Lecciones autocríticas

Milité en el Partido Socialista desde 1985 a 2016. Fui partícipe del proceso de renovación de ideas, de la reorganización para la lucha social y política contra la dictadura y de la reunificación en 1989. Fui miembro de su dirección en los ochenta y noventa y presidente en 2003-2005.

A ese título conocí al PS en profundidad y estaré siempre agradecido de una militancia que me permitió convivir con muchas personas nobles y comprometidas de todos los rincones de Chile, muchas de las cuales sufrieron enormemente por ese compromiso durante la dictadura y sobrellevaron con dignidad sus secuelas. Y estaré siempre agradecido del honor de haber ejercido responsabilidades partidarias en su nombre. 

Renuncié hace tres años porque terminé de convencerme que el sistema de generación de autoridades y la transformación del PS en una plataforma burocrática despolitizada y sin proyecto lo hacían irreformable en las condiciones actuales e inservible para las causas socialistas de igualdad y justicia social, de libertad real y ahora también de preservación de los ecosistemas para las nuevas generaciones. 

Por un lado, se produjo la progresiva descomposición de una parte de sus élites, que decidió hacer de la realpolitik de corto plazo su práctica política y abandonó todo proyecto de cambio de la sociedad.

Esa parte de la dirigencia aceptó la cercanía, la influencia y el financiamiento del poder económico corporativo a sus campañas, como es de público conocimiento, incluso cuando se estableció el financiamiento público de la actividad política (la situación previa en algún sentido obligaba a buscar financiamientos donde se pudiera), e hizo del acceso a cargos públicos para sus clientelas su razón de ser.

Otros decidieron adoptar lisa y llanamente el modelo del cacicazgo de las oligarquías tradicionales para mantener el control de todo lo que se moviera en sus territorios electorales, utilizando desde la influencia en el nombramiento de jueces a la connivencia con la derecha empresarial, incluso promoviendo amnistías a los evasores tributarios.

Otros se transformaron lisa y llanamente en lobistas de intereses empresariales. Estos fenómenos no son para nada exclusivos del PS, sino una expresión generalizada de la decadencia de nuestra muy imperfecta democracia, pero nunca debieron llegar al PS. 

Por otra parte, se produjo la descomposición de una parte de su dirigencia intermedia y de base. En nombre de una proveniencia popular (lo que es bastante relativo en muchos casos, pues se trata de gente con formación universitaria), todo valía para hacerse un lugar en el poder partidario, con la idea cada vez más extendida de desplazar a las "élites de Plaza Italia para arriba", como si Allende y muchos de sus dirigentes no tuvieran un origen social privilegiado, como si la mayoría de los dirigentes no fuera de sectores medios y como si no hubiera habido siempre dirigentes de proveniencia popular, haciendo del PS un espacio de los "trabajadores manuales e intelectuales" como señala su Declaración de Principios de 1933.

Fueron aceptando y, en algunos casos, desarrollando como método de acumulación de poder, transgresiones a la ética pública de diversa índole, que algunos reivindican todavía como parte de su "lucha contra las élites".

Esto fue incluyendo la inscripción de cualquier persona como afiliado con derecho a voto para controlar elecciones internas, el acarreo organizado y masivo e incluso la falsificación de resultados electorales partidarios.

Este proceso de descomposición se fue agravando hasta hacer un uso local intensivo del clientelismo abierto por diversos dirigentes nacionales, utilizando los órganos del Estado de distinto nivel, con la consecuencia de una multiplicación de corruptelas variadas y, en algunos casos extremos, la connivencia con el narcotráfico.

Así se llega a la crisis actual, provocada por reportajes televisivos que algunos consideran una conspiración, cuando en realidad se trata de una información con ribetes de escándalo que iba a emerger a la luz pública de un modo u otro. 

Ya no me corresponde opinar sobre las salidas de crisis de un partido al que no pertenezco, pero lo que pasa en el PS interesa a la sociedad en su conjunto y al conjunto del progresismo.

Creo que un Congreso Extraordinario debiera refundarlo, con una organización interna basada en la adquisición del derecho a voto mediante una participación efectiva en actividades militantes por al menos tres años y una formación obligatoria en sus principios. Y elegir una nueva directiva en ese Congreso para encabezar el saneamiento del PS y su reanclaje en un proyecto de transformación social situado en la izquierda del espectro político. 

Pero muchos se preguntarán, con razón, y usted qué hizo o no hizo en todo esto que señala. Yo tengo responsabilidades personales en todo ese proceso, y las asumo. 

Me auto-critico por haber concebido por 1987, junto a otros compañeros, el sistema de elección de dirigentes basado en afiliados y no en militantes y sus delegados reunidos en congresos deliberativos, a pesar de la reforma de estatutos cuando fui secretario general del PS unificado que ponía condiciones de militancia, pago de cotizaciones y renovación periódica del carnet partidario, pero que no fueron suficientes y se abandonaron.

La idea era introducir más democracia y terminamos facilitando un sistema de control de afiliados clientelares por caciques locales y dirigentes intermedios, que en principio trabajaban para liderazgos nacionales y luego para sí mismos.

Se equivocan los que sostienen que este es un tema de tendencias políticas internas, cuya necesidad siempre he defendido para mantener la pluralidad, sino de grupos despolitizados de control de clientelas. 

Me auto-critico por haber promovido con insistencia en el PS una "cultura de gobierno" sin darme cuenta que se reemplazaba una indispensable "cultura de militancia social".

El resultado fue en definitiva legitimar la transformación del PS en una mera plataforma de acceso a posiciones burocráticas. El boicot a organizar la formación política de los militantes fue permanente, incluso en mi presidencia.

Yo rompí con la corriente interna de la renovación a la que pertenecía, que creo hizo una gran contribución de ideas al socialismo, y me acerqué a la supuesta izquierda partidaria porque pensé que con ellos podíamos armar un campo de resistencia ante la deriva hacia la renuncia a la  justicia por las violaciones de los derechos humanos y hacia la connivencia con el mundo empresarial.

La idea era retomar la militancia social y un proyecto transformador que guiara nuestros pasos. Pero combatir internamente esas derivas y plantear un proyecto de cambio no era lo que interesaba a esa supuesta izquierda, sino solo sus propios espacios de poder personal.

Promoví entre tanto la salida del PS de los lobistas, que derivó en la renuncia de Enrique Correa y la suspensión de militancia de Eduardo Loyola. El que terminó saliendo fui yo, en un congreso que perdí por muy pocos votos en 2005. Isabel Allende, José Miguel Insulza, Juan Pablo Letelier, Camilo Escalona, Mahmud Aleuy y Osvaldo Andrade, la derecha y la izquierda partidaria unidas, terminaron después aplaudiendo el retorno del lobista Enrique Correa al PS, aunque tengo entendido que no sometieron su reincorporación a un congreso partidario. Hicieron girar al PS hacia el centro político, el acomodo al modelo económico liberal y, finalmente,  la irrelevancia. 

Me auto-critico por no haber controlado directamente las decisiones de la Comisión Patrimonio - que decidimos administrara la indemnización de los bienes expropiados por la dictadura - cuando fui presidente del PS, que fue una idea mía y de otros para asegurar la independencia financiera y política del PS frente al empresariado, y establecido de modo tajante que solo invirtieran en instrumentos públicos y empresas con sello social y ambiental, aunque la rentabilidad fuera menor, en vez de en SQM y otras empresas que estaban corrompiendo el sistema político, lo que nunca pensé los miembros de la comisión harían. 

Me auto-critico por no haber sido más tajante frente a Miguel Ángel Aguilera, aunque fue Alcalde después de haber yo dejado todo cargo partidario. Nunca acepté en el grupo interno de la renovación sus pujas desembozadas por posiciones de poder, porque su estilo intuitivamente no me gustaba y me parecía brutal y oscuro. Nunca acepté un solo voto de él y de su gente. Nunca.

No sé si Miguel Angel Aguilera utilizó vínculos con el narcotráfico para acumular afiliados. Cuando una persona me advirtió, en un encuentro casual hace más de una década, haber observado a traficantes de San Ramón movilizando gente en las elecciones internas, no puse el grito en el cielo por la ausencia de pruebas. Denunciar algo sin pruebas no es correcto. Pero, dada la gravedad del hecho, debí haber pedido una investigación exhaustiva.

Al cabo del tiempo, y con el aparataje municipal detrás, aseguró una vicepresidencia perenne en el PS (alternada con su hermana). Ahora la contratación de personas en el municipio de San Ramón vinculadas el narcotráfico, mostrada en reportajes televisivos, es objeto de investigación judicial y no es solo parte de rumores, como los hay tantos en toda organización política.

Hasta ahí mis auto-criticas y sus matices, dado que tuve responsabilidades en todo este proceso, cuya degradación logré tal vez retrasar pero no evitar, y las asumo en lo que me cabe.

Este proceso, por otro lado - y a pesar de lo descrito - produjo importantes resultados positivos para la mayoría social, pero eso es harina de otro costal. La esperanza es que se aprenda las lecciones para que los partidos políticos se fortalezcan y ojalá nunca se repitan estos hechos en ningún espacio en el futuro. Y que lo acontecido no afecte el ideario socialista y su proyección en la sociedad chilena para hacerla más justa, y por eso más libre y más sostenible. 

A esas prácticas hay que contraponer, en las antiguas y en las nuevas organizaciones de izquierda, la reconstrucción y creación de otras prácticas que contribuyan a la transformación social porque a) son probas (es decir tienen siempre límites éticos y no sirven intereses particulares sino el interés general) y b) están inspiradas en valores e ideas propias de un proyecto de cambio social emancipador, diverso y tolerante en su seno, pero capaz de representar los intereses de la mayoría social.

Esto requiere del difícil ejercicio político cotidiano de subordinar los intereses específicos al interés general y de articular las acciones del presente con el horizonte del proyecto político que se defiende.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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