Hay imágenes que cuesta imaginar. En Corea del Norte, cada celular toma una captura de pantalla cada cinco minutos. Todas quedan almacenadas y pueden ser revisadas por el Estado. En un país donde la devoción absoluta a la dinastía Kim es una obligación, lo que alguien mira en privado puede convertirse en una condena. Para quienes consumen contenido religioso en sus teléfonos, las consecuencias pueden ser devastadoras.
No es ciencia ficción. Es uno de los hallazgos del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo 2025, un exhaustivo estudio sobre este derecho fundamental, elaborado por la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN). Y muestra algo nuevo: la inteligencia artificial (IA) puede usarse como herramienta de persecución religiosa. ¿Qué tiene que ver la IA con la libertad religiosa? Más de lo que imaginamos.
En China, algoritmos de reconocimiento facial y análisis de redes sociales permiten al gobierno identificar, monitorear y castigar cualquier expresión religiosa que se salga del guion oficial. No hace falta un denunciante humano: la IA lo hace sola, a escala masiva, sin descanso. En Pakistán, redes organizadas vigilan la actividad digital de minorías religiosas buscando cualquier publicación que pueda interpretarse como blasfemia. Un informe citado por ACN documenta más de 400.000 quejas procesadas digitalmente en un solo año. La acusación puede llegar antes de que la persona sepa siquiera que está siendo observada.
La inteligencia artificial ofrece enormes oportunidades, pero también riesgos cada vez más evidentes. Puede facilitar la educación religiosa, fortalecer el diálogo interreligioso y mejorar la seguridad de templos y comunidades. Sin embargo, también puede distorsionar la experiencia religiosa, amplificar el extremismo y difundir ideologías dañinas. Incluso grupos yihadistas ya utilizan herramientas de IA en sus ataques.
Al mismo tiempo, la IA puede convertirse en un poderoso medio de vigilancia y control. En países con gobiernos autoritarios, sistemas basados en IA rastrean y monitorean actividades religiosas, identificando a grupos considerados "indeseables" y restringiendo la libertad de pensamiento, conciencia y religión. Además, algoritmos sesgados pueden provocar discriminación en ámbitos como empleo, educación, salud o el acceso al crédito. Por eso, diversas iniciativas éticas han advertido sobre la necesidad de garantizar imparcialidad, dignidad humana y protección de las libertades fundamentales frente al avance de estas tecnologías.
Ante este escenario, hay voces que llaman a la calma: la tecnología es neutral, dicen, lo que importa es quién la usa y para qué. Es verdad, pero incompleta. Porque la pregunta no es solo técnica sino profundamente moral: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo cuando permitimos que los algoritmos decidan quién puede creer, rezar o reunirse en nombre de su fe?
En marzo de este año, la Comisión Teológica Internacional publicó "Quo Vadis, Humanitas" ("¿Hacia dónde vas, Humanidad?"), un documento aprobado por el papa León XIV que advierte sobre los riesgos de sistemas de conocimiento separados de la inteligencia humana y del bien común. No es un rechazo a la tecnología. Es una pregunta sobre sus límites y sobre quién los fija.
Un control humano efectivo y con garantías éticas debe supervisar las enormes posibilidades de la IA, de forma que su uso defienda la dignidad humana y contribuya a la protección de la libertad de pensamiento, conciencia y religión.
Hay algo que no debería perderse en este debate: la libertad religiosa no es un asunto de creyentes. Es el termómetro de la salud de una sociedad. Históricamente, los regímenes que persiguen a las minorías religiosas también persiguen a periodistas, disidentes políticos y cualquier voz que no se alinee con el poder. Cuando el Estado -o el algoritmo a su servicio- decide qué se puede creer, nada está a salvo.
Por eso la pregunta que plantea la IA es para todos. ¿A quién le entregamos el poder de vigilar la conciencia humana?
La próxima semana, Chile recibirá a la académica Marcela Szymanski, una de las voces más reconocidas en la defensa internacional de la libertad religiosa y responsable de incidencia de ACN ante organismos como la ONU y la Unión Europea. Entre el 26 y el 29 de mayo estará en Santiago, Concepción, Valdivia y Puerto Montt. Una oportunidad para profundizar en esta realidad. Porque detrás de la pantalla, hay millones de personas que simplemente quieren practicar de manera libre su religión o creencia.