Las víctimas invisibles de la violencia

Desde el humanismo, todo individuo es también persona. Como tal, es un fin en si mismo, digno de respeto, derechos y oportunidades para desarrollarse plenamente, tanto material como espiritualmente.

Desde el comunitarismo, toda persona alcanza su potencial en relación con otras personas, concebidas como iguales en su calidad de ciudadanas y ciudadanos. Así, toda persona es objeto de reconocimiento social y adscribe o adquiere una posición o lugar legítimo en la sociedad, donde es valorada por su aporte al colectivo, desde el trabajo que realiza o desde su condición socio-biológica.

Nada de eso se cumple en el caso de las víctimas invisibles de la violencia existente hoy en Chile. Me refiero a los jóvenes violentos y a carabineros, unidos en una relación tormentosa e infecunda debido al histórico mal gobierno de las últimas décadas.

Para un amplio segmento de la población, la acción de los jóvenes violentos es calificada como terrorista, concepto ya de uso habitual en un gobierno cuyo presidente afirma estar en guerra.

Para otros, es la acción de carabineros la que merece el nombre de terrorista, y más específicamente Terrorismo de Estado, pues se percibe como sistemática.

La palabra terror proviene del latín y hace referencia a uno de los dos hijos de Ares, dios de la guerra: Phobos y Deimos (miedo y terror). Pero no se trata de tomar partido, pues las prácticas violentas no distinguen credos ni doctrinas y son usadas por Estados, empresas, grupos e individuos; tienen su origen en ideologías de derecha e izquierda, religiosas y laicas. La violencia genera un estado emocional y psicológico de terror, que alcanza en general a las personas sin empatía, sin educación y sin carácter, que ven el mundo de un modo simplista, en blanco y negro… y habitualmente ese “terror” las predispone al uso de la fuerza con mayor violencia, como una reacción animal. Por otra parte, la violencia que genera miedo, temor o preocupación, nos alcanza a todos. Esa violencia nos puede dejar perplejos, inmovilizados o en estado de alerta. Sugiero este último.

¿Cómo parar la violencia? Creo que no se ha hecho un ejercicio preliminar, cual es pensar con calma las razones de la violencia con la que actúan los jóvenes y los carabineros. Sólo podemos resolver un problema cuando lo comprendemos a cabalidad. Y eso es difícil en este caso, pues el miedo y el terror impiden pensar con claridad. Trataré de hacerlo. Primero, la violencia juvenil.

Digo juvenil porque los actos de violencia civil son mayoritariamente realizados por jóvenes. Como verán más adelante, no hay acá ningún intento de criminalizar a los jóvenes ni tampoco de formular un estereotipo.

Pues bien, estudios indican que los jóvenes violentos en este tipo de escenarios como el que vive Chile actualmente se caracterizan por una mayoría que usa la violencia como medio de comunicación expresiva, habitualmente de raíz anómica, que buscan visibilizarse como grupo ante la sociedad.

La forma de esa comunicación es la violencia, parte de la condición mamífera. Si fuéramos perros mostraríamos los dientes. Como somos humanos, somos mucho más sofisticados: elaboramos estrategias y tácticas de destrucción hacia objetivos específicos.

Estos grupos también existen en la paradoja: es el violento altruista, una minoría de jóvenes que actúan como escudo de protección de los manifestantes, que los defienden ante las arremetidas de carabineros y funcionan como carne de cañón.

La mayoría de los jóvenes violentos, según sus términos, quieren “dejar la cagá”, porqué “el sistema es una mierda”. La creencia básica es que solo se puede crear después de haberlo destruido todo.

Sin embargo, esto es solo parcialmente verdadero, porque han atacado blancos bien definidos: bancos, farmacias, iglesias, municipios. Todo lo que huele a corrupción, concentración económica y abusos a las personas. Esta violencia tiene justificación desde el punto de vista del derecho a la resistencia por parte de los ciudadanos ante un Estado y las instituciones que legitiman las injusticias. ¿Quiénes son estos jóvenes? Un dato: en Valparaíso, desde el 18 de octubre al 6 de noviembre, se constató que de un total de 46 menores detenidos, 21 estaban o están en la red SENAME.

Es probable que la otra mitad tengan muchas cosas en común con los menores detenidos: un entorno económico insufrible, un sistema escolar que los abusa en vez de educarlos, una familia o tutores que no los protegen ni los cuidan, una vida dura que no armoniza con la condición de adolescente, una persona en transición hacia la vida adulta que debería ser responsable y plena.

Carabineros, por otra parte, cumple órdenes orientadas a la mantención del “orden público”. Algunas de estas órdenes son ordinarias y otras extraordinarias. Dentro de las primeras, por ejemplo, controlar la conducta vehicular. Mantener el orden público en el actual escenario de movilización social y protesta ciudadana masiva amerita de las segundas.

En la actual situación, carabineros recibe órdenes extraordinarias. Estas derivan de sus mandos superiores directos o del gobierno, a través del ministro del Interior. Estas órdenes consisten en contener la violencia en las calles, impedir la destrucción de la propiedad y garantizar el libre tránsito de personas.

¿Por qué no lo hacen profesionalmente? Hay una variedad de situaciones. Está la conducta violenta de carabineros debido al estrés de días de dormir mal, de cansancio por las largas y agotadoras jornadas, de rabia y frustración contenida por recibir la puteada diaria.

Rabia también (y vergüenza) por conocer los actos de corrupción conocidos como el PacoGate. Se añade la pérdida de control temporal individual producto de la confrontación física y el psicópata (o sociópata) no identificado en el proceso de admisión.

Pero más allá de eso, la violencia de carabineros solo puede atribuirse a las órdenes de un ministro del Interior autoritario que avaló la tortura, muerte y desaparición de personas.

Finalmente, la violencia de carabineros también provino de órdenes de una élite de oficiales superiores que se acostumbraron a imitar un estilo de vida (de ricos y famosos) bajo el marco de la corrupción institucionalizada, y que desde la altura del cargo, no sopesaron el tenor de las instrucciones.

La hipótesis más simple es que la orden fue reprimir, para generar miedo y terror. Por cierto, éstas órdenes debieron ser ejecutadas, so pena de perdida de reputación grupal y aislamiento, sanciones administrativas y quizás consecuencia en las remuneraciones o en el desarrollo de la carrera profesional.

Los jóvenes violentos y los carabineros comparten una característica que permite juzgarlos desde otra óptica: unos y otros son utilizados por terceros.

Debido a su ignorancia, mala educación o preparación insuficiente, debido a las condiciones originales que los hacen pertenecer a esos grupos sociales, tanto los jóvenes violentos como los carabineros son usados por terceros: el gobierno, la oposición, los fanáticos de izquierda y los de derecha. Son utilizados debido a su condición de rebeldes y de obedientes, por no tener el reconocimiento social que se merecen, en suma, por no ser considerados personas.

Sentados frente al televisor, la sociedad los juzga: hay que penalizar al joven violento, hay que condenar al carabinero. De algún modo son empujados a cumplir un rol que la sociedad requiere que cumplan, ser carne de cañón, contribuir al espectáculo y esconder nuestra incapacidad de resolver los problemas reales “del sistema”.

La violencia, venga de donde venga, debe ser condenada. Los responsables directos de atentar contra la convivencia democrática deben ser sancionados. Los jóvenes violentos y los carabineros que abusan de su rol deben ser sancionados.

Pero entendamos una cosa, la sanción debe ser proporcional a la responsabilidad involucrada. No podemos evaluar la responsabilidad de un joven violento como si fuera igual a la responsabilidad de un carabinero adulto. Hay razones científicas para atenuar el juicio sobre el comportamiento juvenil impropio.

La conducta adolescente puede caracterizarse como la de una orquesta sin director, pues las funciones cerebrales superiores terminan su desarrollo alrededor de los 20 o más años, no a los 14 o 17.

Además de lo anterior, el desarrollo de tales funciones es muy diferente según el nivel de escolaridad y las condiciones particulares en el desarrollo del niño: una crianza amorosa y nutricia en lo cognitivo y cívico-social produce efectos muy distintos a una crianza en el desamor, la ignorancia, el descuido y el maltrato.

Pero también es cierto que un carabinero recibe órdenes y ha sido educado para obedecer y  ejecutarlas, de modo que la sanción por golpear a un manifestante debe ser menor que la sanción a quien da esa orden. En ambos casos no podemos olvidar a los verdaderos responsables de esta situación.

Debemos sacudirnos del autoritarismo histórico que caracteriza la convivencia entre los diferentes actores de la sociedad chilena. Ese autoritarismo es el que promueve los escenarios de guerra y violencia, donde los chilenos no podemos vernos como personas.

Toda solución vendrá de una profundización democrática, donde nos reconozcamos como iguales, en derechos y deberes. La mayor responsabilidad está en la cúspide del poder político y económico. No usemos a los jóvenes y a los carabineros como chivos expiatorios de la responsabilidad que indudablemente recae en los poderosos.  

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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