pasamos por alto. Si uno está frente a otro, no ve lo mismo, porque para ver lo mismo tienen que estar ubicados en la misma dirección. Si cada uno se desplaza al lugar del otro va a ver lo que el otro ve y a lo mejor nos damos cuenta que el otro (también) tenía razón. Este sencillo ejercicio evitaría tantas discusiones inútiles, a la vez que constituye un rechazo a la ilusión de todo fundamentalismo que consiste en pensar, que toda la realidad se reduce a lo que yo veo.

Esto es lo que literalmente significa la expresión “idiota”, que viene del griego ídios, que significa lo propio, por tanto, idiota es, etimológicamente hablando, el que percibe sólo lo que él ve y, para peor, piensa que todo es como él lo ve.

3ª Revisión. Una vez que se ha escuchado y mirado el tema desde la perspectiva del otro, hay que volver con la visión obtenida al propio planteamiento para ver cómo lo afecta, qué elementos puedo mantener, cuáles corregir y cuáles desechar.

4ª Honestidad y humildad, reconocer abiertamente lo que se ha de corregir y lo que se ha de eliminar… ¡y hacerlo! Muchas veces nos damos cuenta de que nos hemos equivocado, pero tratamos de “pasar piola”, ojalá que nadie se dé cuenta o seguimos tratando de demostrar que teníamos razón defendiendo lo indefendible. Este riesgo es mayor cuando se trata de personas que están en el poder, porque piensan que reconocer públicamente que se equivocaron va a disminuir su autoridad y, por eso, generalmente terminan haciendo el ridículo porque buscan justificar o legitimar sus errores a como dé lugar.

Y como yo mismo trato de “desidiotizarme” dejo estas características abiertas a ser complementadas, discutidas y, por qué no, también objetadas, pero sobre todo practicadas.

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