Un gobierno que acumula desgaste

Si no entiende, no hay caso. Cuando algún inexperto llega a un puesto de poder necesariamente comete errores, pero algunos aprenden de ellos y rápidamente comienzan a estar a la altura, otros se muestran inmunes al aprendizaje y no tienen arreglo. Quiroz es de estos últimos.

El ministro de Hacienda tiene tendencia a centrarse en lo secundario más que en lo prioritario. Él tiene la obligación de sacar adelante la ley miscelánea, lo que requiere sumar adhesiones entre la oposición, algo que necesita superar muchas barreras. Con este propósito, Quiroz tiene que evitar enredarse en ningún tema lateral, a menos que sea por completo indispensable, pero lo que ha hecho es lo contrario.

Cuando alguien no entiende, confunde los apoyos con ataques. Paulina Núñez, presidenta del Senado y militante RN, tuvo la buena idea de aplazar la votación en general de la megarreforma y Quiroz la consideró un retraso innecesario, aunque mejoraba la relación con los partidos de oposición. En ocasiones los gestos importan. Hay demoras que acortan el camino. La mayoría a favor de la idea de legislar no iba a cambiar con el paso de algunos días y, por lo tanto, no estaba en riesgo, pero lo que haría perdurable la legislación es que se apruebe con un acuerdo muy amplio.

Lo que mira el equipo de Hacienda es que la propuesta de Núñez alteraba el cumplimiento de un cronograma rígido que tienen en la cabeza. Cuando se les ha consultado cuál sería el drama de alterar un itinerario unilateralmente establecido responden que las demoras constituyen factores de incertidumbre económica, que es precisamente lo que disminuye de darse tiempo para obtener un mayor apoyo.

Un gesto dedicado a escuchar sugerencias podía abrir la puerta a un posible entendimiento. Se entraba en la senda que permitiría al proyecto adaptarse a requerimientos que le otorgan mayor legitimidad. Nada de esto importa si lo único que interesa es ganar, aunque sea por un voto.

El ministro Quiroz es un dogmático, cuando explica su posición dice que "si no crecemos al 3% más de modo sostenido, el tema fiscal no tiene solución", algo que pocos discutirían. El asunto está en que el convencimiento de que el proyecto de megarreforma consigue este objetivo hasta ahora está radicado exclusivamente en el oficialismo. Los otros tienen una opinión diferente y lo que quieren no es que les anuncien la buena nueva, sino que los convenzan en un diálogo, con tiempo suficiente para alcanzar acuerdos satisfactorios.

El problema de poner a los topos de vigías

Pero ganar por poco, con un proyecto herido en un ala, no es lo mismo que alcanzar un acuerdo amplio que otorga una garantía transversal, haciendo perdurable una norma negociada. El populista autoritario tiene mirada de topo, porque no solo ha de imprimir en sus acciones el sentido de ganar, sino que debe conseguir que ganar tenga sentido. Lo que no es permanente, se queda con el sabor de lo efímero.

El Gobierno está fracasando en lo más importante y no solo en esta ocasión específica. Lejos de superar la política tradicional, identificándose con las necesidades de la mayoría ciudadana, esta abocada a la polémica política, a cultivar las diferencias partidarias y al debate de trinchera. Esta lejanía le será letal, porque llegó al poder bajo la promesa solemne de no comportarse como los demás y está repitiendo con ventaja los errores del pasado.

La corrosión de la institucionalidad es la marca del populista. Ningún demócrata piensa que está ganando si, por obtener más votos en una sola oportunidad, desgasta una institución de manera permanente. Claro que eso implica que en la actuación de un político la preservación de la democracia importa, porque si esta consideración carece de importancia, lo que tenemos en una autoritario en comisión de servicio en nuestro sistema.

El modo como se ha procedido hasta ahora con la acusación constitucional contra el exministro Grau es muy significativo al respecto. El desgaste de lo permanente tras sus principales logros parece una característica de este gobierno. No se puede defender al Estado quebrantando o distorsionando las mismas normas constitucionales que se quieren defender. El fin no justifica los medios, y el fin mismo no puede ser el cobrarle cuentas políticas al adversario con el costo que sea.

De ser ciertas las acusaciones contra Grau, tendría que cuestionarse la labor del Consejo Fiscal Autónomo (CFA) y de la misma Dipres, ambos no consideraron pertinente que se esté hablando de falta a las obligaciones fijadas por la Constitución para una autoridad. Si la falta constitucional existiera, habrían fallado a su obligación como órganos destinados a dar la voz de alerta, en el caso del CFA, y los que dan fundamento técnico a las acusaciones, en el caso de la Dipres.

No se cuestiona nada más que a Grau porque la afirmación sobre la que se lo ataca no es una verdad, sino un pretexto. Y eso quiere decir que los acusadores son mucho más peligrosos que el acusado.

Todo tiene un límite

Este modo de proceder, agresivo y centrado en el corto plazo, no solo está provocando un desgaste institucional amplio, también está horadando la unidad de la propia derecha. RN ha debido emitir una declaración pública en protesta por el trato hostil hacia los parlamentarios de sus filas en los últimos días.

En este partido de centroderecha hablan de presiones externas, de declaraciones destempladas y de matonaje político. De más está decir que este tipo de reacciones no ha sido común en los ocho gobiernos previos y mucho menos en el inicio de las anteriores administraciones.

Lo que ha cambiado respecto del pasado reciente es la emergencia de un partido que nunca se ha destacado por la negociación y la búsqueda de acuerdos. Republicanos pasó en corto tiempo de ser un partido chico e intransigente a ser un partido grande, pero igualmente intransigente.

Durante mucho tiempo, la centroderecha no ha sabido cómo responder a un socio disruptivo que la amenazó siempre con denunciarla ante su electorado. La ola mundial que impulsó a republicanos los hizo tomar el liderazgo, amilanando al resto.

Pero hay señales de que el ciclo del amedrentamiento está llegando a su fin. Ahora las amenazas no están consiguiendo paralizar a lo que fue Chile Vamos. En este sector político, los moderados se dan cuenta de que no tienen futuro si quedan atrapados entre dos pinzas: desde La Moneda tomando decisiones en la que no participan, y desde el Parlamento, donde sus socios se comportan como si fueran de oposición y se pudieran dar todos los gustos que quieran.

En la derecha nadie quiere el conflicto, pero los dialogantes de este sector tampoco tienen deseos de extinguirse y por eso reaccionan. Todo tiene un límite.