La salud también es motor de crecimiento

Chile lleva una década preguntándose cómo volver a crecer. El Banco Central estima que la economía podrá crecer en torno a 1,9% anual durante la próxima década, con una productividad que apenas aporta un tercio de punto; ni el FMI, el más optimista, ve más de 3%. En ese debate, la salud casi nunca aparece, en parte porque tiene una doble identidad. En la contabilidad fiscal es un gasto: una partida que crece y que hay que contener.

En la economía real, cuando actúa sobre las causas correctas, es una inversión: suma años de vida en buenas condiciones, reduce las muertes prematuras y la discapacidad, y con eso amplía lo que el país puede producir. Las dos miradas son ciertas. El problema es que solo discutimos la primera.

El Observatorio Europeo de Sistemas y Políticas de Salud de la OMS (Cylus, Siciliani y van Ginneken, Eurohealth, 2026) lo resume así: la inversión en salud debe entenderse "no solo como gasto social, sino también como inversión estratégica en desempeño económico".

Años sanos, no solo años

La evidencia es sólida, aunque no unánime. Un estudio clásico de Bloom, Canning y Sevilla (2004) estimó que, en el largo plazo, un año adicional de esperanza de vida se asocia con cerca de 4% más de PIB por persona. Y la Comisión Lancet sobre Inversión en Salud (2013) calculó que alrededor del 11% del crecimiento económico de los países de ingreso bajo y medio entre 1970 y 2000 se explicó por la caída de la mortalidad.

En Chile, lo que se pierde cuando falta salud tiene rostro. En 2025, los trastornos mentales fueron la primera causa de licencias médicas, con el 30,9% del total según la Superintendencia de Seguridad Social. Son personas que necesitaban un tratamiento oportuno y que muchas veces recibieron solo reposo. Apenas el 40% de las personas con discapacidad tiene empleo (ENDIDE 2022). Y con una fecundidad de 1,06 hijos por mujer, la población en edad de trabajar empezará a disminuir en 2035 (INE). Europa estima que evitar sus muertes prematuras por enfermedades crónicas compensaría el 12% de la caída de su fuerza laboral por envejecimiento. Vivir más años sanos es bienestar, y también es crecimiento.

Un sector del 10,5% del PIB, mal organizado

Chile destina a la salud cerca del 10,5% del PIB, más que el promedio de la OCDE (9,3%). El problema no es solo cuánto se gasta, sino cómo. Más del 30% de ese gasto sale directamente del bolsillo de las personas en el momento en que se enferman, muy por encima del promedio de la OCDE (20%).

Reorganizar el financiamiento hacia más prepago (cotizaciones, impuestos y seguros que se pagan antes de enfermar) protege a las familias, porque reparte el riesgo entre muchos. Pero no basta con juntar recursos: se necesitan reglas claras para decidir en qué se invierten esos fondos comunes, de modo que financien tanto la atención de hoy como la prevención de mañana.

La enfermedad en un país es como el agua en una tina. El nivel del agua es el stock: las personas que ya están enfermas. La llave abierta es el flujo: los casos nuevos que generan el tabaco, la obesidad, el estrés laboral o la contaminación. Nuestro sistema dedica casi todo su esfuerzo a sacar agua con baldes. Un financiamiento inteligente atiende el stock, pero también cierra la llave.

Hospitales que mueven economías locales

Un hospital o un Cesfam no solo atiende pacientes. Contrata personal, compra alimentos y servicios de aseo, mantención y transporte a proveedores de la zona, y dinamiza el comercio a su alrededor. Según la revisión del Banco Mundial (2025), cada empleo en salud genera entre tres y cuatro empleos adicionales. Y la inversión tiene su propio efecto: cada peso invertido en construcción pública genera cerca de 1,8 pesos de actividad (Livert, 2022).

Por eso preocupa que, cuando hay que ajustar, se recorte justamente ahí. Según Dipres, a julio de 2026 la inversión del sector salud caía 28,5% real. En el proyecto de Presupuesto 2027, casi toda la inversión hospitalaria corresponde a obras ya iniciadas, y los nuevos Cesfam, centros de salud mental y centros oncológicos recién empezarían a construirse en 2028.

Polos de innovación

La salud también puede ser una industria. Europa la considera un sector estratégico, e Irlanda exportó 139.000 millones de euros en medicamentos en 2025. Chile no será Irlanda, pero puede articular hospitales, universidades y empresas en polos de investigación clínica, salud digital y tecnologías médicas, con la red pública como primer cliente.

¿Y quién paga? El CEP estima un alza del gasto público en salud de entre 2,4 y 2,8 puntos del PIB hacia 2050; Dipres, de casi seis. En el escenario de Dipres, el gasto del Ministerio de Salud pasaría de 5,6% a cerca de 12% del PIB y llegaría a representar el 40% del gasto del Gobierno Central. Pero el alza no depende solo de la edad: también la empujan las enfermedades crónicas y el costo de la tecnología médica, y eso depende de lo que hagamos hoy. La atención que necesitemos en 2050 la tendrá que producir la economía de 2050, y nada reemplaza a una población que llega más sana a la vejez. Lo primero es destinar recursos a lo que cierra la llave y agranda la economía. Lo segundo es dejar de presupuestar a ciegas: ligar el presupuesto de Fonasa al costo real del plan que promete.

¿Seguiremos discutiendo la salud solo como un gasto que se recorta en tiempos difíciles, o la asumiremos también como lo que es: una inversión en vidas más largas y plenas, y en la capacidad de Chile para volver a crecer?