Su voto, con el de muchos, señalarán el futuro

Hay un descontento y un descrédito respecto del proceso político pos dictadura en Chile, que se vincula por un lado con los niveles de corrupción o, al menos, con la carencia de sentido ético por parte del sistema político representativo y del empresarial, lo cual ocurre en el contexto de un modelo o sistema económico que ha enriquecido a unos pocos, generando barreras infranqueables de desarrollo para una gran mayoría. Este descontento y descrédito se presentan, a mi juicio, como escenario o telón de fondo comprensivo respecto del desinterés en acudir a votar en las próximas elecciones.

¿Por qué ir a votar, si los candidatos representan “más de lo mismo” y los que no, no tienen condiciones mínimas para dar gobernabilidad seria al país?

Entre los “más de lo mismo” tenemos una facción para quienes el sistema económico funciona de modo dogmático y, necesariamente, rige los destinos de la felicidad humana, cual es que los ciudadanos consuman lo más posible, para que la economía crezca de modo permanente. Porque el crecimiento económico sería lo más importante.

El estímulo al consumo es entonces la base de todo, por eso es que todo debe mercantilizarse, incluso los derechos básicos de las personas. En esta facción funciona el lema “consumo luego existo”.

La otra facción, presenta tibias correcciones al sistema económico, buscando garantizar, pero con supremo temor a las críticas de la visión economicista dogmática, algunos de los derechos básicos, con mucha cautela ante el sentir ciudadano medido en encuestas de opinión (dudosas en su seriedad) y al rugir de los grandes dueños del capital con sus amenazas respecto de la inversión y del crecimiento. En esta facción funciona el lema “temo luego existo”.

Eso no es todo. Los mismos ciudadanos que se sienten desalentados por esta tensión del descontento para acudir a sufragar, al mismo tiempo que sufren las grotescas violencias del sistema económico que aumenta las distancias entre ricos y pobres, perciben el consumo individual como un ideal al que no quieren renunciar, en tanto satisfacción de la ansiedad consumista, como una suerte de adicción colectiva.

Para ellos funciona el lema “el consumo me hace ciego el existir”.

Los ciudadanos se levantan todos los días para acudir a su trabajo con la expectativa de alcanzar a tener lo necesario en dinero o capacidad de endeudamiento para ir a gastar al mall. De este modo, una propuesta de reforma más profunda, tiende a diluirse en una gran confusión con estas expectativas teñidas de ansiedad.

El mercado, como si esta entelequia no tuviera gestores tras su sombra, ha descubierto esta ansiedad del consumo y la está explotando sin piedad, sin que los estados regulen este carcinoma social.

En una sociedad cada vez más compleja, los cambios de largo plazo son lentos y, por eso mismo, no muestran sus bondades de modo inmediato. Esto pide a gritos una capacidad comunicacional y pedagógica, por parte de los líderes, que permita visibilizar los avances y entrever lo que depara el horizonte.

Sin embargo, hoy los líderes se encuentran subsumidos en diatribas narcisísticas, defendiendo sus personas y atacando a los adversarios, en el juego de la llamada “pos-verdad”.

Realismo no consiste en pretender que siempre los líderes sean de alto nivel, sino en tener líderes que permitan avanzar hacia una sociedad más integrada, más inclusiva. Un proyecto político que recoja el sentir ciudadano, no es cosa fácil, pues se requiere ser muy riguroso en lo que se entiende por sentir ciudadano. Aquí es donde se equivocan los actuales líderes. Por lo general se le atribuye al sentir ciudadano lo que cada cual tiene como convicción propia. Cuesta encontrar líderes políticos que pongan sus convicciones personales y partidarias al servicio de un sentir ciudadano, pertinente, mayoritario y posible.

Aludir a la “inmensa mayoría de los ciudadanos” da cabida a que cada cual instale lo que se le ocurra, por tanto los líderes que hacen falta tienen el deber de afinar de modo científico la recogida de esa información del sentir ciudadano. Esto no se está haciendo, puesto que los datos se recogen de fuentes orientadas por intereses ya sea económicos, o bien ideológicos. Lo que se traduce en encuestas tendenciosas, que manipulan los resultados.

Estamos en un momento crucial para que la ciudadanía dé un salto de madurez en su responsabilidad con lo público y con la política. Los altos niveles de abstención en los sufragios, reflejan no desinterés sino sobre todo posturas críticas y escépticas. Falta el contenido de la reflexión en el debate público y el mundo intelectual no está poniendo suficientemente esos contenidos, para alimentar el acervo crítico ciudadano.

En condiciones sociales y culturales sin tensiones exacerbadas, el sentido del bien común se expresa permanentemente, cotidianamente y de modo especial en instancias como el acudir a votar en las elecciones, en el pago de los impuestos, en el cuidado de los bienes públicos y en el respeto y defensa de los derechos ciudadanos de toda persona, especialmente de quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad.

Cuando estas instancias del bien común son dañadas, por intereses particulares, se deteriora no solo el bien común, sino el bien estar de los más vulnerables de la sociedad.

Hacerse del poder, hacerse rico, apropiarse de los espacios comunes, sin velar por el bien común, no es neutro, tiene un costo que, sin eufemismos, implica algún grado de ilegalidad o de rompimiento con aspectos de la ética, que en términos simples podemos llamar “robo”.

Quien roba logra para sí mismo un determinado bien, pero que viene acompañado de un profundo mal, cual es las consecuencias que tiene para otros y para la convivencia social el despojo producido por el robo.

Sí, el robo es un fenómeno que se puede disfrazar o camuflar, incluso el propio autor de ese robo puede quedar convencido que no ha robado a nadie, sino que ha encontrado una oportunidad y la ha aprovechado. Lo que ha hecho es lucrar con engaño a la sociedad - sobre todo a la más modesta - con una promesa de prosperidad que no se cumple sino para sí mismo a costa de los demás.

La brecha entre ricos y pobres, así como la abstención del voto ciudadano, son síntomas de una sociedad herida en la vivencia y significación del bien común. ¿Qué tan “común” son los bienes que están en juego, en la sociedad?

El poder, la producción y el capital ¿qué tan democráticamente está repartido?

¿Qué tan democráticamente se expresa en la legislación vigente?

¿Será que los ciudadanos observan que unos pocos lo tienen todo (poder, producción y capital), de tal modo que legislan para proteger lo que ya tienen?

Lo que está en juego cuando vamos a votar, no es solo la simpatía por una u otra persona que se presenta como candidato, sino en cuanto se avanza para democratizar nuestra sociedad que muestra tan dramáticos síntomas.

No se trata solo de izquierdas y derechas, se trata de aquello que efectivamente, más allá si se va lento o rápido, nos permite avanzar en esa dirección, hacia lo que dignifica tanto al individuo como la convivencia. 

En ese sentido, duele ver en los discursos de candidatos un contenido simbólico que no construye democracia, que no construye bien común, sino que incentiva la apropiación por parte de unos pocos, la acumulación codiciosa en contraste con el despojo de las multitudes.

Cuando lo que interesa es la “rebaja de impuestos” para alentar la inversión, eso no cuida el bien común, no porque la inversión sea mala en sí, sino porque el bien común es puesto al servicio de los que tienen el capital para invertir y eso se traduce en favorecer la brecha entre ricos y pobres, financiado por todos incluidos los pobres.

En paralelo a ese discurso, la mayoría de los empresarios mira con desprecio ese pago de impuestos y, por tanto, ve con apetito un ofertón que los beneficia. Jugando siempre en el límite de la evasión impositiva, cuánto se desprecia el bien común en esta mirada anti impuestos, como si no fuese su responsabilidad básica.

El despojo tiene muchas dimensiones, no sólo económicas. Se despoja de oportunidades de desarrollo humano, de instancias de participación plural y ciudadana, del poder de decisión y, por supuesto, de las riquezas productivas y del capital. De pronto se naturalizó que los que ya tienen lo que tienen, les pertenece por una suerte de dogma.

Los ricos son así; los parlamentarios seguirán siéndolo para siempre… pero eso choca con la pujanza de la cultura, con los avances tecnológicos, con la disponibilidad de la información… cada día surgen bienes que nutren “lo común” que provienen del ciudadano de a pie, hasta que se lo apropia un inversionista para su beneficio individual.

Por tanto, en una convocatoria a sufragio el voto se convierte en una herramienta frágil, pero imprescindible. No votar se transforma en abdicar en este esfuerzo social por conducir hacia una experiencia de bienes comunes con mayor sentido democrático, de responsabilidad pública, de inclusión y de bienestar compartido.

No votar, es claudicar ante el monopolio de los bienes comunes.

Acudir masivamente a votar genera un nuevo balance en la estructura de poder, pues los representantes se empezarán a sentir urgidos por la pujanza de sus representados.

Votar, aunque los nombres de los candidatos no sean con todo lo que son un mínimo cumplimiento de las expectativas ciudadanas, implica definir aunque sea sutilmente la dirección hacia donde van las cosas.

Votar es cuidar el bien común, con la frágil herramienta de ese voto, para fortalecer progresivamente el sentido común de los bienes que como sociedad disponemos. Los candidatos nunca serán lo que uno quiere, sino lo que hay y lo que somos en este momento dado de la historia.

Sin embargo, el voto de cada uno tiene la fuerza de conglomerarse con los votos de muchos, dando señales en una dirección y futuro.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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