El ocio y el trabajo, cómo afectan nuestra capacidad cerebral

Existía la idea de que la modernización de las tecnologías y las telecomunicaciones, al hacer el trabajo más rápido y eficiente, le iban a dejar más espacio y tiempo libre a las personas para dedicarlo a sus familias, el esparcimiento y el relajo.Pero claramente no ha sido así, muchas veces generando el efecto contrario.

La comunicación instantánea ha terminado por hacer aún más difusa la línea entre la vida laboral y la privada, y el 24/7 es algo que se aplaude e incluso se espera de los trabajadores, lo que puede llegar a ser una fuente inminente de estrés laboral.

Andrew J. Smart realizó una investigación que aborda este culto a la productividad que aqueja a la sociedad actual y los resultados se condensaron en un libro recientemente editado en nuestro país y que estuvo presente en la última versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago. El ensayo lleva el sugerente título“El arte y la ciencia de no hacer nada”, donde trata de reivindicar los beneficios de la ociosidad. Pero no se equivoque, si lo quiere comprar, no vaya a los anaqueles de humor liviano en las librerías. Esta es una investigación seria, aunque tal vez cargada de un excesivo entusiasmo por parte de este neuro-científico de la Universidad de Nueva York.

Bajo el paraguas de esta disciplina, el autor nos entrega una visión de cómo en la sociedad moderna basada en la productividad y los negocios (“nec-otium”, la negación del ocio), donde todo gira en torno al trabajo y es bien visto estar muy ocupado, están dañando, progresivamente, nuestros cerebros.

Según la investigación de Smart, hay partes de nuestro cerebro que sólo se activan cuando le dedicamos tiempo al ocio y que están ligadas a fomentar la creatividad, a conectarse con las emociones y con la sociedad, y a redescubrir qué es lo que en verdad queremos de la vida.

De esta manera, siempre amparado en resultados científicos, propone romper el paradigma del trabajo duro, al esfuerzo diario y afanoso, y darle un respiro al cerebro más seguido. La obsesión por estar ocupados puede terminar dañándolo. La tesis de Smart resulta radical… ¿será saludable ser ocioso?

Su tesis, yendo en contra de la profusa tendencia de best sellers que les enseñan a los empresarios y trabajadores a cómo ser más productivos y organizar mejor el tiempo y el trabajo, sin duda le permitió instalar la idea. Sin embargo, parece quedar en falta la vía de solución al problema.

Cicerón acuñó el término “otium cum dignitate” (ocio con dignidad), referido a la retirada digna de un romano para pensar y filosofar y, probablemente, dedicarse a cosas distintas como la lectura, escritura, poesía, pintura o cuantas cosas postergadas dejamos por falta de tiempo. Pero lo veía como una recompensa al trabajo realizado durante una vida, no como lo plantea Smart en su ensayo, como un consumo egoísta por los placeres sensibles, de dedicarse a holgazanear sin más.

Creo que Smart traza algunos puntos que merece la pena revisar. Mal que mal, están basados en estudios científicos serios. Sin embargo, las conclusiones finales no me convencen del todo. Cierto es que uno necesita espacios para descansar la mente, pero otra cosa es hacer una apología a la desidia. Al contrario, el “otium cum dignitate” se refiere a hacer un buen uso del tiempo, un ocio que es beneficioso para la persona y para la sociedad, no a un ocio estéril que no produce fruto.

En la fenomenología de Husserl se retomó el término griego “epojé”, un estado mental de “suspensión del juicio”, donde la consciencia se abstrae de todo, incluyendo la realidad misma. Personalmente, creo que sí es sano tener esos momentos diarios de suspensión, como una “epojé cotidiana”, pero compatible y beneficioso para el trabajo afanoso, decente y esforzado.

Momentos que le permitan al cerebro descansar y estimular la creatividad, repercutiendo positivamente en nuestras labores diarias y así neutralizar los efectos negativos del estrés (por cierto, el estrés también tiene efectos positivos).

La mismísima OMS (Organización Mundial de la Salud) sostiene que una de cada cuatro personas sufrirá un problema neurológico o de salud mental a lo largo de su vida. De hecho, en nuestro país, los problemas de salud mental son la principal causa de las licencias médicas.

En la misma línea que los resultados de Smart, un estudio de la profesora de neurociencia Úrsula Wyneken, galardonada recientemente por su trabajo acá en Chile, mostró cómo el estrés crónico provoca que el cerebro emita una serie de hormonas que terminan perjudicando nuestro bienestar y que, en caso de embarazo, afectan el desarrollo del cerebro del feto.

Como vemos, el estrés no solo está en alza, sino que es y será fuente de problemas para hoy y para el mañana. Tratemos de encontrar esos momentos de “epojé cotidiana”, día a día, pero no como algo que busquemos para hacernos más productivos, sino como momentos de contemplación que tendrán efectos para toda la vida y que reprogramarán nuestros cerebros hacia un futuro mejor.

No nos convirtamos en máquinas, pero tampoco caigamos en las ideas de Smart y veneremos la pereza como si fuere algo bueno en sí mismo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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