Movimientos juveniles ¿Qué tenemos los adultos para ofrecerles?

Hace poco más de un siglo, Émile Durkheim definió la educación como la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquellas que todavía no están maduras para la vida social. Esta definición clásica supone que la generación adulta tiene un mundo relativamente estable que transmitir, pero ¿qué ocurre cuando ese supuesto se resquebraja?

Las movilizaciones juveniles de las últimas semanas en Francia, Bélgica, España, Alemania, Albania o India tienen demandas tan distintas como la educación, la vivienda o el servicio militar. Aun así, según varios analistas, comparten un hilo común, donde existiría la sensación de estar privados de la seguridad básica de la que gozaron sus padres.

Durante décadas, el mundo adulto ofreció una secuencia casi lineal: estudiar, conseguir un trabajo, formar una familia, acceder a una vivienda y, al final del camino, una pensión digna para pasar los últimos años de vida. Era una promesa y, como toda promesa social, se hacía principalmente en la escuela. No es casual que varias de estas movilizaciones nazcan en las aulas. Hoy, cada una de esas pruebas aparece como una carrera de obstáculos cuya meta no está garantizada, aunque no para todos de la misma forma, dado que el origen social, el territorio y el género siguen definiendo quién enfrenta más obstáculos y quién cuenta con redes para sortearlos. Así, la pregunta de Durkheim se invierte y ya no es qué hacen los adultos con los jóvenes, sino qué tienen para ofrecerles.

La respuesta no es sencilla. La escuela y la universidad siguen hablando el lenguaje del mérito y del proyecto de vida, mientras el mundo "real" que espera a quienes egresan no siempre cumple su parte. Los títulos ya no aseguran un empleo acorde a la formación, y palabras como flexibilidad, resiliencia o emprendimiento a veces terminan nombrando la precariedad con mejor tono. De este modo, la trayectoria educativa-laboral se ha convertido en una responsabilidad individual sobre condiciones que son colectivas. El mundo adulto parece ofrecer más consejos que condiciones.

Ese malestar, sin embargo, no se expresa de una sola manera. Sería un error reemplazar la imagen de una juventud capturada por las pantallas y el "sálvese quien pueda" por la de una generación naturalmente movilizada. Ambas dicen más de las proyecciones adultas que de las juventudes reales. Conviven respuestas diversas, donde hay quienes se organizan y salen a la calle, quienes se repliegan en estrategias individuales y quienes canalizan ese mismo malestar hacia opciones que prometen certezas y orden, como sugiere el crecimiento del voto joven por sectores conservadores en varios países a nivel global. Cuando la promesa individual deja de ser creíble, lo colectivo vuelve a ser pensable para algunos y lo autoritario se vuelve atractivo para otros. Chile conoce bien esa diversidad, sus juventudes estuvieron en el centro de 2006, 2011 y 2019, sin hablar nunca con una sola voz.

Las formas de manifestación también varían. Junto a marchas masivas ha habido enfrentamientos e incendios, que no conviene romantizar ni leer de forma aislada. El riesgo es que, cuando la violencia se toma la agenda, el mundo adulto responda a ella y no a la pregunta que la antecede.

Durkheim pensaba la educación como transmisión de una generación a otra, pero la transmisión supone que quien transmite sabe hacia dónde va. Hoy esa certeza no está disponible, y quizás reconocerlo sea el punto de partida. Quedan entonces algunas preguntas abiertas. ¿Qué significa ofrecer un proyecto de vida cuando no podemos garantizar sus condiciones mínimas? ¿Qué lugar tienen las juventudes en las decisiones sobre un futuro que habitarán más que nosotros? ¿Qué está enseñando la escuela cuando la promesa que la sostiene ya no se cumple?