Aplanando la Curva

No cabe duda que aplanar la curva epidémica para garantizar acceso a los servicios de salud de las personas, sin que éstos se hayan visto sobrepasados, ha evitado muertes causadas directa e indirectamente por el virus. Pero nos hemos preguntado también ¿resuelto el problema de la oferta de servicios de salud, habríamos evitado más muertes reduciendo los contagios en el tiempo o simplemente las habríamos postergado, dado que la incidencia acumulada dependería de la población susceptible mientras no exista vacuna, a letalidad constante? Quizás, pero con seguridad habríamos evitado pérdida de bienestar social que los salubristas por pudor sanitario, para que no nos vayan a acusar de economicistas, a veces evitamos mencionar.

Pues bien, el bienestar social es más que el crecimiento económico. En aquel influyen factores como el acceso a servicios de salud de buena calidad, a la educación de calidad, a la calidad de la vivienda y de los barrios, al transporte público, a la sensación de seguridad, a la libertad ciudadana, al acceso a la justicia, a contar con un medio ambiente saludable y a la realización personal, relacionada con la calidad de acciones recreativas, deportivas y culturales y con la calidad de las relaciones interpersonales, con familiares, colegas y vecinos.

La pandemia y sus efectos en el número de contagios hacen necesarias medidas de aislamiento de distinto tipo y rigor, medidas que acarrean pérdidas de bienestar social. Tales medidas y pérdidas se acentúan con niveles altos de contagios que obligan a mayores restricciones. Esto que parece lógico, se traduce en situaciones diversas.

A mayor contagio hay menor concurrencia de la gente a establecimientos de salud por consultas, controles y otras intervenciones no Covid, debido a la reconversión de servicios (cambios en la oferta), a medidas que dificultan el traslado (cuarentenas u otras) y a una percepción de inseguridad de las personas por riesgo de contagio en el evento de concurrir a los servicios.

Esto podría asociarse a muertes indirectas que no pudieron evitarse porque no llegaron los casos a los servicios y, por cierto, también al empeoramiento del pronóstico de patologías crónicas y otras que cursan sin la debida oportunidad de atención.

También se dificulta el acceso a la alimentación y a otros bienes de consumo y a la realización de múltiples actividades prácticas y trámites en general.

Medidas más restrictivas de aislamiento generan, por último, una creciente sensación de pérdida de libertad que influye en la aparición de problemas de salud mental, como ansiedad y angustia.

Mayor paralización de actividades económicas no esenciales afectan la capacidad para producir, distribuir y vender bienes y servicios, con los consecuentes efectos en los ingresos de trabajadores y empresarios, impactando al PIB y a los agregados fiscales por menores ingresos y por mayor gasto en medidas de compensación de ingresos y de reactivación económica, derivando en mayores necesidades de financiamiento y muy probablemente en mayor deuda, lo que compromete las posibilidades futuras de contribuir a mayores niveles de bienestar.

Por último, las restricciones limitan seriamente la posibilidad de que quienes viven al día puedan movilizarse en busca de ingresos.

Por lo pronto observamos niveles de contagio en lento descenso, pero aún elevados, unos 2 mil casos nuevos al día. No está demás decir, entonces, que la estrategia de medir, trazar y aislar es el camino lógico para enfrentar la situación.

Ahora bien ¿cuál será la mejor forma de hacer esto? Miramos atentamente experiencias en distintas realidades, algunas insulares exitosas como la de Nueva Zelandia y otras insulares con magros resultados, como la del Reino Unido.

Algunas continentales exitosas con pocas restricciones, como la de Uruguay y otras desastrosas como la Argentina, con amplia cuarentena desde el primer día.

La mala experiencia sueca, por su parte, bajo los criterios de no hacer nada, la experiencia de los rebrotes en la comunidad española, después de haber sido sorprendida y sobrepasada con la primera ola, como los italianos.

Los norteamericanos, en USA, con el sur del país en llamas y el norte a la espera de un rebote y la experiencia brasilera con un “líder” insensible en la materia.

Y, por último, atentos a la experiencia de chinos y coreanos. No es fácil aún levantar hipótesis razonables en la materia, pero ya se perfilan discusiones en nuestra patria sobre estrategias y causalidades, a propósito del desconfinamiento.

Quizás Epsilón, el azar, también ha estado presente. No sabemos bien. Por lo pronto, lo decimos sin perder la calma, medir, trazar y aislar. En eso estamos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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