Una propuesta de un grupo de diputados abrió nuevamente el debate en torno al aborto. Bajo el nombre de "escucha su corazón", se pretende que el personal médico ofrezca a la mujer embarazada la oportunidad de escuchar la actividad cardíaca del nonato previo al aborto. Si la madre se negara, el facultativo tiene el deber de no proceder con la interrupción del embarazo. En los fundamentos se justifica el proyecto bajo la idea de entregar información objetiva y veraz, y no por un asunto ideológico. "Nada menos ideológico que el latido de un bebé", señala la fundamentación.
Más allá de la mala técnica legislativa al escribir el proyecto, esta es una iniciativa que no contribuye a la causa que está detrás -defender la vida del que está por nacer-, pues difícilmente producirá el efecto disuasivo que persigue y, sobre todo, transforma una de las experiencias más conmovedoras de la vida en una de castigo y sufrimiento obligatorio.
El aborto siempre es una decisión difícil y la sociedad en su conjunto debería aspirar a erradicarlo. Eso es un piso común en la discusión, independiente de las diferencias sobre su legalización. Pero en el contexto chileno, la discusión de este proyecto es distinta, porque en dos sus causales legales (inviabilidad fetal y riesgo de vida de la madre) nada hace suponer que el acceso al aborto es producto de un embarazo no deseado, sino producto de un diagnóstico médico imprevisto.
Allí las mujeres (y sus familias) no necesitan escuchar nuevamente los latidos del corazón del nonato, porque saben que en su interior tienen un ser humano vivo y muy probablemente lo consideran su hijo. Las circunstancias que las llevan a pensar en el aborto son otras, y no un afán deliberado por dar muerte a un "simple conjunto de células". En el caso de inviabilidad fetal, obligar a escuchar los latidos del corazón parece aún más improcedente y doloroso luego del diagnóstico médico que ninguna madre quisiera escuchar. En la causal de violación, el embarazo es consecuencia de una agresión que debe llamarnos a proteger y acompañar a la víctima, sin producirle un dolor adicional. Tratar estas situaciones como si respondieran simplemente a una falta de información sobre el embarazo supone desconocer su complejidad humana.
Si la pretensión del legislador es disuadir la práctica del aborto -un objetivo legítimo y a mi juicio necesario-, existen mecanismos distintos desarrollados con buenas tasas de éxito. Por el contrario, si el objetivo de los autores del proyecto es prohibir el aborto en toda circunstancia -nuevamente, un fin legítimo-, más vale abrir directamente la discusión legislativa y no buscar subterfugios o ejecutarlo por vías de hecho. Eso es un principio de mínima honestidad ante la opinión pública.
Quienes estamos por la vida en cualquier condición o circunstancia entendemos los primeros latidos del corazón como la muestra palpable del milagro de la vida y de la llegada de un nuevo ser humano al mundo, dotado de una dignidad intrínseca e inalienable. Transformar ese momento -que debe ser uno de los momentos más significativos para quienes son padres- en uno de culpa y dolor, es justamente contrario a su esencia.
Es crucial, en consecuencia, abandonar el lenguaje denunciante, y comenzar por comprender el problema en su profundidad para atacar sus verdaderas causas. Junto con defender la prohibición del aborto inducido, persiste el desafío de legitimar esta posición ante la ciudadanía como una que es respetuosa de la dignidad humana, y que lejos de ser una posición de ultraderecha o ultraconservadora, es plenamente compatible con una sociedad libre y democrática. Consciente o inconscientemente, estos proyectos que pretenden dar la "batalla cultural" van en la dirección contraria, y solo le hacen flaco favor a la causa provida.