Para rivalizar sin exclusión

Las palabras no solo transmiten información sino principalmente sentidos, evocan. Por ello, la apelación a la Unidad, al menos para algunos, resulta no seductora. Es cierto. Hay una tradición donde ha sido subterfugio para un borrar y cuenta nueva, azuzando temores ante amenazas externas y posponer lo propio. Por eso los llamados a la unidad sin más, suelen venir de lo que se sienten desafiados en su hegemonía.

Justamente además en un tiempo subjetivo donde la búsqueda de identidad propia resulta tan vital, especialmente entre los más jóvenes, con su crítica generalizada a la tradición. Lo que hoy se observa entre ellos, es lo que antes estaba reservado a los hijos de la burguesía: la rebeldía generalizada contra la generación precedente.

Un significante (o palabra), señalaba el psicoanalista francés Jacques Lacan, es lo que representa a un sujeto para otro significante (o palabra). Este es como un vaso vacío que no tiene sentido propio adherido y puede llenarse de infinitas formas. Ya que entre significante y su significado solo existe una relación contingente.

Sin embargo, las palabras funcionan como saberes cristalizados y articulados en algunas tradiciones. Una de estas palabras, en boga por esos días de agenda política, es la de Unidad.

Para unos significa una apelación a distinguir lo esencial de lo accesorio: construir una mayoría para ofrecer una alternativa. Para otros sin embargo, representa un intento de evaporar lo que consideran notables diferencias, que son justamente las que los instituyeron. Si para unos es un llamado a una fraternidad mínima, para otros es una forma larvada de manipulación.

Ni siquiera en 1988 los 16 partidos que se agruparon para enfrentar el plebiscito y la transición democrática, quisieron establecer en su nominación, la de Unidad, sino más bien acudir a una expresión, mucho más mínima y básica: una concertación.

Es decir, un sencillo acuerdo o convenio de convivencia y competencia. Este es también un buen ejemplo que las palabras tienen su carga propia que pueden desplazar cristalizados sentidos.

Concertación ya no nos evoca coordinación o convivencia sino una entidad determinada. De sustantivo pasó a nombre propio. Con Unidad pasa algo similar. No convoca lo que se cree que provoca. Es necesario algo más sobrio para convocar.

Sin embargo, queda la pregunta como construir lo afín y lo diferente, cuando no hay un abismo insalvable. Por cierto para que haya apelación a una concurrencia común, tienen que haber diferencias importantes, sino sería superfluo. No obstante, no todo fracaso tiene que ver asunto de convicciones. Freud ya tempranamente advertía de algunos otros posibles obstáculos.

Una de esos era el narcisismo de la pequeña diferencia con su obsesión de diferenciarse de lo que se tiene en común. No es extraño que las guerras más cruentas suelen ser entre miembros que estuvieron unidos en algún momento. Otro es el narcisismo de las causas perdidas: “seré fiel a mis convicciones aunque sea la derrota”, donde el Ideal de Yo es desplazado por el Yo como Ideal.

No es entonces el antagonismo o la rivalidad una condición insalvable. La diversidad permite articular la ética y la fraternidad en cuanto desafío para erigir lo común y lo diverso con el otro. La exclusión muchas veces resulta no solo por reconocer diferencias, sino también por la imposibilidad de admitir las coincidencias.

Una condición para superar la agresión, es admitir que también está implicada en el nosotros. Si no, se produce la escisión entre la parte que contiene los impulsos destructivos (los otros), y la parte que se siente conteniendo los impulsos “buenos” (nosotros).

 Una cosa entonces es agruparse en torno a ciertas afinidades y que devenga una rivalidad y hostilidad subyacente.

Y otra es unirse en torno a la hostilidad para suprimir esa rivalidad. Rivalizar sin eufemismo ni exclusión, sin negar los conflictos, es un  camino posible. El que pueda permitir los horizontes largos aún con pasos cortos.

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