Tras la pandemia: Las reformas necesarias en América Latina

* Columna escrita junto a Daniel Zovatto

A pesar de haber tenido tiempo para prepararse luego de lo ocurrido en Asia y en Europa, el Covid-19 golpeó con fuerza a América Latina, que antes de la pandemia ya presentaba una combinación letal de Estados débiles, sistemas de salud frágiles, baja calidad institucional y altos niveles de desigualdad, informalidad y pobreza.

Es así como distintos gobiernos adoptaron diferentes medidas para enfrentar el coronavirus, desde confinamientos estrictos hasta ocultar la gravedad de sus efectos, confiados en el carácter pasajero de la pandemia. Al finalizar 2020, se puede afirmar que los resultados han sido desastrosos. Con la excepción de Uruguay, la región es uno de los epicentros de la emergencia sanitaria con cientos de miles de muertos.

La caída del crecimiento, el aumento del desempleo y la expansión de la pobreza revelan que esta década será extremadamente dura. Pero más que sentarse a esperar de brazos cruzados que la vacuna resuelva los problemas, esta crisis sistémica debe impulsarnos a repensar nuestro modelo de desarrollo y poner en marcha la construcción de un nuevo contrato social y avanzar hacia una democracia más inclusiva, resiliente y de mejor calidad. Es un anhelo que muchos ciudadanos expresaron en las protestas sociales de 2019 y que están preparados a conquistarlos a partir de 2021.

Es cierto que no existen salidas fáciles ni atajos. Pero no hay otra opción que empujar ambiciosas reformas para mejorar nuestra posición social, económica y democrática. Nunca como ahora el destino depende de nuestra acción. No hay tiempo que perder. Nuestra propuesta se resume en los siguientes puntos:

Un nuevo contrato social que garantice un sistema de bienestar general. La pandemia probó que es clave la creación de un sistema de salud público robusto y al cual puedan acceder todos los ciudadanos. Asimismo, ésta debe ser una oportunidad para mejorar el transporte y los espacios verdes de nuestras ciudades, que están marcadas por el hacinamiento. Todo ello, sumado, proporcionaría una mejor calidad de vida para las personas que han visto trastocadas su intimidad y entorno, producto de las dinámicas de encierro y distanciamiento social. La vida en comunidad vuelve a ser valorada.

Recuperar el crecimiento y establecer nuevas bases productivas para sustentar el bienestar social y ambiental. La pandemia demostró que existen muchas capacidades tecnológicas desaprovechadas en América Latina y que la rápida reconversión de las existentes permitió salvar vidas, al crear respiradores artificiales, una vez que estos se vieron escasos. Pero también quedó en evidencia que había productos básicos que no pudimos importar cuando las cadenas de suministros se vieron interrumpidas y ahí destaca la importancia de mejorar la seguridad alimentaria y sanitaria.

Urge expandir la digitalización hacia los sectores vulnerables y las pequeñas y medianas empresas, que deben beneficiarse de la recuperación económica de forma permanente, y no pasajera. Para eso se necesita tanto capacitación digital como acceso garantizado a servicios de conectividad, que se constituyen en derechos básicos.

Por último, pero no menos importante, no hay descuidar los efectos del cambio climático, ya que es una amenaza existencial. La nueva economía post pandemia debe ser sustentable y verde.

Reformar y modernizar el Estado. Durante la crisis, al Estado se le demanda toda clases de seguridades, esas mismas que el mercado no puede dar. Por lo tanto, ahora se espera que la sociedad se conduzca con un criterio solidario, y donde una mirada estratégica sirva para potenciar procesos de innovación, que deben ser inclusivos. La calidad del gobierno se vuelve un tema central en sociedades complejas, lo que requiere contar con cuadros profesionales y herramientas tecnológicas para mejorar la capacidad de respuesta a las demandas, y de consulta a la mayoría para identificar los problemas antes que estallen, todo acompañado de procesos transparentes de asignación de recursos.

Avanzar a una democracia de nueva generación. La gobernabilidad democrática es la condición esencial para la superación de la crisis y la realización de las reformas necesarias en América Latina. Los acuerdos amplios y mayoritarios son indispensables para evitar la polarización política y la consiguiente paralización de la acción pública. La polarización conlleva el riesgo de caer en un autoritarismo o populismo, ya sea por una demanda de orden a toda costa o por la ilusión de que existen soluciones fáciles a temas complejos. Se necesita ensayar nuevos mecanismos, diálogos y participación permanente, a todo nivel, que garanticen la inclusión de una ciudadanía empoderada. El concurso de las Fuerzas Armadas para hacer frente de la pandemia, si bien ha sido necesario por sus capacidades de despliegue y organización, también obliga a asegurar la temporalidad de estas misiones y excluirlas de la función de orden público interno.

Fortalecer la integración regional. Necesitamos acciones multilaterales latinoamericanas para fortalecer la colaboración global y regional. Es cierto que muchos organismos se han mostrado incapaces de dar una respuesta ante la pandemia, pero más que reforzar las críticas al multilateralismo ello revive la importancia de la cooperación internacional. Existen pocos eventos globales como el covid-19, que nos ha revelado, de una forma quizás terrible, que todos somos parte de una comunidad de destino, donde los problemas colectivos requieren de respuestas colectivas. Revivir la integración en América Latina se impone como una urgencia práctica, pero también para posicionarse de forma independiente ante la bipolaridad creciente entre Estados Unidos y China.

¿Habrá aprendizaje de esta crisis? Creemos que sí. El mayor riesgo sería pensar el mundo post pandemia con los mismos paradigmas y categorías conceptuales de antes. ¿Será posible lograrlo? Sin duda. América Latina cuenta con generaciones jóvenes más preparadas y sociedades más empoderadas. Gran parte dependerá de nuevos liderazgos institucionales y personales capaces de convocar y representar, con honestidad y empatía, las aspiraciones de la mayoría, mostrando caminos de progreso viables.

Solo así, la década que comienza se convertiría, por fin, en una década ganada.

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