El día que los católicos tengamos que pedir perdón (nuevamente)

La iglesia estuvo por años intentando meterse en la cama de los fieles y al final terminó enredada en las sábanas de los niños. Eso, más o menos, dijo en su charla el jesuita Marcelo Gidi en un seminario de la Asociación Nacional de Avisadores sobre la confianza en las instituciones.

Gidi planteaba lo crudo que es para la iglesia perder la confianza de la ciudadanía porque “el vínculo de la fe se basa en ella”. Cuestión que en su criterio (yo coincido) se debe en gran parte a que la iglesia católica “no se sabe mover en la diversidad y en la tolerancia”.

Durante las vacaciones me enteré de las declaraciones del Cardenal Jorge Medina sobre la homosexualidad, que no merecen ser reproducidas.Mientras le grito a la TV, mi señora me pide que tenga más caridad con las debilidades de nuestros pastores y a propósito de todo eso, le sigo dando vueltas a las reflexiones del cura Gidi.

A ratos la iglesia católica, mi iglesia, se presenta con enorme agresividad hacia algunos grupos que en realidad no conoce, con falta de comprensión de los fenómenos sociales emergentes y con una postura de superioridad moral francamente irritante, respecto de la cual la sola observación de la realidad eclesial aconsejaría inundar de crecientes dosis de humildad.

Respecto de los homosexuales, me pregunto cuándo será el minuto en que los católicos debamos pedir perdón. No sería la primera vez que como iglesia tengamos que asumir lo erróneo del actuar de muchos de los nuestros, especialmente de algunos pastores.

En los últimos años las conferencias episcopales de prácticamente todo el mundo han pedido perdón por los casos de abuso sexual de sacerdotes y por el encubrimiento que realizó como institución.

No han sido los únicos actos de perdón. El Vaticano pidió perdón por los antitestimonios de la iglesia y los pecados de la inquisición, por la falta de asistencia a los hermanos judíos bajo el régimen nazi, por el maltrato que los cristianos dieron a los amerindios y a los afroamericanos, por la falta de condena al tráfico esclavista y por la condena a Galileo Galilei, entre otros.

Algunos restan valor al perdón de la iglesia que busca reparar errores pasados, pero esos actos nacen de la idea fundamental que los bautizados constituimos un sólo pueblo, y que así como Jesús nos salva del pecado original, que no es estrictamente personal, nosotros, todos los católicos, debemos asumir los yerros de otros miembros de esta familia en todos los tiempos y buscar repararlos.

No me considero un ciudadano extraordinariamente evolucionado. Provengo de una familia tradicional, me crié en un barrio de clase media baja, estudié en un colegio católico de hombres. Comprenderá el lector que para mí, antes de la campaña del SERNAM, maricón no era necesariamente el que le pegaba a la mujer. Aún me río con los chistes que otros consideran discriminatorios y no comprendo en plenitud las diferentes clasificaciones que hay entre homosexual, gay, lesbiana, transexual, transgénero, travestis, pansexual y otras diversas clasificaciones de la identidad de género, las cuales algunos amigos expertos en derechos humanos tienen bastante claras.

Pese a mis limitaciones, he logrado captar algo que la iglesia parece no entender, al menos no la jerarquía que sale en los medios, y es que en el tema de la sexualidad existe no sólo un mundo por descubrir, sino una creciente diversidad que no sólo debemos aceptar, sino que valorar como expresión de vida de personas creadas a la imagen y semejanza de Dios.

Llegará el día, en que como iglesia nos demos cuenta de nuestro trato inhumano hacia las minorías sexuales, en que florezcan en las parroquias las pastorales homosexuales, en que conozcamos mejor y tratemos como hermanos a los miembros de cualquier minoría.

Será el día en que tengamos que arrodillarnos como lo hizo Juan Pablo II, y pedir perdón por no haber acompañado y asistido a los maltratados y a los que sufrían producto de nuestros propios pecados, ofensas y limitaciones.

Espero que no pasen 359 años como en el caso de Galileo, porque me gustaría estar vivo cuando los católicos tengamos que pedir perdón nuevamente.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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