El sueño de Dios

Hace algún tiempo fui invitado en la universidad a la que pertenezco -Universidad Católica de la Santísima Concepción, en la ciudad de Concepción- a hacer una reflexión sobre su sello identitario. Uno de elementos que presenté es el correspondiente a la dignidad de la persona humana, lo que, en realidad no es ninguna novedad para una universidad católica, pues constituye uno de los pilares de la antropología cristiana.

Nuestra fe nos dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de esa comunidad de amor llamada Trinidad, para invitarnos a participar de esa misma vida divina. A esto llamamos salvación. Somos seres llamados a la trascendencia, que procedemos del amor divino, nos dirigimos a ese amor como nuestro destino y, por tanto, en ese trayecto debemos vivir de y en ese amor. En el pensamiento bíblico los términos que designan el amor no se refieren tanto a los sentimientos íntimos, sino más bien a la ejecución de actos de bondad de uno hacia el otro. El amor es una acción concreta: hacer el bien.

Este es el sueño de Dios para nosotros: que conformemos la gran familia humana, donde reine la fraternidad y la paz como fruto de la justicia. El que hayamos sido hechos como imagen y semejanza de Dios, nos convierte en sus embajadores en nuestro mundo: somos los que debemos hacer presente su amor, su misericordia para con todos y, en especial, para los más necesitados y desvalidos. Hemos sido creados como portadores y promotores de la vida, tanto de la nuestra como la de nuestro entorno: somos (o deberíamos ser) los sabios custodios de la creación.

Ahora bien, también es cierto que podemos convertir el sueño en pesadilla, como es tan evidente en tantas situaciones de nuestro presente. Y con esto se nos plantea una disyuntiva fundamental: transitar por senderos de vida o de muerte; sueño o pesadilla. Alternativa a la que ha de responder cada generación a lo largo del tiempo. Paradójicamente, parece que en estos últimos decenios hemos ido retrocediendo en humanidad. Pero es justamente en los momentos más oscuros donde hay que encender la llama de la esperanza. Esa que nos recuerda que fuimos creados buenos en un mundo bueno y que somos capaces de hacer tanto bien.

De este sueño de Dios habló de manera sencilla, profunda y emocionante León XIV durante su viaje a España, en un escenario que podría resultar sorprendente: la cárcel de Brians 1 en Barcelona. Luego de escuchar el saludo del sacerdote capellán y el testimonio de dos internas, dirigió su mensaje a los presentes, del cual he recogido las siguientes afirmaciones luminosas: "Todo ser humano es digno por el hecho de haber sido querido, creado y amado por Dios. No existe, pues, ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada... Su amor misericordioso está siempre por encima de cuanto bien o mal hayamos hecho".

"Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona". "El pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras opciones y decisiones". Y hacia el final de su breve alocución: "Los invito a seguir soñando el sueño de Dios. A cada uno les digo: Dios te ama como eres, pero te sueña mejor".

Lo que el papa dijo allí es válido para cualquiera, en cuanto que somos seres que vamos en camino y en ese caminar nos vamos haciendo, configurando. Somos seres en relación, tejidos unos con otros, que tenemos la oportunidad de aprender, rectificar, enmendar caminos, convertirnos, arrepentirnos y perdonar.

Soñar el sueño de Dios es ir concretizando este proyecto de Dios en la historia. Hemos de rescatar esa bondad original presente en todos nosotros, cultivarla y hacerla florecer. Tomar conciencia de que hacer el bien es doblemente bueno porque alegra al que lo recibe y al que lo hace. Esta es una propuesta que desde nuestra fe podemos ofrecer al mundo.