Continuará

En los tiempos antiguos, que todavía algún fanático iluminista rezagado insiste en llamar pre-racionales, los augures eran funcionarios de la religión pagana que predecían el porvenir observando el vuelo de los pájaros o las entrañas de un animal, incluso la célebre pitonisa de Delfos no desdeñaba los narcóticos con este fin, tan necesario para la marcha del gobierno de turno.

Su continuidad necesitaba, cuando menos, asegurarse en el tiempo, despejar todo tipo de incertidumbres y, lo más importante, persuadir a los súbditos o ciudadanos de que las cosas seguirían su cauce normal si los dioses eran favorables a los administradores circunstanciales del status quo, llámense emperadores, faraones o reyes, esto es, los que escribían la historia oficial de ese momento.

Empleados eficientes u oportunistas, varios de estos intérpretes colegiados torcerían los mitos originarios y los estructurarían, gustosamente, para servir o chantajear al gobernante de turno.

Supongo que, teoría de la relatividad mediante, y saludable influencia de la cultura oriental en nuestra acomodaticia posmodernidad, ya nadie se cree la patraña de la linealidad recta de la historia.

Nada hemos superado, no vamos en franco y atolondrado ascenso a ningún lado: parece que todo tiende a repetirse. A menos que creamos con Parménides que todo movimiento es una ilusión, la verdad es que nuestras estrategias de conquista y dominación de la mente del prójimo son más o menos las mismas en los más de seis mil años de cultura occidental.

Acaba de finalizar una histórica elección en la que siete voces divergentes intentaron desafiar al establishment de dos cabezas. Con una ciudadanía movilizada activamente, con candidatos rupturistas que se hacían oír de modo inédito, se hizo evidente de que no se trataba de una versión soporífera más del juego (la, bastante fome, “fiesta de la democracia”) en el cual el duopolio se repartía poderes y prebendas.

Los más avisados se asustaron, mientras una candidata designada no paraba (y no lo hace) de vociferar y la otra volvía a confirmar que su ambiguo silencio era su mejor rúbrica.

Algún chascón panelista anunció la revolución y se escondió bajo la mesa de su estudio de televisión, otros lanzaron sus filípicas amenizadas con bourbon desde patronales periódicos.Pero los augures de la nueva pirámide ya estaban trabajando mirando las nuevas bandadas efímeras, las nuevas entrañas dudosas, ya estaban oliendo vapores pantanosos, todos ellos llamados encuestas.

Entonces, obsecuentemente, lo más granado de nuestro periodismo oficial, tan combativo en el pasado, se levantó desde las trincheras o almenaras de los principales canales, radios y medios de papel impreso, dándose a la descomunal tarea de atraer la mirada de los potenciales votantes hacia un futuro posible lleno de indeterminación, sin las candidatas del continuismo en sus diferentes grados y a defender, como nunca antes, el categórico triunfo de una de ellas (según el color ocasional del editor periodístico de turno) aún antes de que la elección ocurriese.

Cual nuevos augures, declararon que el porvenir era claramente legible, y no había nada que hacer. Los candidatos populares, ecologistas, libertarios fueron cuestionados y hasta juzgados con brutalidad impune, las emisarias del duopolio no gozaron del dulce trato de verdaderos mastines televisivos.

No faltaron rescates oportunos de archivos de cuarenta y veinte y tantos años, algunos existentes, pero nunca usados antes con el gesto retórico de ahora: no señores, no hay espacio para aventuras, miren lo que nos pasó y cómo terminamos, ¿a qué arriesgarse, señora, señor? Mire, en cambio, a la candidata, doña (ponga aquí su aspirante al cetro favorita) quien representa, digámoslo con-todas-sus-letras, el modelo que tan bien funciona y tan bien le ha hecho a nuestro país. Amén.

Y la predicción se cumplió, la política de shock funcionó, la domesticada ciudadanía del voto obligatorio (que tanto hace rezumar a venerables nostálgicos demócratas (¿?) del autoritarismo) acudió disciplinadamente a repetir la lógica, hoy disecada, del Sí y del No, apenas considerando a las damnificadas y silenciadas candidaturas alternativas.

El resto, desencantado, simplemente manifestó su abulia o desprecio no acudiendo a votar.Como en aquel poema de Diego Maqueira, el pueblo se volvió a quedar sin revolución.

En algún lugar de palacio, los avisados respiraron tranquilos, uno que otro hiperventilado descorchó espumante caro antes de tiempo.Llamadas telefónicas de ultratumba de uno y otro lado confirmaron que el orden se había restablecido y que el juego añejo de ya veinte años sancionado por la figura casi teúrgica de Jaime Guzmán, inexplicablemente refrendado en confuso juego verbal por un Ricardo Lagos, debería continuar por mucho tiempo más, con un nuevo recauchaje piolita, por aquí por allá, obvio, anunciado, claro, con bombos y platillos.

En los subterráneos del metro, en las entrañas del animal anestesiado llamado Santiago, yo también examino indicios, en las caras somnolientas, desengañadas, soterradamente violentas, en las calles saturadas de carteles con (re)torcidas sonrisas, también veo el vuelo de bandadas depredadoras surcando el horizonte.

En las noticias, en la prensa y en la web también huelo extrañas emanaciones de fuerzas que se reagrupan en torno a los ganadores de siempre y buscan perpetuar en un nuevo balotaje este escenario rancio que amenaza quedarse sin espectadores, que por comodidad llamamos democracia y que tanto les engrosa (sólo a ellos) la cuenta corriente. Comprendo cuánto costó llegar a esto, a los que lo compraron primero debería darles vergüenza el precio que pagaron, vidas humanas incluidas.

Flaubert dijo una vez que la máxima aspiración del proletariado era asimilarse con la estupidez de la burguesía. A veces temo que esa sea la única predicción verdadera. Yo me atrevo a decir una, que es la misma que estás pensando, lector. Esta historia continuará…

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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