El rostro de la pobreza y el retrovisor del Estado

Hay frases que resisten el paso del tiempo, porque siguen nombrando una incomodidad que el poder preferiría no mirar de frente. "La pobreza tiene rostro de mujer" es una de ellas. Cuando Michelle Bachelet la instaló en el debate público -en 2014- se clavó en la retina política por su abrumadora exactitud material. Hoy no es un recuerdo nostálgico, sino un diagnóstico dolorosamente vigente para leer al Chile actual.

A la luz del nuevo ciclo inaugurado en marzo de 2026 por el gobierno de José Antonio Kast, recordar esta frase es una advertencia directa. Sirve para escudriñar a un Estado que, amparado en el utilitario discurso del ajuste fiscal, amenaza con desmantelar los peldaños que las chilenas construimos para escapar de la exclusión.

No es una percepción subjetiva; la inexorable aritmética de la desigualdad lo confirma. Aunque la Casen 2022 celebró una reducción histórica de la pobreza (6,5%), bajo esa cifra persiste un sesgo implacable: las mujeres seguimos siendo más pobres (6,9%) que los hombres (6,1%). Este abismo se profundiza en la estructura familiar. Mientras la pobreza golpea al 4,5% de los hogares liderados por hombres, castiga al 6,9% de aquellos con jefatura femenina, concentrando en nosotras el 58,7% de los hogares más vulnerables del país.

El Censo 2024 ratificó que somos mayoría (51,5%), pero esa superioridad demográfica no nos blinda. La feminización de la pobreza no es un problema de minorías; es un castigo estructural a la mayor parte de nuestra sociedad.

Durante años, la tecnocracia justificó esta precariedad acusando un déficit educativo. Hoy esa coartada se cae a pedazos. El mismo Censo demostró que promediamos idéntica escolaridad que los hombres (12,1 años). Con la cancha nivelada, la pobreza femenina no es rezago académico; es el producto eficiente de la penalización económica del cuidado, de las trayectorias interrumpidas por la maternidad y de la obligación gratuita de sostener la vida de otros.

Sería deshonesto negar que el Estado avanzó al asumir que partíamos con desventaja en nuestro desarrollo (desde la creación del Sernam en 1991 hasta la reciente Ley Integral Contra la Violencia). Sin embargo, la paradoja de nuestro presente es que el riesgo de retroceso se volvió inminente.

El techo de cristal vuelve a asfixiarnos desde las cúpulas. La decisión del actual gobierno de retirar el apoyo oficial a la candidatura de Bachelet a la ONU encarna esta barrera. La política exterior no puede ser rehén de la mezquindad interna. Al castigar internacionalmente a una figura histórica en la lucha contra la pobreza, el Ejecutivo legítima desde La Moneda el mismo techo que las leyes prometían destruir.

Pero las señales simbólicas suelen ser apenas el preludio de los mazazos materiales. Semanas atrás, el Ministerio de Hacienda anunció medidas de austeridad que esconden un profundo sesgo de género. Restringir la gratuidad en educación superior para mayores de 30 años es, derechamente, la propuesta más regresiva contra la movilidad social femenina de la historia reciente.

Escudados en la "emergencia fiscal", amenazan a más de 74 mil adultos.

No necesitamos el dato exacto para saber quiénes serán las más afectadas: aquellas ciudadanas que a los 18 años no estudiaron por dedicarse a los cuidados, supliendo las carencias del Estado. Quitarles la gratuidad no es un simple ajuste contable, es un castigo. Es decirles que son "demasiado viejas" para merecer apoyo público, dándoles un portazo en la cara justo cuando intentan profesionalizarse y torcerle la mano al destino.

El escenario de este Chile del 2026 nos obliga a encender todas las alarmas. Entre las tijeras de un ajuste fiscal insensible, la obstinación por clausurar el futuro educativo de la adultez y la mezquindad frente a nuestras lideresas globales, se dibuja un horizonte sombrío. La pobreza y la desigualdad -hoy más que nunca- siguen teniendo rostro de mujer.

Exijamos que la tecnocracia no borre con el codo los mínimos civilizatorios que costó décadas conquistar. Porque cuando el Estado decide mirar por el retrovisor y aplicar la reversa, no hay excusa financiera que oculte una verdad dolorosa: somos siempre las mujeres quienes terminamos pagando la cuenta.