Cuaresma, fragilidad y sociedad

En cuanto cristiano católico y, además, teólogo, me interesa el diálogo fe-sociedad, es decir, qué puede aportar la fe para enriquecer la vida de la sociedad, como también cuál es el aporte de la sociedad para la vida y reflexión de la fe. Desde esta perspectiva me gustaría mostrar algunos elementos de la cuaresma aplicables al contexto de la convivencia social.

De partida, cuaresma es un tiempo fuerte de preparación al misterio central del cristianismo que es la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Hace alusión a los cuarenta días que Jesús, después de su bautismo, permaneció en el desierto antes de iniciar su ministerio público. En la Iglesia Católica es un tiempo especialmente dedicado a la conversión, lo que requiere, a su vez, humildad, como ya se explicará.

En el mensaje de nuestros obispos para la cuaresma de este año, dicen con humildad y coraje: "Es un tiempo también de purificación y penitencia por el dolor que hemos causado por nuestras faltas y pecados. Los pastores de la Iglesia pedimos una vez más perdón a Dios y a nuestros hermanos y hermanas que han sido abusados, maltratados, excluidos o ignorados por algunos de sus ministros. Una sincera conversión sólo brota de un corazón arrepentido y dispuesto a curar el daño provocado, acompañar al herido en su camino y recomenzar desde Cristo".

La conversión tiene una dimensión religiosa, volver a Dios, y una dimensión ética, en palabras de Isaías, es "dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien: busquen lo que es justo, reconozcan los derechos del oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda" (Is 1,16-17). Huérfanos y viudas, junto con migrantes, eran los símbolos de vulnerabilidad en el Antiguo Testamento. Ambas dimensiones, la religiosa y la ética, van de la mano para el creyente, pues fe significa vivir de acuerdo a lo que se cree.

El primer paso para la conversión consiste en reconocer el mal que hemos hecho. Y aquí es donde entra de lleno la humildad, que consiste fundamentalmente en reconocer las propias limitaciones. Algo que va a contracorriente de esa tendencia actual tan difundida de omnipotencia narcisista, que nos embarga, más bien nos embriaga, borrando de nuestra conciencia todo lo que nos recuerde nuestras debilidades.

Ello nos lleva a una actitud de soberbia, todo lo contrario a la humildad. Tiemblo cuando escucho decir a alguien: "no me arrepiento de nada de lo que he hecho" o "si volviera a nacer, volvería a hacer exactamente lo mismo", como si nunca se hubiese equivocado. Cuánto sufrimiento evitaríamos, en especial a los demás, si reconociéramos nuestros errores, el mal que hemos hecho, nos doliésemos por ello, que es lo que se llama arrepentimiento, pidiésemos perdón, enmendásemos el rumbo (conversión) y reparásemos, en la medida de lo posible el daño, causado. Con esto me estoy refiriendo no sólo al ámbito de los creyentes, sino a la convivencia social. Porque el reconocer que necesitamos de los demás y que hemos de convertirnos de la cerrazón en nosotros mismos a la apertura del diálogo y de la alteridad, de otras visiones que, como las nuestras, pueden tener parte de verdad y parte de error.

Así también la pandemia nos ha echado en cara nuestra fragilidad y nos ha mostrado que nos necesitamos para poder combatirla. Solos estamos perdidos. La preocupación por cada uno de nosotros va de la mano con la preocupación por los demás. No son dos cosas distintas, porque estamos interconectados.

El sabernos frágiles nos hace sensibles a las fragilidades de los demás y, por tanto, a generar iniciativas de apoyo dirigidas, en especial, a los más débiles, tal como se ha visto repetidamente a propósito de la pandemia y de otras tragedias, como por ejemplo, la de los migrantes.

La fragilidad nos hermana, porque todos, cual más cual menos, tenemos debilidades. Pero también nos hermana, porque podemos entretejer nuestras fortalezas para apoyarnos recíprocamente, y así las fortalezas de unos podrán sostener y acompañar las debilidades de otros.

El cambio social al que se aspira en nuestro país y en el mundo, apunta a una sociedad que sea más humana, y la humanidad de una sociedad se mide por cómo trata a quienes son los más frágiles. Ellos deben ser el centro de la reconstrucción social, lo que a la vez nos llevará a la recuperación de nuestra propia humanidad.

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